Carmen Miranda. Símbolo escindido y performance

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Por: Adela Carmona

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Carmen Miranda, entre lo “auténtico” y lo fabricado; entre los Estados Unidos, Portugal y Brasil; entre Hollywood y el Casino da Urca, Carmen Miranda. Más símbolo y leyenda que carne y hueso, cambió su nombre, Carmo Miranda da Cunha, por el performace del escenario. Antecedente de la metamorfosis de mujeres como Rita Hayworth (Miranda Carmen Casino) o Marilyn (Norma Jean), Carmen es una construcción tanto propia como ajena, un bricollage a varias manos.

Nacida en Portugal, pero criada en Brasil, Miranda es un pastiche de culturas. Blanca, con ojos verdes enormes, caderas amplias y senos prominentes. Bailarina y cantante de samba en un Brasil cuyas élites no aceptaban lo negro. Adoptó, además, el look de la baianas conocidas por llevar frutas y acarajes, en Bahía–un espacio marginal, con una historia plagada por la esclavitud. Ellas andaban con una falda rotonda (saia rodada), blusa cuello bombachas bandeja (a bata), collares con cuentas blancas, rojas o azules (representantes de las deidades africanas como Oshun u Oxala) y un turbante. Carmen apropió su estilo para su stage persona, consciente de que al hacerlo estaba promoviendo un sector invisibilizado.

Actuaba, cantaba y bailaba, con tocados de frutas, de plumas, de brillos y lentejuelas. Blusas midriff, que revelaban destellos de su piel. Faldas rotondas hasta sus pies, estampadas con motivos tropicales como frutas y flores. Plataformas vertiginosas, abanicos. Collares, pectorales y brazaletes. Su estética tropical, carnavalesca, over the top, se convirtió en un hito del imaginario de lo brasilero, de lo latinoamericano, como lo exótico, alegre, sensual y musical.

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Imaginario de lo Otro creado tanto por ella, como por las administraciones de Getulio Vargas y su política populista de imagen interracial; como por Roosevelt y su política del Good Neighbor, para continuar con la invasión (ahora simbólica) en otros países. Su cuerpo, su imagen, su voz, se convirtieron en espacio de lucha, en una zona de contacto entre las culturas y las imágenes que se hacían de latinoamérica y Brasil.

A pesar de ser una mujer avanzada para su tiempo y su país– se mantenía ella misma, manejaba carro, fumaba–, y de haber sido la mejor pagada del momento, muchos la critican por haber perpetuado el estereotipo de la latinoamericana pasional y colorida. También por haber participado de un panamericanismo ocupando roles fílmicos de argentina hasta cubana. Y por ser demasiado blanca para representar a las negritudes.

Todas estas quejas válidas, sí. Pero si se tiene en cuenta el momento de su auge, la Segunda Guerra Mundial, la posición de la mujer y de lo latinoamericano en ese tiempo, es posible ver que sus logros no fueron menores. Una chica de origen humilde logró que su país, una parte marginalizada, además, fuera visible para el mundo. De una manera distorsionada por el “Brasilismo” al modo del “Orientalismo” de Said, sí, pero ¿se podía esperar acaso otra forma de acercamiento a la cultura latinoamericana en ese momento por parte de Europa y Estados Unidos? Quizás no.

Carmen Miranda, con sus curvas, sus sombreros Tutti Fruti y sus movimientos de caderas, fue una mujer perseverante que peleó por hacer ver su lugar de origen bajo otra luz, cuya estela influenció movimientos culturales póstumos como el tropicalia; y que hoy sigue siendo fuente de inspiración en diseños como los del colombiano Alfonso Mendoça.

Mujer de contrastes y mezclas: portuguesa, afro-brasilera y americanizada, Carmen Miranda es la contradicción de nuestra era y nuestra identidad. Escindida entre el extranjero colonizador y la tierra del sur, en ese no lugar que se habita entre el presente y el pasado en Latinoamérica, Carmen Miranda nos habla de ese contrapunteo que somos y esa identidad de ensueño que creamos.

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Adela Cardona Puerta nació en Bogotá. Su ascendencia árabe y caribe la permeó de diversas culturas que retroalimentaron su mirada. Apasionada por la literatura y la historia, creció entre  páginas plagadas de personajes como Elizabeth Bennet, Cordelia y Toni Takitani. La moda también cautivó su imaginación, desde las películas hasta las mujeres como su abuela y su madre, que caminaban a su alrededor con un aura de glamour. Su trademark es el labial. Y es escritora y editora de su portal pandoramag.co; así como estudiante de Comunicación Social y Literatura de La Pontificia Universidad Javeriana.
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