Implicaciones del blanco en el vestir femenino

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Algunos sabrán – o recordarán – que si el negro es una de las formas en que Chanel concebía que una mujer puede revelarse a sí misma como individuo, el blanco, – puro, etéreo, fino – lo es también.
En la vida de una mujer un vestido blanco tiene connotaciones predecibles. Es el uniforme del juramento amoroso que representa una de los grandes peldaños en la convención femenina. Pero para Coco Chanel, – una mujer cuya biografía está escrita justamente sobre los cimientos de la falta de convención femenina – vestirse de blanco era un reflejo de algo distinto. Era, más bien, la expresión de un credo que sostenía la creencia de que el blanco y el negro, en sus absolutismos permite como ninguno lo que Chanel perseguía: hacer visible a la mujer más que el vestido. “Las mujeres piensan en todos los colores, menos en la ausencia de colores”, declaró Chanel. “He dicho que el negro lo tiene todo. El blanco también. Ambos tienen una belleza absoluta. Son la armonía perfecta. Viste a una mujer de blanco o de negro en una gala: ellas serán las únicas que podrás ver”. Así que cuando Chanel se vestía de blanco, se vestía, como escribe en una de sus biografías Justine Picardie, para ser vista.

Vestirse de blanco no es, como al hacerlo de rojo, un llamado para hacerse ver de manera conspicua. Tampoco requiere, como con el negro, y como escribió Clarice Lispector, esa nitidez, impecabilidad y seducción que una mujer deba emanar envuelta en la oscuridad del color más radical de todos. Pero vestirse de blanco sí es una forma de ser vista. De mostrar al individuo detrás del vestir. De entrar en el terreno de lo radical y lo simple: dejarse ver y al hacerlo, gozar de una indulgente libertad de ornamentos y estilismos.

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