Mujer de Baldosas y Abanicos

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Ante la pregunta, “qué representa un abanico de mano”, la mujer que con frecuencia lo usa para adornarse y para posar en sus performances e imágenes puede llegar a responder: feminidad máxima. Pero, este término, ¿qué es? Si la feminidad es – como propondría, digamos, una Judith Butler,- más una fabricación que una condición innata, más un aprendizaje que una inclinación, hay objetos cuyo uso conducen a que se fortalezcan los gestos que evocan la idea de lo que es femenino en la imaginación.

Los abanicos de mano entran en la categoría de objetos reservados para hábitos exclusivamente de mujeres. Como las faldas. O el labial. Si bien éstos aparecen en ciertos instantes sobre cuerpos de hombres, suelen hacerlo más a modo de transgresión que como regla general. Son, incluso, objetos que contradicen las expectativas que de los hombres se tiene. Un labial, por ejemplo, es un elemento cuyos trazos, en espejos, servilletas y cuellos de camisa, conducen a la presencia de una mujer.

Un abanico de mano implica, por ejemplo, cierta postura del cuerpo. Cerrado, se lleva en la mano como una suerte de juguete que aporta cierto garbo a la mujer que lo porta estando de pie. Sentada, al calor de una sala en la costa atlántica, en el fragor de una fiesta o en la undulación de un mecedor, el abanico concede a su portadora una estela de misterio. Abierto, es un ítem que se abre, como un acordeón o una serie de alas, y que puede combinar preciosismo con funcionalidad. Uso con estética.

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