El Jardín de Frida Kahlo: El Lado Perdido de la Hija Favorita de la Moda

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Por: Laura Beltran

Hace algunos meses, mientras caminaba una mañana por las calles de Nueva York, vi la imagen de Frida Kahlo, enorme y colorida, en un bus. La imagen, resulta, era publicidad para la exposición sobre la artista que ya lleva mostrándose desde hace un par de meses—y estará hasta septiembre—en el Jardín Botánico de Nueva York. Pocos días después de abierta esta exposición, que ha ganado popularidad no sólo por resaltar el interés de Kahlo en la naturaleza, tanto en su maravillosa Casa Azul en la Ciudad de México como en el imaginario visual de sus obras de arte, sino también por ofrecer eventos que resaltan la cultura mexicana de Kahlo a través de eventos musicales, conferencias, e incluso un menú inspirado en el país, además de los concursos de disfraces de Frida Kahlo entre las mujeres y niñas que visitan el jardín durante los fines de semana.

Desde la apertura de esta exposición, y en torno a ella, la imagen de la artista invadió por completo la ciudad. Las ventanas de Bergdorf Goodman, tan reconocidas por turistas y locales por sus extravagancias y diseños únicos, se inspiraron en el estilo de Kahlo durante algunas semanas. The Pierre, uno de los más lujosos hoteles cinco estrellas ubicado en la Quinta Avenida, decidió ofrecer una versión especial de su reconocido “afternoon tea” inspirada en el jardín de Frida Kahlo y en el estilo de la artista. Y, en general, Frida Kahlo se convirtió en la musa del mundo de la moda y el lujo en Nueva York, y su imagen en la gran novedad, que inauguró la apertura de la exposición en el jardín botánico.

Y es que es imposible no distinguir la impactante feminidad que transmite la imagen de esta gran mujer. Es imposible confundir su estilo único, tan mexicano y global a la vez, que ha sido admirado a lo largo de las décadas por tantas mujeres, incluso aquellas que son reconocidas por siempre estar a la moda y tener un estilo impecable ellas mismas. Es imposible no sentirse inspiradas por su porte de amazona, su mirada de fuego, y su cabello negro y brillante como el azabache. Entre los millones de imágenes que vemos en el día a día, existen unas que parecen predominar sobre otras; unas que adquieren cierto protagonismo con el tiempo, que se ponen, en cierta forma, de moda, y que llegan a invadir nuestros campos visuales con una frecuencia nunca antes anticipada. Entre estas imágenes que protagonizan la infinidad de otras cosas que vemos, claramente, está la de Frida Kahlo.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que, activamente, aprendí quién era Frida Kahlo. Su imagen, la de una de las mujeres más importantes en América Latina en el siglo XX, parece siempre haber estado en mi cabeza. Es como si nadie me hubiera tenido que enseñar quién es esta hermosa mujer; siempre lo supe. Y así, estoy segura, es para la mayoría de nosotros. Frida Kahlo no necesita ninguna introducción y, de una forma u otra, todos siempre hemos sabido quién es ella.

Pero, a estas alturas, cuando su historia parece haber sido tan distinta de lo que transmiten las imágenes que tanto vemos de ella, me es inevitable pararme a pensar, y preguntarme si realmente sabemos quién esta increíble mujer. A lo largo de su vida, e incluso hasta hoy, Frida Kahlo es reconocida por unos pocos conocedores de las artes como una de las artistas femeninas más importantes del movimiento surrealista latinoamericano; la mayor parte de quienes dicen saber quién fue Frida Kahlo parecen conocer más su cara de pop icon, que ha invadido nuestra sociedad en las últimas décadas. Pero más allá de la artista y el icono de la cultura pop, Frida Kahlo llegó a ser muchas otras cosas. Entre ellas, la más distinguible puede ser haber sido la esposa de Diego Rivera, quien sí es reconocido como uno de los principales impulsores del arte moderna en México y América Latina desde que estaba vivo. Lo que muchos ignoran es que Kahlo, además, fue una gran activista, no sólo representando la mexicanidad alrededor del mundo, ni a las mujeres y su empoderamiento en una sociedad extremadamente machista, sino también como miembro activo del movimiento socialista mexicano y partidaria de la revolución cultural en el país.

Durante mis años estudiando economía en la universidad, recuerdo haberme encontrado con Frida Kahlo al estudiar la historia económica de los procesos de globalización en América Latina. Kahlo adquirió importancia, para mí, durante las largas sesiones de lectura e investigación que pasé tratando de entender la forma en que las multinacionales ayudaron a formar la economía en nuestros países latinoamericanos, todavía en desarrollo, durante el siglo XX. Kahlo se convirtió en mi principal motivo para buscar entender la revolución socialista mexicana, la colección de ideas que se escondían detrás de las acciones de Porfirio Díaz durante su gobierno, y las tensiones entre las dos. Pero su importancia, algo sorprendente para una estudiante de economía con interés en la historia económica, se centraba, más que nada, en su estilo único, que fue, casualmente, lo que me llevó a eventualmente dedicar mi estudio de la historia económica al campo de la moda. Se centraba en la forma en que esta mujer escogía presentarse frente al mundo, como parte de su activismo social y de su identidad como feminista y revolucionaria mexicana.

Siempre he creído que la forma en que nos vestimos nos ayuda a mostrar nuestra identidad. El acto de vestirnos es un performance en el que participamos a diario, donde lo que escogemos ponernos—o lo que decidimos rechazar—está intencionalmente, así sea de forma subconsciente, dirigido a la comunicación de nuestra identidad, de nuestros pensamientos, de lo que queremos que sea nuestra naturaleza. Y es que, en un mundo tan invadido por el campo visual, en donde las imágenes y los performances de identidades a través de ellas son tan comunes, especialmente tras el nacimiento de redes sociales exclusivamente dedicadas a ellas como Pinterest e Instagram, es casi imposible evitar juzgar por lo que vemos. Una persona, bien o mal, inevitablemente nos comunica quién es gracias a la forma en que decide verse.

En el caso de Frida Kahlo, el performance de su identidad buscaba comunicar, en conjunto, su intensa mexicanidad y sus creencias políticas y sociales. La tehuana, traje típico usado por las mujeres en la sociedad matriarcal del Istmo de Tehuantepec, que tanto amaba Kahlo, le ayudaba a comunicar su rechazo a la sociedad capitalista y patriarcal mexicana, sirviendo además como una declaración a favor del proyecto nacionalista de los revolucionarios socialistas, a quienes apoyaba. Al elegir usar la tehuana con tanta frecuencia, Kahlo buscaba, de alguna forma, mostrar la verdadera sociedad mexicana, la que no estaba corrompida por los males del capitalismo y el imperialismo, y en la que ella tanto soñaba con vivir. Al vestirse con los elementos más mexicanos que podía encontrar, no sólo en su vestido, sino también en sus accesorios e, incluso, en la forma de llevar su cabello y de estilizar su cara, Kahlo buscaba comunicar su naturaleza mexicana.

Pero esta exageración en la representación de la mexicanidad que protagonizaba el performance público de la identidad de Frida Kahlo no parece haber sido tan efectivo. Como lo explica María Clauida André, es irónico ver cómo Kahlo, y su imagen, no lograron escapar de la máquina consumista que ella tanto criticaba. No sólo porque sus obras de arte, que son consideradas como una de las muestras más fieles al movimiento surrealista latinoamericano, se venden a precios exorbitantes en subastas internacionales, sino porque su imagen, tan famosa últimamente, ha llegado a protagonizar, en varias instancias, la moda del momento. Y, vale la pena recalcar, que la moda, tal y como lo explicó Werner Sombart en 1902, es la hija favorita del capitalismo.

El mundo internacional de la moda, tan eurocéntrico y lujoso, que, a su vez, ha adoptado a Kahlo en varias ocasiones como su hija favorita, parece no ser el lugar a donde ella, feminista, mexicana y revolucionaria, quería llegar. Ya desde su tiempo, la magnífica diseñadora Elsa Schiaparelli adoptó la tehuana en la creación de su famosísima Robe de Madame Rivera, mientras que Vogue París mostraba sus adornadas manos con gran frecuencia en sus ediciones. Más recientemente, Jean Paul Gaultier se ha inspirado en el “exotismo” de México que comunica la figura de Kahlo en más de una ocasión. Y ahora tenemos la obsesión neoyorquina con la artista.

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Todo este proceso, de una forma u otra, nos ha llevado a olvidar el lado socialista, el espíritu revolucionario, y la gran mente, que existieron detrás de la imagen de Frida Kahlo. Las imágenes que tanto vemos, hoy en día, de esta inigualable mujer, en lugar de mostrarla como la feminista que fue, la muestran como el último ícono de la moda, la más nueva it girl, recién salida del McDonalds en que fue encontrada. En vez de resaltar la labor artística de Kahlo, su involucramiento en la reforma social de México, y su apoyo por la cultura tradicional del país, ella ha pasado a no ser más que una bella imagen de la mujer que sabe combinar elementos exóticos en el vestir para verse bien. Y aunque es claro que la moda y la forma en que nos vemos, en el flujo intenso de imágenes que domina nuestro mundo, es tal vez la manera más importante de dar a mostrar nuestras identidades frente a la sociedad, el abuso de estas imágenes puede llegar a quitarle significado a quienes realmente somos.

Más allá de un ícono de la moda internacional, Frida Kahlo fue una participante activa del grupo intelectual socialista mexicano, aunque todos parecemos haberlo olvidado. Ella, en un momento en que la sociedad patriarcal latinoamericana era aun más intensa, nos enseñó que las mujeres latinoamericanas podemos tener el poder, podemos involucrarnos en la vida política de nuestros países, y que podemos comunicar nuestra identidad y nuestras raíces sin tener que someternos a los dictámenes de la moda en París y Nueva York. Nuestra labor, ahora, es la de aprovechar su protagonismo para recordarle al mundo la importancia de mujeres líderes como ella. Pero, ¿cómo haremos, entonces, para que en este intenso flujo de imágenes, en las olas que van y vienen, no se pierdan los significados reales de las mismas? ¿Cómo haremos, además, para que el conocimiento, cada vez más centrado en lo visual, vuelva a resaltar la realidad olvidada de las personas?

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Frida Kahlo

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