Acerca de vestirse en Bogotá

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Después de más de una década de estar entrando y saliendo de ella, es posible descubrir una clara sensación sobre el acto de vestirse en Bogotá. Puede suceder una mañana sospechosamente soleada, luego de haber evaluado las variables que definirán la ropa del día – funciones, caminar o movilizarse en taxi, ánimo y proyección de cómo será la secuencia y el desenlace, desde las horas claras hasta que el cielo se apague.

La sensación, puede descender cuando ya el cuerpo ande vestido por las calles, vendrá del sentir que se instaló en el interior al mirar por la ventana, al asomarse al armario y al haber escuchado algunas pistas sobre el esquema sentimental. 

Vendrá de los ladrillos, de las aceras descosidas, y de un sol que forcejea con una pantalla que se empeña en ser fría y grisácea. Clara, la sensación abre un prisma que dice: Bogotá puede tener el efecto de querer ocultarse. De no querer ser notorio para nadie. Porque existe algo indebido en ser conspicuo en la urbanidad bogotana. Y por esa urbanidad se habla de la experiencia que supone ir por la calle, encontrándose a extraños en el camino; no a la realidad de los automóviles o los transportes que se acostumbran entre sus habitantes. Se habla de la experiencia moderna de ser anónimo, a pie, en la crudeza de la calle. Donde hay en su aire un tinte agresivo, una estela de la violencia que compone también las fibras de este país.

Otras ciudades invitan al efecto contrario. De no mostrarte, no sentirás tu sentido de ser en medio de un mar de extraños. Y en esos días, de añorar una discreción que permita serenidad en el vestir bogotano, la armadura, el talismán, la pieza que permite ser vulnerable al tiempo que se emana cierta ferocidad, es la chaqueta de cuero negra. Símbolo de poder y comodidad.

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