Conflictos femeninos al vestir

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Repetir una blusa, una falda, un cinturón – sin sentir que perdemos sentido de estilo por la ausencia de nuevas adquisiciones o de poder ampliar nuestra volumen de posesión.

Esa es una de las constantes ponderaciones (y conflictos) femeninos al vestir. La sensación de que nuestra ropa se desgasta y, con ella, el vigor de nuestro estilo. El sentimiento, fortalecido por la suplantación imparable de imágenes digitales con mujeres estilosas, de que nuestro armario, nuestras piezas, nuestro sentido de composición, no basta. De que estilo es también sinónimo de llevar una vida donde el reemplazo y la acumulación de nuevas posesiones es siempre posible – tal y como lo alimentan, en la fantasía digital, las cuentas más lustrosas de Instagram.

Ante esas sensaciones, breves anotaciones de realismo. La moda, como lujo, sigue y será siendo de pocos. El acceso que tenemos a ella, visual y bidimensional, no ha disuelto las jerarquías que en la moda habitan. El estilo, por otro lado, puede ser más que ropa, más que acumulación, más que la cacería de la moda por suplantarse infinitamente a sí misma. Estilo, para la mujer mortal, que no habita la pirámide de una ínfima minoría, es un conducto para, como escribió una crítica de estilo, anunciar al mundo verdades sobre sí misma. Usar la ropa como medio para decir algo más; algo que trascienda lo aparente, algo que afirme su espiritu. Tiene estilo la mujer que puede comprar sin límites? Capaz que si. Pero nada brilla más en el vestir que la mujer que usa la ropa como medio para hacer visible lo invisible. Sustancia como gran fin del estilo.

Gracias a @catavaldesg por sembrar esta reflexión – pronto, más sobre lo mismo.

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