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Flamenco y Caribe en manos de mujeres 

Los abanicos de mano entran en la categoría de objetos reservados para hábitos exclusivamente de mujeres. Como las faldas. O el labial. Si bien éstos aparecen en ciertos instantes sobre cuerpos de hombres, suelen hacerlo más a modo de transgresión que como regla general. Son, incluso, objetos que contradicen las expectativas que de los hombres se tiene. Un labial, por ejemplo, es un elemento cuyos trazos, en espejos, servilletas y cuellos de camisa, conducen a la presencia de una mujer.

Un abanico de mano implica, por ejemplo, cierta postura del cuerpo. Cerrado, se lleva en la mano como una suerte de juguete que aporta cierto garbo a la mujer que lo porta estando de pie. Sentada, al calor de una sala en la costa atlántica, en el fragor de una fiesta o en la undulación de un mecedor, el abanico concede a su portadora una estela de misterio. Abierto, es un ítem que se abre, como un acordeón o una serie de alas, y que puede combinar preciosismo con funcionalidad. Uso con estética.

Colorido, pintado a mano, hecho con visos de madreperla o como una estructura de encaje, los abanicos conservan unas estructuras fundamentales que varían en tamaño y en posibilidad. Tienen, además, una función primordial para aquellas mujeres que viven y se crían en atmósferas húmedas y calientes: sacudir el objeto cerca para refrescarse individualmente. El movimiento al que un abanico dispone la mano femenina, tiene algo juguetón, seductor, delicado, tenue. Sacudir la mano repetidamente para obtener su ventilación genera un efecto visual en la mujer que lo acoge como ornamento.

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