Falda denim: Anotaciones de una prenda de estilo

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Vanessa Rosales

Fotografia: Tram D Martinez

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En cuanto a los asuntos del vestir se refiere, tendencia y estilo se tratan con frecuencia como opuestos. La moda, que tiene como marca la evolución constante parece, sin embargo, tener lemas que persisten de manera casi intacta a través de sus corrientes de cambio. Uno de ellos es esta idea, que dicta que tendencia es aquello que responde a la categoría de lo cambiante, lo caprichoso, lo efímero y lo pasajero; mientras que el estilo, de manera contraria, es aquello que perdura por encima de lo temporal, aquello que es capaz de conservar un cierto aire de eternidad. Los seguidores de moda más distintos seguro se han topado con las frases icónicas que sentencian esta noción de contrarios. (La moda desvanece, el estilo permanece).

De vez en cuando, sin embargo, estos opuestos se unen en una sola pieza. Si las constelaciones de la moda así lo decretan. Antes de que las pasarelas del pasado septiembre informaran que la temporada actual sería, entre otras cosas, una reactivación de la bohemia setentera, las faldas denim (o de jean) ya habían salpicado el paisaje de imágenes digitales que moldean lo que se estima deseable para incorporar o reutilizar en lo que vestimos. Habían asomado en un paisaje que, en general, nunca abandona del todo una posibilidad de estilo.

Las faldas denim estaban en el radar, como prueba de que hoy, en el vestir, casi cualquier elemento es válido. También como prueba de los alcances que tiene un material como el denim en términos de duración y posibilidad.

Pero una vez cerrado el circuito de pasarelas de primavera/verano 2015, en el aire flotaba la estela, clara, de que una vez más las faldas denim volvían a la categoría de tendencia. Y así, estilo atemporal y tendencia temporal se juntaron en una prenda que se reactivó como ubicua. Su uso, sin embargo, tiene punto de partida en la década del setenta, cuando la libertad de espíritu, lo orgánico y lo naturalista se materializaban en la forma de vestir. Veinte años más tarde, cuando muchas de nosotras éramos chicas, las faldas denim volvían, en una atmósfera donde se cruzaban el grunge, la electrónica del nuevo siglo, Clueless y el minimalismo.

Cuando se piensa en denim o en jeans, la primera asociación suele ser con sus versiones de chaqueta y pantalón – dos formas que abundan en el campo de visión cotidiano en todo tipo de ciudades y climas. En las tiendas vintage del East Village de Nueva York hay racks voluminosos de chaquetas que cargan en sus resistentes costuras de algodón los rastros invisibles de fantasmas que dieron vida a las chaquetas allí disponibles. En Japón, toda una industria de creación se ha empeñado en revivir las formas y hormas de versiones noventeras de Levi´s. Ningún otro elemento del vestir se vende y se desea roto, gastado o con rastros de uso ficticios. (Muchas compramos jeans gastados, con roturas en los muslos y las rodillas). El denim atraviesa las edades y los prototipos. Es, para muchos, la salida sartorial para los días donde nada más parece servir. Nos libera de cierta manera del agobio de la imaginación estilística. Y ningún elemento consigue evocar de la forma simultánea antigüedad y juventud.

Como material y como símbolo, el denim guarda una profunda conexión precisamente con la juventud, es decir, con el ideal estético que se volvió dominante a partir de la década del 60. (Vale la pena refrescar rápidamente que antes de las revoluciones culturales de aquella década, la moda no pensaba en la juventud como conducto ideal. Cristóbal Balenciaga, por ejemplo, uno de los maestros de la Alta Costura de vieja guardia, diseñaba pensando en mujeres maduras, de poder adquisitivo, casadas, con imperfecciones en el cuerpo). Fue con la llegada de las revoluciones culturales de los sesenta y el llamado ready-to-wear, que ser joven se volvió un ideal – en la estética y en la vida. Fue entonces también cuando el denim, que venía de ser un elemento para trabajar cómodamente, se volvió una expresión de estilo.

Material flexible, duradero, y potente en materia de significados, el denim ha figurado entre las clases obreras de comienzos de siglo XX, como prenda de rebeldía en motociclistas cuyo credo es la anarquía, como reflejo de la rebeldía fílmica de James Dean o Marlon Brando; aparece en las postales vintage de Marilyn Monroe y Jane Birkin, fue patrimonio del rockabilly y del punk, brotó en las expresiones del new wave sintético de los ochenta, resurgió en las corrientes eléctricas del rock metálico de los noventa; es frecuente en la filosofía chic de las parisinas, las pasarelas lo reinventan, lo renuevan, lo destruyen, lo magnifican. Hombres y mujeres lo utilizan. Y cuando lo vemos, por corriente y constante que nos parezca, siempre hay algo en su presencia que nos remite, así sea de manera inconsciente, a cierto tipo de desenfado, de postura libre, de gesto que habla, sin quererlo, de poder vestir de manera libre.

Y si el denim posee esta capacidad de ser tan extraordinariamente flexible, persistente y ubicuo, es porque es un textil hecho de algodón. A veces lo invisible tiene los efectos más potentes en el terreno de la apariencia y el vestir. Así son los símbolos del estilo. Se adaptan a muchos tiempos y se mantienen por fuera de lo temporal. Su materialidad permite que sus versiones se multipliquen.

En un mundo saturado de moda, a veces las piezas más cotidianas, las más corrientes y ubicuas, cargan consigo la electricidad de la historia del estilo. Las faldas denim, atemporales por su material, hoy son tendencia por las vibras setenteras que ha activado la temporada actual. Pero son estampa de aquello que sobrevive el tiempo y se reinventa en sus caprichos, estampa de aquello que se llama estilo.

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