Estética Rocanrolera

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Desde niña siento un afectuoso frenesí por la estética rocanrolera. Es el fruto de mis fascinadas contemplaciones a los personajes rebeldes de Grease, a la gracia felina de Jim Morrison – con ese look memorable de pantalones de cuero, cinturón bohemio y camisa negra -; de observar con amorosa admiración las chaquetas de cuero de Slash, antes de ser una adolescente. Cuando regreso a las urbes y sus aceras, el impulso inconsciente me lleva a los predios estéticos del rock n roll. Ahora, en la bella aventura que es crear junto con @ninarmusic su lenguaje estético, entiendo más el por qué. Puedo leer ahora los motivos por los cuales el estilo edgy atrapaba tanto mi atención sensorial en Nueva York, por ejemplo, o por qué en Buenos Aires, frecuentaba la galería Bond Street, los sábados de efervescencia tribal joven y urbana. Entiendo ahora que la estética del rocanrol combina dos cosas que funcionan maravillosamente bien para la experiencia de la vida urbana: comodidad y poder. Vas sin esfuerzo al moverte, tienes un halo de fina dureza, te proteges en el libre confort, te hinchas de amor propio en la sensación que da el coolness, el poco esfuerzo, la fuerza mental que proporcionan los jeans, las botas, el cuero. La comodidad te empodera. Los elementos o las piezas que han sido afirmación visual de lo rebelde cargan una cierta energía que se te incuba en la actitud del cuerpo. Hay algo de esa estética que guarda la electricidad de la música: esa energía que evoca libertad, individualidad, afirmación de ser.

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