Desamor por la Moda

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No lo sienten? No les pasa? No lo experimentan de manera ocasional?

La moda, que es un fenómeno de la modernidad, siempre ha tenido en su corazón la contradicción. Es un impulso simultáneo y ambiguo por camuflarse o ser parte de la camada de la moda así como un apetito por diferenciarse a través de la afirmación de la identidad.
Esta diferenciación, que se busca a través de las ropas y la estética se ha hecho más potente a través de las décadas, llegando a épocas en las que la moda se ha vuelto, sobre todo, una fachada estética, cada vez más carente de símbolos, y en su capítulo hipermoderno, una moda en sí misma. Un ideal tan ubicuo, tan accesible como imagen y a través de la información, que su lógica domina muchos más campos de la existencia que nunca antes.

El exceso de ruido, la competencia por sobresalir – en un mundo plano y digital que espabila a cada instante con su reemplazo constante de imágenes e información – el exceso de participantes que hace, por momentos, que todo parezca lo mismo: una gran masa de entusiastas que intenta demostrar su conocimiento por encima del otro.
El exceso de imágenes nos satura hasta el punto de robarnos de la capacidad de asombro.
Llega, entonces, para algunos, el desuso, el destiñe, el desencanto. La moda, con su hechizo masivo, parece atrapada en su propio remolino de espejismos. Llega para algunos hastío de ese afán conspicuo por sobresalir. Por camuflarse entre la camada. Ni siquiera el impulso de distinción motiva frente al armario.
En últimas porque el hastío, el cansancio es por la apariencia misma. Aparentar y mostrarse. Alardear a través de imágenes visuales de conocimiento y estilismo. Múltiples opiniones que concuerdan a veces como un tribu de bachilleres sesgados por sus simpatías de insegura homogeneidad.

No les sucede? No les pasa?

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