Caribeña Rocanrolera

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Caribeña Rocanrolera – Vestirse es un acto visual que nos convierte también en imagen. Las mujeres nos identificamos con las imágenes de nosotras, vestidas de cierta manera, que van quedando en nuestros registros. Hoy, en esos diarios digitales que se van compilando en nuestros teléfonos celulares o en las narrativas que van quedando sumadas en las fotografías de nuestras redes sociales. Puede ser casi un año de narraciones coloridas, donde aparecía una mujer con un abanico, con ensambles designados para el cuerpo, el ánimo y las temperaturas que permite el Caribe. Una suma visual que creó la imagen y la idea llamada Caribbean Chic. Una construcción estética que refrescó hechos primordiales sobre el vestir: sobre cómo el clima, el cuerpo y la ocasión trazan cartografías definitivas en la moda y el estilo. Así mismo, un giro geográfico tiene efectos en el vestir. La vida urbana puede revivir otras estéticas con la que una mujer guarda profundas conexiones. Ese costado más edgy, cómodo en la oscuridad y las siluetas que evocan la corriente rocanrolera. Y acaso cómo pueden asociarse dos corrientes aparentemente tan distintas como lo rocanrolero y lo Caribe? Tal vez por sus condiciones de Puerto, o por hacer parte de ese paisaje de imaginaciones donde las contradicciones conviven con sorprendente armonía, es que he encontrado en Cartagena y en Barranquilla grandes fervores hacia el rocanrol, como si fuera otra pieza más de la identidad caribeña. Y lo es. El Rocanrol, aparentemente distinto, es también pieza palpitante en el Caribe. Si hay alguna forma de describir mi propio ánimo estilístico es así: la suma de ambas en una ecuación de contradictoria armonía.

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