CHANEL y su guarida íntima

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Uno de los lugares más íntimos de la gran Coco Chanel, el apartamento que tenía encima de su mítica boutique en París.

Vanessa Rosales

En el punto preciso de 31 Rue Cambon en París existe una estructura de relieves cremosos, coronada en varios puntos con el nombre de Chanel – las seis letras que suman una de las palabras más talismánicas en las memorias modernas del estilo. Adentro, entre los pliegues de los salones, zumban mujeres, frenéticas, buscando carteras apetecidas; las atienden señoritas uniformadas, cubiertas en negro, perlas y bailarinas; damas maduras escogen relojes y pañoletas de seda; alguna silueta asiática, masculina y vanguardista reposa mientras espera que una de las señoritas de negro, rubia, con gafas de pasta y labios carmesí, extraiga para su gusto una selección de bolsos de mano. En otros rincones, parejas orientales divagan entre los zapatos y otra cohorte de señoritas, también de negro y con camelias cerca al corazón, saludan en francés animado a la cantidad imparable de individuos que entran y salen de la boutique.

No cualquier boutique. Sí uno de los sitios que todo seguidor de moda y paseante por París querrá absorber con los ojos o a través de un feliz adquisición. Pero también un símbolo: el lugar donde Coco Chanel afianzó de manera material su autonomía financiera y el quiebre de los apoyos económicos masculinos; el punto íntimo donde a puertas cerradas escenificaba sus desfiles. El mismo lugar donde sus labios deshacían cigarrillos mientras cosía sobre el cuerpo de alguna modelo extenuada (Mademoiselle no era amiga del orden tradicional donde la ejecución del vestido es póstuma a la evocación sobre papel).

Y la estructura en Rue Cambon es también el sitio en el que Chanel escenificó su retorno a las filas del diseño, en 1954, después de una larga pausa durante la guerra y una temporada en Suiza. Hoy, es un lugar inevitablemente envuelto en modernismos y lleno de la belleza diversa que ofrece la firma, pero existe, no obstante, una cualidad mística en su atmósfera, el rumor invisible de que por aquí paseó Chanel múltiples días de su vida, construyendo una visión que se manifiesta hoy feroz y asombrosamente viva.

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Pero más allá de los ojos, arriba, encima del salón de Alta Costura, hay una escalera del color de la arena que conduce a la guarida de la mujer que desde su inexistencia vela los fundamentos del imperio que dejó.

Es una escalera conocida por aquellos que han buceado en el historial de Mademoiselle; reconocible para los que han visto el retrato que le hizo Mark Shaw, en 1957. Una escalera rodeada por un juego magnífico de reflejos – espejos múltiples que permiten, de pie o al sentarse sobre cierto punto de la escalera, tener una perspectiva del salón que está debajo de ella. Mademoiselle Coco se sentaba en el quinto escalón del primer trecho, invisible, desde donde observaba sus propias colecciones y los rostros y reacciones de la audiencia que posaba su mirada sobre ellas.

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La cueva de una mujer

Los que conocen el temperamento estilístico de Chanel en sus raíces sabrán que Mademoiselle hizo una alianza con una especie de absolutismo estético. Que lo aprendió, tal vez, de la severidad y el aire opresivo de las monjas en Auvergne, durante su niñez. Que tal vez esta alianza siguió floreciendo gracias a aquella franca rebeldía que la incentivó cuando experimentó su capítulo como mujer mantenida; rodeada por cortesanas, damas finas, extravagantes, mujeres-adorno, colmadas de capas, plumas y aparatosos vestidos.

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La simplicidad es el gran corazón de la filosofía estética de Chanel. Y sin embargo, curiosamente, no es simplicidad lo que reina en la que fue su gran guarida: el apartamento que está detrás de la puerta a la que conducen las escaleras de color arena. No era aquí donde Chanel dormía, sino en una suite en el Ritz y la gran casa que poseía, llamada La Pausa, estaba en los Alpes Marítimos, a millas de París. En ese orden, este apartamento funcionaba como una guarida, el lugar donde Chanel se recogía para reposar, reflexionar o leer en los intersticios de su agitada actividad.

Abierta esa puerta, se rompe el ritmo del absolutismo y los compases del blanco y el negro. Al prisma de los sentidos lo alcanza una calidez dorada, oscura y rojiza cuya riqueza contrasta con la blancura y los acentos negros de la boutique. Porque los que conocen bien a Chanel saben también que si la simplicidad era uno de sus grandes centros, el contraste y la contradicción lo eran también.

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Chanel misma reconoció en sí su carácter mixto: “Yo proveo contrastes…”, dijo, “a los cuales no logro habituarme: pienso que soy la persona más tímida y la más audaz, la más gozosa y la más triste. No es que sea violenta; son los contrastes, los grandes opuestos, que colisionan en mí”.

Si el estilo sartorial de Chanel lograba narrar su biografía, el estilo de sus habitaciones íntimas son reflejo de sus anhelos y sobre todo de sus símbolos – metáforas de los lemas que tuvo en su vida, de sus batallas, de sus gustos, de sus estados anímicos. Son los objetos que hablan no tanto de la dictadora de chic o del árbitro de estilo, sino sobre la mujer.

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Los que conocen la historia de Coco saben también que era ella una mujer de supersticiones, poco dada a los credos del catolicismo pero creyente fervorosa de los signos.

Estos signos abundan en su obra estilística: están en los leones que reflejan su signo zodiacal, que aparecen en botones y detalles de chaquetas y joyería; están en el número 5, su cifra afortunada, y el número de escalón en el que se sentaba para observar, sigilosa y solitaria, sus propios desfiles.

Está en el uso de la joyería de acordes rusos, como guiño a su vínculo afectivo con un aristócrata exiliado. Está en la presencia de la ropa masculina, como señal no sólo de que Chanel prestaba piezas de sus acompañantes masculinos, sino de que para avanzar en la dirección de independencia, se vio en la necesidad de renunciar al convencionalismo como mujer. Está en la estrella de los cinco puntos, que estampó en sus diamantes y que provenía de sus días con las monjas del orfanato.

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Aquí adentro, en este resguardo, la que cobra vida es Chanel, la simbolista y la solitaria mujer. Las paredes están cubiertas de lemas y asiáticos chinos, una referencia que venía de su gran amorío con Boy Capel, el hombre de su vida. Y una referencia cuya exuberancia visual contrasta con el rigor limpio de sus principios al vestir. Hay rastros diversos del trigo – esculturas y objetos que lo animan – como un trazo poderoso de una prosperidad siempre convocada y bienvenida. Los leones reaparecen aquí como estampa que se repite; un modo de evocar la fuerza y ferocidad que contrastaban con su vulnerabilidad.

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Pero si hay un objeto donde se encuentra el poder de Chanel la simbolista, es el candelabro que corona la habitación primordial del apartamento. Allí donde descansa un extenso sofá, también color arena, donde aparece Chanel en retratos mítico, acostada, cubierta en perlas, leyendo con melancolía.

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El candelabro es la prueba de la importancia rendía Chanel a los símbolos. La existencia de este objeto es el fruto de su propia invención. La presencia de cristales y amatistas fulgurantes, son emblemas de su lugar de origen; en la intrincada estructura, la mirada que se agudiza encontrará la G de Gabrielle, la doble C de su mito, los números de su suerte, el dos y el cinco; uvas que en su trasparencia casi invisible evocan también la presencia de la prosperidad material.

Chanel hacía esto mismo en la ropa que hacía. La impregnaba de símbolos que daban vida a su visión. Pero este candelabro es un talismán íntimo, una racimo de símbolos que en la privacidad de sus reflexiones tal vez lograba refrescarle los pilares de su sentido de propósito.

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Pero hay otros símbolos, más sutiles. No hay aquí dormitorio ni cocina. Sí un comedor cargado de cristales y oros febriles, donde la mesa ofrece criaturas leoninas y conchas para reposar cigarrillos. Donde la luz parisina se filtra entre el cremoso marfil que domina la habitación, donde Chanel entretenía a sus amigos en cenas íntimas. También un eclecticismo rico, reflejo de una mujer que llevó una vida inmersa en los aires y conversaciones de intelectuales, sujetos de vanguardia y artistas. A lo largo del apartamento un patrón se repite: objetos dobles o en pareja, una invocación del anhelo que Chanel no obtuvo en vida: la posibilidad de terminar sus días junto a un hombre y rodeada por una familia.

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Los salones bellamente vestidos materializan los rastros de una vida femenina de inclinación estética, expuesta a las vanguardias de su tiempo, cautivada por los goces del eclecticismo.

La vida de una mujer que halló en el dinero, la influencia y el prestigio la posibilidad de ser autónoma y libre. Son índices de la vida de una mujer moderna; de aquel momento en la historia que vivió Chanel, en el que una mujer, al crecer crecer como profesional o individuo no podía conciliar en ello los roles tradicionales femeninos – esposa y madre.

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Esa tristeza habita en la guarida íntima de Chanel, la mujer que logró hacer de su presente una filosofía atemporal de estilo, pero una mujer que no logró cumplir algunos de los actos más simples en la vida de una mujer: casarse y tener hijos. Leer su tiempo y traducirlo en una forma de vestir y de ser fue uno de los grandes dones de Chanel. Su guarida doméstica es la muestra de que para ser el imperio que sigue siendo, Chanel no podía ser una mujer simple. Y sus complejidades, que eran nuevas para una mujer en su momento, le implicaron extremos que le permitieron éxito eterno pero también soledad emotiva.

Chanel es ella misma el símbolo de lo atemporal en lo femenino. Hasta con su propia vida reflejó con impresionante precisión la feminidad de su época, tanto en sus opciones de vida como en su vestir. Pero hasta con su espacio más íntimo Chanel reflejó la vida de la mujer moderna, y uno de los retos que aún para ella persiste.

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