Evita Perón: Entre el Sastre y el Dior

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Por: Adela Cardona

Evita. Evita Perón. Aparece en sus fotografía con cabellos dorados tirantes,que despejaban un frente blanca y desafiante; con un traje sastre príncipe de gales o un vestido de Gala de Dior; con los labios carmesí y las uñas granate. Al verla así, podría pensarse que había nacido delgada y angulosa, rubia y elegante, pero no. O quizás sí, si se considera su renacimiento entre 1944 y 1946 como la novia y luego esposa del líder militar y presidente argentino Juan Domingo Perón.

Antes de Perón, ella era Eva Duarte. Una mujer de la periferia, nacida en Junín, hija ilegítima y aspirante a actriz. Con cabellos oscuros, lacios, un cuerpo no del todo curvilíneo (tenía pechos pequeños y caderas angostas), pero sí un poco rollizo y ropas sencillas, Eva Duarte se embarcó tras el sueño de convertirse en la próxima Libertad Lamerque o Zully Moreno. Como actriz, su físico no era muy impresionante. Sarlo muestra cómo ella no encajaba en ninguno de los tipos de belleza de la Argentina de entonces: no era ni la ingenua chica buena de ojos grandes, ni la sexy mujer a lo film noir; por eso, estaba destinada a fracasar como estrella.

A esta Eva intentó borrarla la propaganda del peronismo. Intentó borrar los amantes a los que tuvo que recurrir y las penurias que pasó. Pero su origen humilde fue usado como estrategia de identificación con la clase obrera y trabajadora a la que se dirigía el Estado de Bienestar del régimen. Y si Evita tuvo algún rastro de estrellato fue precisamente por ese régimen que había descubierto en la radio un arma poderosa para convencer a las masas. Eva Duarte, la interesante, la promesa de Radio Belgrano, fue posible solo gracias a sus lazos con los militares. Eva Duarte, la promesa del radioteatro, se vestía todavía de lamé, drapeados y pieles excesivas.

No obstante, como esposa de Perón, cómo símbolo material del peronismo, su cuerpo, su estilo, se convirtió en una cuestión pública. Una cuestión de estado. Eva debía devenir puente, debía convertirse en médium entre el Pueblo y su esposo, y debía verse acorde al papel. Su primer cambio radical: teñirse el pelo de mono. ¿Por qué será, que a lo largo de la historia muchas mujeres se han vuelto rubias antes de ser reconocidas? Marylin, Rita Hayworth, Shakira, Madonna. ¿Qué hay detrás de esa blonde ambition? A Evita el cabello rubio la hacía ver más sublime, resaltaba su piel blanca perfecta y la acercaba un poco más a ese ideal ario heredado de Europa en la Argentina. Hoy, las latinoamericanas todavía miramos hacia Europa y Estados Unidos como modelos de belleza y el rubio sigue siendo popular como el color de la transformación y la diversión. En colombia, cierto tipo de rubio se volvió, además, parte vital de la narcoestética.

Pero un tinte de cabello no era suficiente. Evita, para volverse Evita Perón, tuvo que dejar a un lado sus pieles de zorro y vestidos escotados. Jaumandreu, diseñador de vestuario y de la alta sociedad argentina tuvo mucho que ver con la construcción de su imagen pública. Él fue quien, en 1944, la vistió con un traje sastre oscuro con cuello de piel, que se convertiría en su ropa de trabajo. Austero, perfectamente entallado, era el símbolo de un gobierno que despreciaba la oligarquía y velaba por la clase trabajadora, a veces rayando en lo dictatorial. Su sastre, heredero de las modas de la segunda guerra mundial, sobrio y poderoso, era perfecto para las salidas de beneficencia de Evita y los eventos oficiales.

En contraste, los grandes vestidos de gala, traídos de París, directamente de Dior, eran el vestuario de una princesa. Princesa plebeya, la llamaría Sarlo. Las sedas, las esmeraldas, los escudos de piedras, los tocados y sombreros que la cubrían eran un símbolo de la abundancia de un gobierno que tenía para todos, cuya riqueza, en teoría, alcanzaría para repartir entre quienes fuese necesario. Este exceso de vestuario suntuoso era paralelo al excesivo, casi místico de amor que sentía por la imagen de su marido y sus ideales.

Su enfermedad y muerte a los 33 años no hizo sino exacerbar los rasgos de su belleza sublime. Su cuerpo, librado de ella, fue momificado para quedar como un objeto de culto, un objeto fetiche del régimen que sería su soporte trascendente. Sin Evita, como imagen del Peronismo, como cuerpo y vestido del peronismo, este no hubiese sido tan exitoso.

Sin embargo, hay quienes la ven como una mujer sumisa, bajo la tutela de una hombre poderoso al que idolatraba. Y en cierta medida lo hacía. Pero no era una mujer débil. Que la razón de su vida fuese Perón (más como imagen que como hombre), no quita la fortaleza con la fue en busca de sus ideales. Ideales que la quemaron como la antorcha apasionada que fue.

Pero, finalmente, ¿Quién fue Evita? ¿Fue, acaso, la mujer que salía a las villas miseria y al balcón de la casa rosada enfundada en un traje sastre príncipe de Gales o la mujer engalanada en las últimas modas de Dior? ¿Fue la Dama de Hierro o del látigo del antiperonismo? ¿Qué tanto quedaba de la Eva Duarte de cabellos oscuros? Ella fue un poco de todas, camaleónica apasionada, vivió su vida como una obra en la que el glamour nació del extrañamiento que causaba en el ámbito de la política, donde las primeras damas eran matronas de exagerados vestidos y ella brillaba por la simplicidad y elegancia de los suyos.

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