Coco Caribbean

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La casa CHANEL lanza al mercado su más nueva creación: la cartera Girl. Una mirada inédita alrededor de la novedad: ¿cómo conecta la maestra del estilo moderno, Coco Chanel, con la exuberancia del Caribe? 

 

Vanessa Rosales

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Una mujer armada por la seguridad de un vestidito negro. Esa sería, para muchos, una de las mejores imágenes para invocar a Coco Chanel, la filósofa de un estilo en cuyo corazón late el poder de lo simple. Sin duda, esa pieza, el little black dress, circula en las imaginaciones colectivas como una de las piezas que más acuñó la gran dama de la moda moderna. El uso del negro como arma filosa de lo chic fue, sin duda también, otro de esos grandes legados de las filosofías del vestir que legó Chanel.

Pero algunos sabrán – o recordarán – que si el negro es una de las formas en que Chanel concebía que una mujer puede revelarse a sí misma como individuo, el blanco, – puro, etéreo, fino – lo es también. En la vida de una mujer un vestido blanco tiene connotaciones predecibles. Es el uniforme del juramento amoroso que representa una de los grandes peldaños en la convención femenina. Pero para Coco Chanel, – una mujer cuya biografía está escrita justamente sobre los cimientos de la falta de convención femenina – vestirse de blanco era un reflejo de algo distinto. Era, más bien, la expresión de un credo que sostenía la creencia de que el blanco y el negro, en sus absolutismos permite como ninguno lo que Chanel perseguía: hacer visible a la mujer más que el vestido.

“Las mujeres piensan en todos los colores, menos en la ausencia de colores”, declaró Chanel. “He dicho que el negro lo tiene todo. El blanco también. Ambos tienen una belleza absoluta. Son la armonía perfecta. Viste a una mujer de blanco o de negro en una gala: ellas serán las únicas que podrás ver”.

Así que cuando Chanel se vestía de blanco, se vestía, como escribe en una de sus biografías Justine Picardie, para ser vista. Y lo hacía justo en el momento en que la boga por los vestidos blancos, resplandecientes y en satín, formaba una especie de frenesí tras la caída de la bolsa de Wall Street. Así, en la década del treinta, bajo el siseo metálico del jazz y el burbujeo de la champaña fría, la casta más consciente de la moda sostenía una suerte de rebeldía contra la sombra de la Gran Depresión. Ese ‘desafío deslumbrante’ contra el sombrío clima de la Depresión, cobraba forma en un paisaje de mujeres que bajo los axiomas de la dictadora de lo chic aparecían luminosas y satinadas, con perlas y sedas blancas. Y la misma Chanel, la mejor modelo de sus invenciones sartoriales, aparece, magnífica, en fotografías sociales, gozosa, bronceada, cubierta en joyería de fantasía y vestida de blanco.

Ahora, Chane fue, entre muchas cosas, una criatura marina. Su cercanía con la cultura de la playa francesa explica muchas de sus creaciones de vestir y su convicción de que una mujer luce mejor cuando tiene la piel tostada por el sol. (Para aquellos que no lo saben, a Chanel se le puede adjudicar también la moda del bronceado como forma de embellecimiento en la mujer).

La vida marina de Chanel, su indulgencia mediterránea, sus noches calurosas en La Riviera francesa, su apropiación de la blusa marinera, sus temporadas en Biarritz, son todas reflejo de algo típico en su vida: que su ropa reflejaba las necesidades de su forma de vivir. El impacto visual del blanco hacía parte de este repertorio también. Blanco era la forma de hacer visible a una mujer, sí, y también de lucir el contraste entre la luminosidad del vestido y el bronceado de su piel. En 1933, la colección de primavera fue una sinfonía entera de vestidos hechos sobre la premisa del color que evoca la pureza, lo etéreo y el absolutismo.

Algunos teóricos posmodernistas han dicho que existe una continuidad de espejo entre el Mediterráneo y el Caribe. Si el blanco ha sido siempre un vehículo para expresar los estilos fabulosos de la Riviera Francesa, también es tono predominante en las festividades y elegancias del Caribe. ¿O acaso no es habitual que las fiestas cartageneras requieran de sus acudientes un vestir sintonizado con uno de los colores favoritos de Chanel?

Así que serpenteando entre los relieves de la historia y los archivos del estilo, ese blanco de Chanel – que tenía también que ver con su crianza religiosa en un monasterio – tiene eco poderoso en el vestir actual del Caribe. Porque si hay algo además que caracteriza a Chanel, es que sus principios y axiomas para vestir poseen una relevancia que parece salida del espacio y del tiempo. La elegancia parisina de los 30 aplica para la mujer que se viste hoy en el Caribe moderno.

Hay otro principio detrás de historia inédita – que tiene en su imaginería un ensamble de lunares amarillo con abanico tejido – y es que la simplicidad en la silueta, la sutileza en el vestir, y la contundencia de lo sencillo permiten que una mujer no sólo sea visible, sino que pueda conjugar en el ensamble otra gran directriz de Chanel: joyería poderosa de fantasía. Décadas después, la filosofía persiste: no hay nada que permita vislumbrar mejor a una mujer que el poder de lo simple.

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