Johanna Ortiz

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Vanessa Rosales

Fotografía: Daniel Cuervo

Desde hace unos meses – más precisamente desde julio del año pasado – quien observa el paisaje del estilo colombiano habrá notado que entre las mujeres locales se ha fabricado un fervor común en los hábitos de vestir: muchas han usado o adquirido los modelos que reveló Johanna Ortiz en su muestra de Colombiamoda del año pasado. Esa colección, que desencadenó el fervor por las blusas que desnudan los hombros, las simetrías esculturales en faldas dominadas por el azul y el coral, y los vestidos que permitían combinar el vibrante sensualismo de la mujer latinoamericana con la estética de lo Cruise y lo Resort, alcanzó páginas lustrosas y editoriales, los cuerpos de influyentes mujeres de la moda, el estilismo de varias mujeres asistiendo a una misma boda y alcanzó, sobre todo, algo más profundo: alinear los apetitos femeninos y sartoriales de las mujeres de un país.

Meses después, se anunciaba que aquella muestra, cargada de tonos de ocaso, estampas florales con gracia digital, ánimo de bolero vieja guardia cruzado con feminidad hipermoderna y conjugaciones estéticas entre lo caribeño y lo mediterráneo, pasaba a ser también patrimonio de la titánica y significativa Moda Operandi. Con aquella novedad se reafirmaba el hecho de que el hechizo que Ortiz dejaba sobre la mirada de la moda colombiana estaba compuesto, además, por los efectos de una alquimia precisa: la capacidad de leer claves del temperamento de la mujer latina a través de siluetas y posibilidades de vestir alineadas con esas grandes corrientes que marcan el estilo actual.

Antes de la pasarela que cerró la segunda jornada de la semana de la moda colombiana, la estampa de Ortiz ya estaba flotando en el paisaje visual, con muchas de sus acudientes expresando fervor por su blusa Tulum – esa bella pieza que descubre los hombros creando esculturas con garbo de cha-cha-chá en los brazos. El pequeño séquito de la diseñadora dejó adivinar, además, algunos destellos de lo que vería la mirada de la moda colombiana la noche del miércoles; simetrías trazadas con profunda feminidad, vuelos esculturales, tonos dulces y sin embargo sensuales. En ese séquito se encuentra, además, la joven María Isabel Guzmán, cuya actuación en el proceso de creatividad ha impregnado también las siluetas y las ejecuciones conceptuales con esa feminidad de geometrías esculturales.

La pasarela de este año reavivó el fervor que se había instalado ya entre las colombianas, pero tuvo, además, otro efecto: hizo palpitar al corazón colectivo de la audiencia de la moda colombiana. Con frecuencia, las mujeres, que contemplamos a otras mujeres bellamente vestidas o que miramos imágenes que nos transportan con su exquisito vestir, experimentamos un pálpito particular: el deseo de poseer la ropa que contemplamos, el acto de proyección excitante. Una prolífica escritora de estilo consignó alguna vez que lo más emocionante de la ropa puede ser justamente eso, la posibilidad, en futuro próximo, de poseerla, lo que siembra en el corazón de la mujer la promesa de ser dueña de la ropa bella que contempla.

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Eso fue exactamente lo que logró Ortiz en su última pasarela: hacer palpitar los corazones de toda la audiencia femenina en torno a un deseo unificado de posesión. Al inicio, un vestido suculento negro con esculturales volados, precisos para el registro digital, consonancia exacta entre lo ultra-femenino y lo afilado. Las primeras salidas parecían una continuidad de la pasarela del año pasado, con ensambles que retomaban los lemas que iniciaron el deseo colectivo por la ropa de Johanna; faldas con asimetrías flotantes, versiones de camisas con hombros ligeramente caídos. Pero luego, los pálpitos del corazón, que parecían estar refrescando los motivos del primer amor, iniciaron un proceso de vehemente aceleración. Y fueron saliendo versiones de vestidos en lavanda y corales, y encaje romántico en marfil suculento, y adiciones péplum con fuerza escultural.

¿En qué consiste, entonces, el poder de Johanna Ortiz para despertar con tanta precisión los deseos sartoriales de la mujer colombiana actual? ¿Por qué palpitaron los corazones femeninos en un unísono de aplausos y sobre todo, de apetito compartido? Tal vez porque los looks, con sus azules de cielo caribe, sus blancos de fabulosidad tropicalista o mediterránea, sus corales encendidos color ocaso, sus lavandas con brotes verdosos, sus marfiles, sus boleros y volados de escultura femenina y filosa representan una alquimia particular: la hibridez de una mujer que se ha criado en los colores del verano, que ha expuesto su mirada al mundo digital, que tal vez ha recorrido otros paisajes terrenales y visuales y que ansía una forma de coquetería que se reconoce no reveladora, sino sensual. Tal vez porque la visión actual de Ortiz ha sabido reconocer e hilvanar el lenguaje visual para un tipo de feminidad que añora anclarse en sus delicadezas, en sus contrariedades contemporáneas – seducir con gracia llamativa pero sin ruidoso alarde corporal. Un lenguaje donde se cruzan, además, el espíritu estético de la época que nos envuelve – donde todas, tantas, podemos mirar a cada instante, bellas imágenes de mujeres bellamente vestidas a lo largo del globo – pero que tiene en sus venas el acorde floral, el sentimiento el bolero, la calidez de Cali, Medellín o Cartagena, los tonos del trópico y sus humedades, los hábitos de vestir de mujeres que se cultivan y florecen en su afirmación de feminidad.

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1 Response
  • Mariana
    July 31, 2015

    Hola Vanessa,

    Eres una increíblemente talentosa, gracias por compartir tus exquisitas perspectivas, leerte siempre será un placer.

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