Camisa Blanca de Algodón: Reflexiones sobre un símbolo eterno de estilo

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Vanessa Rosales

 

Vivimos en una época donde la ropa no tiene significados tan marcados como antes. Pero hay estampas de estilo que parecen tener poderes casi mágicos, de uso, sentido y estilismo. Una de ellas es la camisa blanca de algodón. Un lienzo para cualquier tipo de combinación. Una pieza que es capaz de hablar el lenguaje tanto de lo clásico como de la rebeldía. Ensayo e historia visual con COTTON USA.

 

Fotos: Tram D. Martínez

39logohorizontal¿Cómo viaja una pieza de ropa a través del tiempo? En principio, tiene que haber existido durante más de doscientos años. Ser lo suficientemente simple como para encajar en los momentos y lugares más distintos. Tener poderes extraordinarios de posibilidad y significación. Tener una pureza que permite, a nivel de estilo, cualquier tipo de invención. Poseer un tipo de simpleza que es capaz de evocar, con su sola aparición, vestir tranquilo o absoluto poder. Y tener una cualidad, poco común, de cambiar según los cursos del tiempo, hacer una travesía a través de las décadas y ser capaz, a la vez, de mantenerse como flotando por encima del tiempo. Una pieza de ropa viaja a través del tiempo cuando, casi intacta en su aspecto, carga, de manera extraordinaria, significados tan cambiantes como diversos.

Y sin embargo, la pieza en cuestión, tildada de extraordinaria, reluce precisamente porque no lo es. Es blanca. De botones. Está hecha de algodón. Es patrimonio de uso para hombres y mujeres – (un atributo escaso en el paisaje del vestir, donde las ropas para ambos universos se han caracterizado siempre por sus diferencias radicales). Es símbolo de lo chic relajado. Fue emblema de la estética pin-up y sus mujeres. Entró en los dominios del rockabilly cuando sobre su blancura se posó la tosca finura de una chaqueta de cuero. Habita en los mundos del dinero y el poder, en los códigos de las oficinas y, con frecuencia, en ensambles de meseros o en el uniforme de un presidente.

En la era victoriana, era aquella pieza que se usaba debajo de todas las otras prendas. Y en aquel entonces, un tiempo donde lavar ropa era una travesía, su blancura era símbolo de status y poder – sólo los que habitaban las escalas más altas de la vida podían costear mantener algo en el tono de su pureza. El trabajador corriente no podía permitirse el lujo de lucir un vestuario intocado por la suciedad del esfuerzo.

Rebobinemos: en el siglo XVIII, una reina francesa, inmortalizada por sus derroches y excesos apareció con ella en un salón parisino para hacerse retratar. A comienzos del siglo XX, cuando en el ambiente se filtraba un ánimo que concedía a las mujeres la posibilidad de afirmarse cansadas del corset, otra reina, llamada Gabrielle Chanel, comenzó a usarlas, muy osadamente, calcando hábitos que hasta entonces habían sido parte de los hombres y su terreno: con cárdigans y pantalones sueltos. Y la camisa blanca de algodón, que ya venía desplazándose por los circuitos del tiempo, pasó a ser emblema de que las mujeres también tuvieran derecho a vestir confortablemente.

En los 30, cuando el cine era el gran espejo donde las mujeres ansiaban proyectar lo que podían ser, la sensualidad lustrosa estaba en furor, las curvas se celebraban con entusiasmo y los shorts ceñidos con bustiers se acentuaban con una camisa blanca como parte del look completo. Greta Garbo y Marlene Dietrich, con sus bellezas felinas de sirenas de pantalla, emitían sus energías masculinas incluyendo la prenda en sus atuendos. Adelantemos. En los 60, cuando ser tan femenina fue sustituida por la idea de verse joven y exagerada – casi infantilmente – esbelta, reapareció como señal de que la relación entre géneros estaba cambiando para siempre.

Y el algodón blanco comenzó a ser símbolo de algo que va más allá de las categorías del género y del tiempo. Se convirtió en lienzo efectivo del vestir. Prueba de que el estilo es aquello que tiene alma, y que, por ende, es capaz de sobrevivir los cambios de las superficies y las apariencias.

Se ha escrito que, poco a poco, pasó a ser también un tipo de manifiesto feminista. Patti Smith, sin maquillaje, pelo sin cuidado y una corbata suelta la usó en la portada de uno de sus discos, volviéndola símbolo de la androginia. Y los rocanroleros la acogieron dándole un giro que mezclaba lo gángster con lo rebelde. Las working girls de los 90, simbolizadas en el filme de Melanie Griffith y Sigourney Weaver, las apropiaron también como afirmación de las nuevas posiciones sociales de las mujeres. La Vogue norteamericana celebró su edición número 100 con la camada de mujeres más alfa de la época cubiertas todas con la pieza. Y en 1994, Uma Thurman bailó twist con John Travolta, luego de comer hamburguesa y antes de tener una sobredosis casi mortal de heroína, vestida así: con pantalones cigarrillo negros y un ejemplar clásico de la pieza en cuestión: camisa perfecta, blanca, de botones y algodón.

En un mundo donde la moda se ha vuelto un paisaje de símbolos carentes de contenido, pocas estampas del vestir conservan tan extraordinario poder. Para ser lienzo. Para ser objeto maleable de la imaginación. Para hechizar precisamente por su simpleza. Para emanar fuerza estilosa en una imagen digital de estilo callejero hoy o en una postal de otra década donde posa una Katharine o Audrey Hepburn. Y eso es posible, también y en gran parte, a la sustancia que guarda su apariencia. No sólo su cualidad eterna, sino el mismo material que forma su composición; algodón, una palabra que en el lenguaje del estilo es capaz también de ser parte de múltiples significados y estilización. En un mundo de sobrecarga visual, inundado por imágenes, tiempos veloces, moda rápida, y símbolos que ya no significan algo tan estricto como en otros tiempos, subsisten símbolos que, como la camisa blanca de algodón, hablan de estilo con sustancia y carácter eterno.

 

 

 

 

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