¿El fin de la moda como la conocemos?

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La consigna ‘todo tiempo pasado fue mejor’ enmascara siempre el peligro de romantizar el pasado que no conocemos. Los tiempos no son mejores ni peores – sino diferentes. ¿La moda está muriendo o un análisis más cercano demuestra simplemente que cambió como es propio de ella? Análisis sobre el tema.
Vanessa Rosales.
Ilustración: Amelia Rosales

En los últimos días, en pleno fervor de pasarelas (¿ya estamos allí otra vez?) han salido una serie de artículos que retratan aspectos de la moda presente. “La moda está muerta”, decreta uno en Dezeen; “¿Han muerto los blogs de ‘street-style’?, cuestiona otro en S Moda; y Style.com “revela” diez “secretos” del estilo callejero que cualquiera que haya hecho seguimiento sensato del tema sabrá bien que no contienen rastro significativo de revelación.

La moda, ¿está muerta? ¿Es cierto lo que sentenció oscuramente Li Edelkoort, la célebre pronosticadora de tendencias? “Es el fin de la moda como la conocemos”, osó pronosticar también. La sombría perspectiva de Edelkoort hace parte de un sentimiento que viene fraguándose en el aire y hace eco a otras percepciones que han circulado en tiempos recientes, como aquella sentencia de Suzy Menkes que se propagó viralmente cuando afirmó que los espacios externos de los desfiles de hoy son terreno de ridículos pavos reales que, a diferencia de la antigua camada de moda, vestida de negro, componen su vestimenta artificiosamente y no por espontánea vocación.

La pieza de Menkes simbolizaba la idea de que la moda de hoy es artificial, que está cargada de ficciones, y que se ha perdido la ‘frescura’ y la espontaneidad que, en teoría, por ejemplo, tuvo siempre su expresión a través del estilo callejero.

Refiriéndose al mismo tema – es decir, el susodicho “circo” en que se han convertido los intersticios entre pasarela y pasarela – Tim Blanks, otro de los grandes voceros de la moda pensante y crítica, dictaminó que la moda de hoy se parodia a sí misma. Una idea que mencionó también Edelkoort.

Algo similar exclamó Mark C. O’Flaherty, en Business of Fashion, hace un año exactamente. Sus quejas: que la era del iPhone ha convertido a las semanas de la moda en una “glorificada, ridícula, narcisa y nauseabunda selfie”. Según argumenta en aquella pieza, las personas en los desfiles – la mayoría de ellos una masa de espectadores sin objetivos tangibles en la industria – buscan desesperadamente sus teléfonos para apropiarse de la experiencia, y al hacerlo, se distancian del hecho de que, en realidad, aún estando allí presentes, no les interesa la moda de ninguna manera significativa.

Toda esa escena – ya ubicua y familiar gracias a la velocidad de la cultura visual en la cual vivimos sumergidos – es parte, según O’Flaherty del “infantilismo cultural” en el que vivimos. Para él, las colecciones, que tardan meses en ser creadas, ideadas y materializadas, terminan devaluadas por la pobreza visual que las atrapa a través de la tecnología. En últimas, para él, las cámaras de los teléfonos están “asesinando” la moda contemporánea.

Palabras más, palabras menos, un segmento de la industria parece estar convencida de que la Moda, esa sacerdotisa dictatorial y hechizante, está enferma….y de muerte.

Para nadie es un secreto que la moda de hoy se ve, sobre todo, de manera bidimensional, en pantallas planas, de alta definición y cada vez con más frecuencia, en imágenes cuadradas que fulguran sobre pantallas compactas que llevamos en carteras y bolsillos. A veces, sin embargo, las generaciones están tan imbuidas en sus propias prácticas, tan entrenadas por la subjetividad que ofrece su época, que los hechos más simples de la experiencia humana les parecen naturales.

Para un jovenzuelo seguidor de la moda actual bien puede ser incomprensible que, antes, para poder ver algo de moda hubiese que…esperar. A que alguien trajera una revista. A tener acceso a una película. A que un familiar trajera algo del extranjero. Si es que la moda llegaba incluso a ser un tema tocado en su ambiente inmediato y familiar. Porque la moda no era un tema tan ubicuo, popular, omnipresente y accesible como lo es en el presente. Es más, antes, la moda era tema de pocos, un mundo cercado, místico y que se consideraba, sobre todas las cosas, exclusivo y supremamente superficial. Porque lo era. Porque durante muchos años la moda era un tema de consumo conspicuo, es decir: dime cómo te vistes y te diré qué ocupación social ocupas y cuánto dinero puedes gastar.

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Hoy – y desde hace un tiempo – se dice que la moda es accesible y democrática. De muchos y todos. Pero hablemos por un momento de ese acceso. Hablemos de esa famosa democracia de la moda. Que tanto se defiende. Que tanto se menciona. En la que fervorosamente se cree. Este “acceso”, esta “democracia” han sido permitidos por algo más grande que la moda misma: Internet. Un universo que coincide pasmosamente con la misma lógica de la moda . (Si la moda se basó siempre en el reemplazo permanente de bienes por otros bienes – siempre nuevos y por ende mejores -, Internet opera sobre la base de el reemplazo interminable de imágenes, contenidos y posteos).

Es cierto, por supuesto, que a partir de los 70 – en parte por las revoluciones culturales que precedieron la década, en parte por el feminismo, en parte porque el modelo moderno de la moda venía agotándose – la moda ya no era un credo estricto de reglas a las que había que ceñirse para participar en ella.

Pero la democracia de la moda que nos rodea – y a lo que particularmente me refiero – se debe, sobre todo, a un gran hecho: que la moda es accesible en forma de imagen digital. ¿Y cómo es el acceso que brinda la imagen digital? Como sabemos, que con un clic podemos ver lo aquello a lo que antes era impensable tener acceso. Ese acceso, esa posibilidad de comprimir la experiencia del espacio y del tiempo, cambió también nuestros sentidos del tiempo. Y la moda y el tiempo tienen una profunda relación. Porque la moda, en uno de sus sentidos más históricos, es esencialmente, la búsqueda insaciable por lo nuevo.

Los ciclos de la moda – antes de unos seis meses – se volvieron, en tiempos digitales, muchísimo más cortos. Muchas casas empezaron a producir no dos sino cuatro colecciones (sin incluir las que hacen también vestuario masculino y Alta Costura, por supuesto). Y el Internet, que comenzó a alimentar los apetitos visuales de la forma más inmediatista imaginable, hizo de la moda un tema omnipresente. Flash forward hacia delante, y el resultado es esa moda de hoy que no cesa, que parece no tener futuro, ni pasado, que parece existir como un eterno presente y que tiene un gran hogar, bastante familiar para nuestras miradas digitales: la pantalla.

Esta es una de las grandes ideas que late en el corazón de mis teorías sobre el tema. Que esa facilidad de ver la moda como imagen digital, en cualquier momento del día, desde cualquier lugar, ha creado la ilusión, la fantasía de que la moda nos pertenece; de que es cercana; de que la conocemos; y de que podemos opinar sobre ella., interpretarla, producirla, serla. Esta es una de las grandes verdades de la moda de nuestro tiempo.

¿La Moda Muerta?

¿Y esto que tiene que ver con la ‘muerte’ de la moda? ¿Qué conexión hay entre esto y esa criticada pérdida de “autenticidad” y “frescura” de los blogs de estilo callejero?

Primero hay que establecer unos cuantos hechos. En principio, la moda es tan importante en el mundo de hoy, tan ubicua, tan masivamente popular, porque las tecnologías digitales han acentuado la importancia de todo aquello que es visual y escénico. Una experiencia del mundo a través de la imagen digital implica también un cambio de relación con la cultura material.

De allí, por ejemplo, esa pérdida de conexión con lo textil, con el sentir que desprende la ropa, con cómo se siente en el cuerpo. Porque, recordemos, los desfiles fueron hechos para mostrar ropa que tenía como un gran fin venderse. Que creciera en torno a ello un tema de performance, de cualidad artística, es otro tema. Por eso, cuando Dior estaba vivo y funcionaba su mundo en la Avenue Montaigne de París, los desfiles eran cerrados y las clientas y editoras se sentaban cerca para ver bien la ropa, sus materiales y movimientos.

Pero desde hace un tiempo la moda se “experimenta” en computadores y teléfonos celulares. Desde hace unos años ya, se volvió común poder ver las pasarelas minutos después de que sucedieran. Twitter empezó a alimentarnos a través de los insiders de la moda lo que sucedía en los shows minuto a minuto – (así fuera a través de 140 caracteres y una imagen brumosa). Se volvió pan de cada día que las páginas web y publicaciones más diversas comenzaran a revelar quiénes se sentaban en las primeras filas. Algunos sellos incluso fueron más indulgentes y permitieron el live-streaming – como Proenza Schouler y Burberry.

Y luego llegó Instagram, la gran musa de la moda hipermoderna, que ha llevado todo esto a nuevos niveles de celeridad, haciendo que los espectadores comenzaran a ver incluso los finales de los desfiles – así fueran meros instantes – en las pantallas de sus teléfonos, en sus camas, sin moverse.

Ese flujo interminable de información y de imágenes, que circulan vertiginosamente, marca la forma cómo vemos la moda en el presente. Y ha marcado, por supuesto, la naturaleza y el por qué de los blogs de estilo callejero, por ejemplo.

Esa historia de que el estilo callejero es fresco, espontáneo y que caza individuos sin planearlo existió, claro. Pero no tanto con blogs sino con revistas y sobre todo en los 80. Cuando revistas como i-D y The Face, que surgieron en un momento particular donde se estaba venerando más la calle que la pasarela, hacían fotos en la calle de individuos interesantemente vestidos que se topaban los fotógrafos por ahí.

La calle, sin embargo, no era nada nueva en la fotografía de moda. En los 40, Norman Parkinson ya la había usado para sacar la ropa del estudio y para darle más dinamismo a las imágenes. Richard Avedon siguió un camino similar, fotografiando mujeres en París, que se movían en teoría de manera espontánea.

Cuando Scott Schuman e Yvan Rodic llegaron a apropiarse de un tema que ya estaba más que inventado – fotografiar moda en la calle – por allá en 2006, lo hicieron a través de las herramientas que tenían a la mano. Es decir, cámaras y plataformas digitales. El mensaje se propagó rápidamente. Cazaron espontáneamente, pero en un mundo donde se volvió posible hacerse célebre a través de lo digital – nada más hay que ver el ejemplo de Chiara Feragni – por supuesto que muchos empezarían a vestirse para llamar la atención del lente. Tanto Schumann como Rodic usaban el tropo visual célebre en i-D y The Face, conocido como el straight up o el retrato frontal, donde se sacaba al individuo de pie con el fondo de una pared.

Luego apareció Tommy Ton, quien se apropió de uno de los grandes temas de la fotografía digital: el close-up. Y el paisaje digital se llenó de esas imágenes que hoy bien conocemos los seguidores de la moda: un torso con estilismo ecléctico, un par de tacones estupendos moviéndose en la acera, la imagen de varias mujeres juntas con looks distintos y excéntricos.

Entonces y tal y como sucedió con los blogs de estilo personal las marcas encontraron nuevas formas de hacerse visibles.

Porque hay un tema fundamental tanto en los blogs de estilo callejero como de los blogs de estilo personal: representan algunas de las formas más importantes de cómo vemos la moda en el mundo de hoy. Y la forma cómo vemos marca la forma cómo nos vestimos. Y la forma cómo experimentamos las cosas marca los ideales que celebramos.

La atención que había antes sobre el acceso digital de las pasarelas se volcó hacia lo que estaba sucediendo afuera de ellas. Y entonces llegó lo que describe la periodista de S Moda y lo que “revelan” los secretos de Style.com: se empezó a pagar a las fashionettes que andaban afuera de los desfiles por ponerse la ropa, los fotógrafos ‘callejeros’ pactaron momentos para fotografiar a las estrellas del estilo callejero. El estilo callejero fue absorbido por cierta artificialidad (como las blogueras, cuyas fotos comenzaron sencillas en habitaciones reales y terminaron por parecerse a editoriales lustrosas de revistas.) No era la calle el escenario nuevo de la moda: era la calle afuera de los desfiles la que cobraba relevancia.

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Los artículos sobre este género de street style han tomado la posición indigna de que este tipo de fotografía hizo que el estilo callejero perdiera “espontaneidad”. Lo que hizo a estos blogs famosos no fue, como dice la periodista en S Moda, su nivel de frescura; lo que los hizo famosos fue que coincidieron con un momento en que el Internet permitía ver lo que sucedía en otras ciudades.

Frases como “quizá deben pasar por una reestructuración de sus principios”, o “su presencia ya no genera la expectación que generaba hace cinco o seis años”, son afirmaciones que desconocen un hecho que parecería evidente para cualquier que tenga noción de la historia de la moda: que ésta cambia siempre. Y en una época en que la moda es un eterno presente en nuestras pantallas, lo lógico es que cambie incluso más rápido que antes.

Es un despropósito moralizante exigirle a los blogs de estilo callejero que se reestructuren. Que tengan, en teoría, la relevancia de hace cinco años. (Si llegó Instagram, que comprimió lo que había sido novedad con blogs callejeros y de estilo personal, ¿cómo no iban a cambiar las cosas?) Y lo que es más, ¿acaso hoy algo logra sostener el mismo grado de relevancia por cinco años? Ser relevante tiene otro significado. Como lo tiene la moda también.

Los blogs de estilo callejero son una metáfora de la moda actual: hay que entenderla en su tiempo y contexto. Hay un peligro en leer el presente bajo ese prisma tentador de que “todo pasado fue mejor”. En este caso, de que la moda de antes era más “real”. De que los blogs de estilo callejero perdieron “autenticidad”. Ni siquiera cuando Parkinson ponía a sus modelos de Vogue en la calle, el tema de la moda y la calle era “auténtico”. Y con The Face, hay que leer esa espontaneidad dentro del contexto de esa época.

La moda sigue siendo real, y sigue estando muy viva, pero cambió. ¿Por qué? Muy brevemente: porque cuando la moda surgió, como fenómeno moderno, su gran lema era la búsqueda de la novedad. En términos filosóficos, la moda nunca expresó ganas de buscar cambio para ser mejor o para perfeccionarse. El fin era buscar lo nuevo en aras de lo nuevo.

Pero ¿cuánto podía durar ese modelo? Desde tan atrás como los setenta, ya los diseñadores estaban mirando hacia la década del veinte para tener inspiración. Inició aquella cosa cíclica cuyo mito dice que cada treinta años regresa una década. Ya para los noventa, cuando todo parecía haberse hecho empezó el reciclaje y más aún se estableció la lógica de suplantación; es decir, en vez de buscar lo nuevo por lo nuevo, la moda comenzó a aceptar todos los estilos. Se volvió ecléctica. Las cosas dejaron de “entrar” y “salir” de moda como antes, cuando la moda era una especie de credo de reglas estrictas.

Los blogs de estilo callejero se volvieron en símbolo de ese eclecticismo. Si hay algo que demostraron bien, sobre todo en su apogeo, es que hoy se valen todos, absolutamente todos los estilos imaginables. En ese sentido, a los blogs de estilo callejero de hoy no hay que valorarlos por “auténticos” sino como índices de cómo nos han permitido ver la moda hoy.

Hay que mirar también quiénes afirman que la moda está muerta y por qué. Hay que tener la sensatez de comprender que en un mundo dominado por la imagen digital, por supuesto que puede suceder que se pierda contacto con lo táctil y lo presencial. Por supuesto que en un mundo donde cualquier puede opinar a través de la red, donde cualquier puede consumir y además producir imágenes, la orquesta de voces creciera significativamente.

Es un poco desconcertante que aquellos que estén adentro de la moda afirmen que es “el fin de ella como la conocemos”. La afirmación es contradictoria. Por supuesto que la moda no es la misma. Por supuesto que cambió al ritmo de los tiempos. Y eso no la hace peor ni mejor. La hace diferente. Plantea nuevos retos. Nuevos ideales. Nuevas formas de experimentarla y de verla.

Recordemos que Dior, que a muchos se les puede antojar como un ideal de moda “real” fue un hombre que devolvió a las mujeres al dominio doméstico; con un tipo de vestir que se parecía al corset y que eso implicó una involución luego de que muchas mujeres en Europa y Nortamérica, anduvieran con ropas más confortables mientras los hombres estaban en la guerra. El punto: ningún periodo de la moda, ni ningún periodo de la historia está exenta de ambigüedades y falencias.

Así que no, la moda no está muerta. Tal vez murieron algunos de sus ideales pasados. También murieron algunas de las formas que conformaron ciertos periodos de su historia. Pero quien la haya estudiado sabe bien que la Moda muda de piel, reencarna, hechiza, y sobre todo…..vive para reinventarse al ritmo de los tiempos. La moda de hoy es simplemente diferente a lo que fue en otros momentos.

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