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Vestir simple, flores frescas. Hace unos meses escribí sobre el arte parisino de ser mujer. Las colombianas y las latinas no tenemos ni debemos tener los cuerpos, gustos, ideales o vidas de las parisinas. Para el símbolo de la parisina tiene, para mí, grandes lecciones dignas de ser conocidas y adaptadas por mujeres de todo tipo.

Con el tiempo he descubierto que las parisinas expresan muchos ideales que admiro inmensamente en una mujer.
Creen en lo simple. No se toman en serio ser objetos sexuales – antes lo exigen sin sentirse inferiores o dominadas. Creen en vivir con y no en contra del sexo opuesto. Son maestras de los detalles, pero creen que siempre debe haber imperfección, algo suelto, algo deshecho en el look. Usan zapatos planos con poderío. Crean el mejor contraste; entre lo producido y lo natural. Creen que las inseguridades no se superan con falsificaciones. No les incomoda usar poco maquillaje o dejar ver la mujer imperfecta y magnifica.
Creen que vale más tener una gran prenda como firma, en vez de renovar y renovar el armario o presumir ropa de diseñador. Aceptan que ser mujer es ser una criatura de contradicción. Tienen humor y neurosis. Son cambiantes y a veces antipáticas.
Creen en el labial rojo y en el perfume. Creo que son un prototipo – que por supuesto no es exacto para todas – que mejor refleja lo poderoso que es que una mujer se sienta cómoda consigo misma; que no necesite tacones para ser sexy; que no necesite artificio para apreciar su belleza; que cree que el mejor look es el que no se ve con tanto esfuerzo.
Que lo más poderoso en la apariencia de una mujer sucede cuando hay algo detrás, con sustancia. Las parisinas son un bello ideal femenino de cuya mágica simplicidad y fuerza vale la pena aprender, para ser más sustanciosas, más felices en este complejo arte de ser mujer.

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