Esquema Sartorial de Cartagena de Indias

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En sus versiones más abstractas, la moda se asocia con símbolos, estatus, afirmaciones de identidad, lealtades a tribus que se anuncian de forma visual y, en últimas, con asuntos donde la ropa, más que cubrir la piel, representa algo. Pero una de las grandes ambivalencias de la moda es que, en parte, ella también es una necesidad impulsada por la función de inhibir la desnudez – una de las convenciones más increíblemente comunes en las latitudes y sociedades más contrastantes. El ser humano es, por excelencia, una (la única) criatura vestida. Por eso también, la moda, que es un estimulante espejo del contexto donde aflora, siempre tiene que ver con asuntos menos “románticos” o conceptuales; con aquellas cosas que nos refrescan ínfimos y mortales, con temas tan mundanos como los climas y el cuerpo.
La temperatura es y será siempre un poderoso detonante de prácticas estéticas. Cartagena de Indias, por ejemplo, es un escenario de soles altos y humedades, de temperaturas que al medio día invitan al recogimiento y no al paseo, de fiebres que impiden que toda materialidad sea perdurable. Hay que entender que la moda, como fenómeno moderno nacido en las entrañas parisinas, es también un tema asociado a la experiencia urbana: esa de transitar por aceras bajo la mirada esquiva de anónimos y extraños, la de demostrar quien se es a través de la ropa que cubre al transeúnte citadino. Pero cuando una ciudad no es urbana – como una Nueva York, digamos – la moda tiene otros fines y significados.
Existe un hecho sobre Cartagena, tan básico, que en mi prisma siempre ha explicado el por qué su vestir local despliega ciertas características: es ella, como dijo Héctor Rojas Herazo, una gran señora del Caribe, una dama antigua, de estirpe colonial. Esa disposición – impregnada de catolicismo rancio, fortalecida por pasmosas jerarquías sociales, atada a feroces distinciones raciales y arrullada por una energía de vigilancia moral – explican, tal vez, el conservatismo que despliega el cartagenero al vestirse. *Fragmento de mi columna sobre moda en Cartagena para Revista Semana

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