Abanicos de Mano: Anotaciones de Estilo

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Vanessa Rosales

Cuadritos2

Ante la pregunta, “qué representa un abanico de mano”, la mujer que con frecuencia lo usa para adornarse y para posar en sus performances e imágenes puede llegar a responder: feminidad máxima. Pero, este término, ¿qué es? Si la feminidad es – como propondría, digamos, una Judith Butler,- más una fabricación que una condición innata, más un aprendizaje que una inclinación, hay objetos cuyo uso conducen a que se fortalezcan los gestos que evocan la idea de lo que es femenino en la imaginación.

Los abanicos de mano entran en la categoría de objetos reservados para hábitos exclusivamente de mujeres. Como las faldas. O el labial. Si bien éstos aparecen en ciertos instantes sobre cuerpos de hombres, suelen hacerlo más a modo de transgresión que como regla general. Son, incluso, objetos que contradicen las expectativas que de los hombres se tiene. Un labial, por ejemplo, es un elemento cuyos trazos, en espejos, servilletas y cuellos de camisa, conducen a la presencia de una mujer.

Un abanico de mano implica, por ejemplo, cierta postura del cuerpo. Cerrado, se lleva en la mano como una suerte de juguete que aporta cierto garbo a la mujer que lo porta estando de pie. Sentada, al calor de una sala en la costa atlántica, en el fragor de una fiesta o en la undulación de un mecedor, el abanico concede a su portadora una estela de misterio. Abierto, es un ítem que se abre, como un acordeón o una serie de alas, y que puede combinar preciosismo con funcionalidad. Uso con estética.

Colorido, pintado a mano, hecho con visos de madreperla o como una estructura de encaje, los abanicos conservan unas estructuras fundamentales que varían en tamaño y en posibilidad. Tienen, además, una función primordial para aquellas mujeres que viven y se crían en atmósferas húmedas y calientes: sacudir el objeto cerca para refrescarse individualmente. El movimiento al que un abanico dispone la mano femenina, tiene algo juguetón, seductor, delicado, tenue. Sacudir la mano repetidamente para obtener su ventilación genera un efecto visual en la mujer que lo acoge como ornamento.

El diálogo entre la moda y el estilo plantea siempre la evocación de ciertos objetos que en su naturaleza flotan por encima del tiempo, que se reinventan según el momento y el lugar, y cuya cualidad atemporal les concede una relevancia permanente. Pero, ¿cuántos objetos de estilo llevan consigo más de 5.000 años de existencia? ¿Cuántos han penetrado culturas tan diversas como la china, la europea, la flamenca, la caribeña? Una subjetiva impresión: bien puede ser que las heroínas de García Márquez o las mujeres del Alto Prado de Marvel Moreno tengan en su vestir de ficción un abanico como parte de su repertorio.

Así también, los abanicos aparecen en las manos de las mujeres hechas de óleo de Manet. Su pincel capturó a la bailadora española Lola de Valence sosteniéndolos. Son presencia en las pinturas que Claude Monet inventó para retratar a Camille, la mujer de sus pasiones. Son elemento en el vestir de personajes como la francesa Berthe Morisot, centro también en las pinturas de Manet y encarnación de una “personalidad llena de gracia, femenina y ligeramente misteriosa”.

Una navegación por sus significados, asoma un paisaje diverso. Los abanicos eran esenciales en la Belle Epoque, si acaso cumpliendo la función de repeler al sol durante el día, pero dotados de aspectos magníficos para las veladas, cenas, bailes donde el carey, las plumas, el encaje y los diamantes eran el lujo reservado para las mujeres casadas. Las novias recibían versiones espléndidas como presentes también.

Pisos

Stepháne Mallarmé, poeta surrealista y uno de los padres del periodismo de moda, dedica su pluma poética a los abanicos también. Uno de los textos retrata la voz del mismo abanico hablándole a la mujer que lo usa.

Escribe la afilada y prolija Valerie Steele que los abanicos de mano han sido objetos extremadamente bellos y lujosos; que su repentina apertura, como su movimiento, tiene el poder de focalizar la mirada y de comunicar una emoción. El sonido tipo crac, que se percibe cuando se abre tiene un tinte de “descarga”, como el de una escopeta. De allí que en siglo XVII se escribiera que las mujeres estaban armadas de abanicos, como los hombres lo estaban de espadas.

Y escribe también la extraordinaria Steele que los abanicos fueron arma en la batalla de amor entre los sexos. En otros momentos, un abanico podía ser una forma de subversión delicada; la manera en que una mujer podía sacudir las convenciones públicas para arrimarse al objeto de su deseo o al terreno de su afección. Cierto tipo de apertura podía ser una amorosa incitación. Otro gesto determinado podía ser una forma silenciosa y visual de presentar un rechazo. Y un abanico de mano podía empapar a la dama inalcanzable de un coolness que tenía, desde la estima de un caballero, un efecto lacerante.

El acto de ser mujer, que tiene tanto que ver con aprender a manejar sutilezas entre lo invisible y lo aparente, encuentra en el abanico de mano una forma de materializar ese péndulo constante. En el siglo XVIII, los más diversos y delicados movimientos de un abanico podían decir: “Sígueme”; “No traiciones nuestro secreto”; “Te odio”; “Te amo”; “Deseo hablar contigo”.

Abrir y cerrarlo ágilmente podía ser una forma de afirmar, desde el dolor de mujer, “Eres cruel”. Llevar la punta del abanico a los labios decía, simple y figurativamente: “Bésame”.

En épocas donde las mujeres estaban constreñidas por códigos que prohibían las medidas de sus deseos, los abanicos de mano podían ser conducto hacia un lenguaje secreto. De allí que sea un objeto que es y ha sido siempre arma y adorno en una mujer. Y objetos que también han sido una forma para que las mujeres comuniquen algo que con frecuencia ha sido vedado: sus sentimientos.

Llega entonces el momento para evocar aquí la confesión personal. Porque la fervorosa usuaria de abanicos que esto escribe los vincula con las tardes de viento de Barranquilla. Con el tocador de una abuela que compartía con ella, de niña, el trágico desenlace de Carmen, los sonidos de Sevilla, el hábito femenino de pintarse la boca incluso para sí misma, o para la prosaica salida a misa, la breve visita al mercado o para acoger la merienda de la tarde con la sala habitada por visita.

El afecto por este objeto de estilo viene, en breve, de mi abuela Fanny y de los trazos que sin cálculo sembró su feminidad en mis propios imaginarios de lo que es femenino. Mi abuela amada, de porte italiano y piel láctea, que ante las fuertes ráfagas de calor de Barranquilla se defendía con abanicos de encaje negro y rojizo, cargados de lemas florales y oscuro romanticismo. La mujer cuyas manos delicadas, atravesadas por pecas y fibras de años tomaba entre las mías para anticiparme al aspecto que mi piel tendría si llegase a habitar aquella cantidad de años. Mi abuela en sus mecedoras, vestida también de encaje, con joyas que aún utilizo, aún viva, católica y risueña, dejando en mis gustos personales una marca que me define caribeña y mediterránea.

Armada y adornada por un abanico de mano, mi propia feminidad tiene visos de Barranquilla, pinceladas de origen Caribe, fervor por la estética oscura de la música sevillana, y la expresión secreta de que es este un extraordinario símbolo de algo rotundamente femenino: la capacidad de seducir porque nos sabemos dueñas de un encanto que se hace perceptible a través de objetos que parecen extender nuestro fuero íntimo.

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