Un Caso por lo Caribbean Chic

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CaribbeanChic

Un Caso por lo Caribbean Chic:

Sobre la creación de un imaginario de identidad para la moda colombiana

Vanessa Rosales

Una mujer rubia, con gafas de pasta y una chaqueta satinada y verde de Haider Ackermann ascendió al podio de un salón alentado por el frescor del aire acondicionado una mañana de agosto, calurosa y cartagenera. El motivo de su elección sartorial no era azaroso, sino una calculada sutileza para combinar los simbolismos que puede, en ciertos momentos, portar la vestimenta. Pues la musa de sus ponderaciones eran los posibles matices, contornos y significados la identidad de la moda latino e iberoamericana. Y la chaqueta parecía ser un guiño al lugar de origen del diseñador – nacido en Colombia, pero criado a lo largo de Europa, formado en Amberes – y por ende, un guiño al lugar donde la mujer en cuestión, la doctora Valerie Steele, hilvanaba su afilada reflexión.

Con una simplicidad lúcida que parecía perfectamente compatible con su look afiladamente chic, la doctora Steele lanzó pistas sobre cómo se puede forjar una identidad de moda local. Hizo mención, por ejemplo, de la importancia que tiene en ese proceso la creación de iconos; de ubicar iconografías que, a través de imágenes y referencias, puedan generar un sentido de identidad. Una noción recuerda, por ejemplo, a la idea sembrada por Benedict Anderson, en la que una comunidad se distingue no tanto en términos de su autenticidad o falsedad, sino por el estilo en que es imaginada. Las ideas de Anderson están, por supuesto, ancladas en el terreno de la política y en la forma cómo una imaginación colectiva contribuye a solidificar la identidad que permite distinguir un estado-nación. Pero esta idea, de que las imágenes y las referencias iconográficas son fundamentos definitivos en la formación de la identidad colectiva, bien puede ser transferida al dominio de la estética, la moda y el estilo.

En su deliberación, la doctora Steele señaló, además, que la búsqueda de aquellos iconos no necesariamente implica pasar por el prisma de individuos concretos, sino que éstos pueden referirse también a ideales de (estética) o a ideales de feminidad. Esos ideales, esos referentes y esos iconos serían, entre otras cosas, esquemas desde donde diseñar, crear y construir visiones sartoriales.

Aquellas ideas coincidieron en aquel momento con algunas nociones de quien esto escribe, y reforzaron, a la vez, la inquietud ya existente de seguir cavilando sobe las maneras de aplicar ieas de este tipos al caso de la moda colombiana actual.

Y esa inquietud, de comprender y ubicar la identidad de la moda colombiana particular, se había cristalizado ya, aún más, en una estancia de dos años en la ciudad de Nueva York; en ese paisaje descomunal donde, pese a la infinidad de individuos que la transitan, sucede también y con frecuencia la homogeneidad sartorial, y donde una mujer puede verse impulsada a escarbar los aspectos de su propia unicidad. (Y si había algo que, tal vez, podía concederme un sentido de particularidad en la masa neoyorquina, de chaquetas de cuero y ensambles negros, era el hecho de tener como lugar de origen y disposición estética el Caribe colombiano.) La cuestión de comprender y analizar la identidad de la moda colombiana, en sus matices, ambivalencias y posibilidades, se agudizó también a partir de las inquietudes cultivadas por una experiencia académica en Estudios de Moda, en Parsons.

Desde entonces, la tinta de mi pluma, las musas de algunas de mis imágenes digitales y el objeto de algunos de mis escritos y conceptualizaciones se volcó hacia una provocadora idea llamada Caribbean Chic. Un término cuyo significado, sentido y propósito intentaré desglosar en estas páginas; páginas que, a la vez, aspiran convertirse en una reflexión pública, en el mismo podio en el que habló, durante Ixel Moda en 2013, la doctora Valerie Steele.

¿Qué es Caribbean Chic?

 

Caribbean Chic es, ciertamente, un término contagioso y juguetón, y esa característica recuerda un poco a las ideas que expresó Roland Barthes sobre cómo el lenguaje de la moda, en su forma particular de abstracción, resume algunos elementos del objeto que capta de una forma incitante y atractiva. En ese sentido, el término Caribbean Chic es un ejercicio, como el que plantea este lenguaje de la moda, de abstracción – una abstracción que apela también al juego, al efecto contagioso y la utilización variada.

Aquí debo pedir particular indulgencia con el lector, – especialmente del lector más académico y riguroso – pues si bien la propuesta es usar el término Caribbean Chic como una forma de abordar la posible identidad de la moda colombiana, Caribbean Chic no es un término definitivo. Es, más bien, un concepto figurativo cuyo objetivo es ser un punto de partida, el origen de una conversación, en la que, ojalá, las más diversas gamas de creadores, pensadores e intérpretes de la moda en Colombia se animen a dialogar sobre el tema de su identidad. Caribbean Chic puede tener algo de la cualidad que tiene, por ejemplo, el término Realismo Mágico para los colombianos. En principio es un término que deviene de la literatura, pero sus aplicaciones pueden ser amplias, variadas y reconocibles en circunstancias notoriamente distintas. Es un adjetivo evocador, cuya amplitud permite su uso en contextos diversos.

Por eso, es de gran importancia señalar también el carácter simbólico de lo Caribbean Chic. Es una expresión que vale más por su simbolismo que por su sentido literal. Es una denominación tentativa que pretende responder a una necesidad que se me antoja altamente necesaria en un contexto inédito y particular en el que la moda en Colombia ha hecho, literalmente, boom. Así que en este intento explicativo, es necesario decir, además, que lo más importante tal vez no es el término mismo sino la intención que entraña. Y esa intención tiene como fin desarrollar un imaginario localizado que haga énfasis en la cultura como un fenómeno en evolución constante. En otras palabras, un imaginario donde las experiencias cotidianas no sólo poseen importancia sino que sirven también de inspiración para desarrollar una identidad estética que refleje a Colombia, más que a las meras tendencias globales que llegan a ella en el panorama actual.

Ahora, sé que la pregunta de muchos será, y de cierto modo defensivo: ¿por qué Caribe? ¿Y por qué chic? ¿Por qué en inglés?

La respuesta a la primera pregunta tiene que ver con un hecho que veces esquiva incluso a los pensadores más curtidos: que todo escritor o pensador parte desde su propia y subjetiva especificidad a la hora de pensar, conceptualizar y escribir. La idea de lo Caribbean Chic es una clara alusión a mi propia proveniencia caribe, una referencia directa de mi propia pluma y visión, de mi condición femenina y caribeña y una muestra de cómo un ejercicio de reflexión individual – como fue buscar en la ciudad de Nueva York, un punto de distinción, un potencial elemento de unicidad – condujo a la utilización de un término que refleja, también, mi experiencia en moda como editora y periodista.

Pero Caribbean Chic no es, claro está, una idea pensada únicamente para la definición personal. Es, sobre todo, un concepto de moda, cuyos posibles sentidos he intentado promover a través de una mezcla entre teoría de moda y expresión periodística. Una idea expresada a través de ese híbrido que es el trabajo de una escritora de moda cuya pluma y esquema de pensar está tan imbuido en las palabras, como en los visos de la academia, y en la imaginería digital que ella misma construye y que tanto caracteriza la era que vivimos.

Porque si hay una lección que persiste en mi después de un paso por Fashion Studies como campo académico y como prisma para analizar las cuestiones de la estética, es que con frecuencia, para abordar un tema, se requiere un ‘borramiento’ de los límites o las fronteras entre géneros para avanzar en el análisis. Así, para iniciar ese diálogo colectivo sobre la identidad de la moda colombiana a través de un concepto como Caribbean Chic, he ideado una particular simbiosis de herramientas que mezclan lo teórico con ciertas modalidades contemporáneas. En esa simbiosis, se han extraído referentes de una formación científica social, se han tomado elementos del periodismo, y se han creado una serie de imágenes digitales en cuyos subtítulos se puede leer una mezcla entre lenguaje narrativo y teoría.

En ese sentido, Caribbean Chic también es el resultado de una perspectiva donde resulta preciso tomar elementos de distintas disciplinas y crear con ellos una alquimia, una suerte de mosaico del conocimiento. Ese bricolage, resulta, desde mi punto de vista, una de las formas más sensatas de conceptualizar la realidad. Y no es, me parece, una forma apta para radicalistas o pensadores alentados por el dogmatismo. Por eso he solicitado una cuota excepcional de indulgencia ante esta explicación. Porque el concepto exige tolerancia con la hibridez y la contrariedad. Porque el concepto propuesto tiene características de la misma Colombia y del mismo Caribe – cuya experiencia implica una paciencia peculiar con la heterogeneidad y la contradicción. A ese tema llegaré en los párrafos que siguen.

Así las cosas, mi construcción de lo Caribbean Chic ha sido también una especie de cacería: visual, teórica y editorial. Ha sido preciso el uso de la imagen digital para lanzar mensajes que conversen el lenguaje de nuestra era; inmediato y apetitosamente visual. De la misma manera, con el fin de ilustrar algunas posibilidades de cómo se traduce lo Caribeño Chic al dominio sartorial, he recurrido al narcisismo característico de la era digital, utilizándome a mí misma como herramienta expresiva; capitalizando los alcances de Instagram – la musa de la moda contemporánea – y empleando el teléfono celular como un espejo digital que me permite, como mujer, controlar una imagen que, tal vez, consiga los efectos perseguidos. Es decir, ilustrar, de manera muy limitada y particular qué aspecto puede tener lo Caribeño Chic.

Dicho lo anterior, es vital también despejar un hecho fundamental sobre la construcción de esta idea tentativa. Y es que no ofrece respuestas finales de ningún tipo. Ni tampoco establece definiciones macizas. Si bien es un término que vale más por lo que simboliza que por su significado literal, también es cierto que su fin consiste mucho más en trazar preguntas e inquietudes, más que en dejar hechos constituidos. Podemos entonces dejar establecido que Caribbean Chic es un término tentativo, simbólico y cuyo fin primordial es movilizar e incentivar una conversación colectiva sobre la identidad colombiana en términos de moda y estilo.

Pero retomo las preguntas de más arriba. ¿Por qué Caribe si el tema es la moda colombiana? En principio, porque la pluma de la mujer que propone esta idea tiene un vínculo poderoso con esa tierra donde las flores no se extinguen bajo ningún frío; donde no hay que esperar a la primavera para presenciar de repentina viveza cromática que en otros lugares desvanece con el cambio de los ciclos, y donde la sabrosura y la elegancia se confunden y encuentran de formas misteriosas y a veces inefables; donde domina un sincretismo que escapa, con su esencia palpitante, muchos intentos de racionalización. Pero, la escogencia de la palabra Caribbean tiene otro sentido, y es que se refiere a lo Caribe más como una cualidad que como una posición geográfica. En ese sentido, lo caribeño se utiliza más por su aplicación en cierto contexto que por su definición literal; y en el caso de Caribbean Chic, lo caribeño opera como un adjetivo para referirse a ciertas características de lo colombiano.

¿Y por qué chic? Porque este término, tan amplio y abstracto a veces, suele ser también altamente útil cuando se quiere hablar de aquello que es fashionable o aquello que tiene estilo. Para quien esto escribe, lo chic es, como lo caribeño, una cualidad que cobra vida en el contexto en que se usa. En general, se trata de un adjetivo para hablar de lo que tiene gracia, de aquello que celebra la belleza en el vestir o en la estética. Pero también puede hacer referencia a, digamos, lo chic parisino, una fábula de estilo que, entre muchas cosas, tiene en su centro también la contrariedad de lo pulido y lo desprolijo como parte de su encanto. El uso de la palabra chic tiene que ver también con un objetivo estratégico, de poder ubicar a Colombia en un contexto global. Porque si bien se trata de localizar y esculpir un imaginario que refleje la identidad colombiana como tal, lo cierto es que, hoy, esos imaginarios no están desconectados ni desentendidos de un paisaje de moda que es democrático, descentralizado y global.

Y, ¿por qué, si la musa aquí es la identidad de la moda colombiana, se recurre a un término que está en inglés? La respuesta a esta pregunta va ligada al uso del término chic. Por un lado, porque al darle forma a ese imaginario colombiano local, se espera también que éste sea legible en un esquema global más amplio. También porque la proximidad cultural y geográfica de Colombia con Estados Unidos, ha creado también una afianzada familiaridad con la cultura norteamericana y el inglés, no se puede negar, es un elemento frecuente en la cultura colombiana cotidiana.

Paisaje global, moda colombiana

Que la moda en Colombia requiera el inicio de un proceso de reflexión sobre su identidad tiene que ver con varios factores. Por un lado, la evidente ebullición del tema en el país de los últimos años. Cada ciudad principal parece tener su propia feria de moda, – Cali, Barranquilla, Bucaramanga, Ibagué -mientras que la más notoria todavía, Colombiamoda, acaba de cumplir veinticinco años. Gracias a la restitución de la imagen del país, la inversión extranjera ha penetrado el sector de la moda comercial, con la llegada de marcas tanto de lujo como de moda rápida – pasando por Burberry y Dolce & Gabbana, atravesando la ya asentada presencia de Zara y el resto de marcas de Inditex, junto con otras como Forever 21 y BCBG.

Esas entradas, cuya cantidad, efectos y número no se agotan en lo más mínimo en esta breve descripción, han tenido un efecto también sobre las marcas locales, que han intentado conservar su relevancia ante a los aires de competitividad (Studio F, por ejemplo, ha traído a sus desfiles a célebres modelos como Iza Goluart a participar, así sea por breves instantes, en su pasarela). Grupos comerciales como Éxito – una de las cadenas de supermercados más conspicuas del país – ha intentado incluir dentro de su oferta ciertas gamas de moda, en tendencia y accesibles. Uno de sus esfuerzos más notorios estuvo en la colaboración que hizo hace unos años con Esteban Cortázar.

Como muchos otros países alrededor del globo, Colombia hace parte de esa periferia del sistema de la moda tradicional que muy recientemente ha entrado a participar en ese esquema cada día más ubicuo y omnipresente que es la moda de hoy. El ‘sistema tradicional’ al que me refiero es aquel que está compuesto por las cuatro grandes capitales de la moda, donde se reúne, desde unas hace décadas, el circuito global de pasarelas bianuales: Nueva York, Londres, Milán y París. Ese orden, como es bien sabido, se ha trastocado también en los últimos tiempos; en gran parte gracias a los efectos de Internet y lo digital. También porque, como argumentó Giles Lipovetsky – en su discernimiento de una era no ya pos sino hipermoderna -, la moda, como modelo (cuyo gran lema es la búsqueda de la novedad y el reemplazo de lo viejo por lo nuevo), parece haberse extendido a todas las demás áreas sociales.

Primordialmente, el hecho de que a partir de 2006 más o menos, un clic permitiera ver lo que estaban vistiendo gentes en las calles tanto de París como de Milán, así como en Berlín y en Buenos Aires; el hecho de que ciertas páginas web permitieran ver las pasarelas en imágenes digitales poco tiempo después de que hubieran sido escenificadas en vivo (y que luego llegara también la posibilidad de verla incluso en vivo); el hecho de que nuevas ‘intérpretes’ del significado de la moda llamada blogueras aparecieran, y el hecho de que Internet alimentara una cultura visual alentada por el cambio permanente, fueron todos elementos de causa para que se forjara este paisaje al que hoy parecemos estar tan habituados, en el que la moda parece estar en todas partes y en el que se volvió, sobre todo, un fenómeno descentralizado y democrático.

Descentralizada porque lo digital, que permitió ver muchas más realidades de manera simultánea y que creó, a su vez, la posibilidad de que muchos más individuos pasaran a ser consumidores y productores de imágenes, cambió la noción de que la moda provenía únicamente de esas cuatro grandes ciudades tradicionales. De que venía exclusivamente de las pasarelas. De que su punto de origen eran las páginas lustrosas de las revistas encumbradas. Desde entonces también nos habituamos a que la moda pudiese provenir de lugares que antes, tal vez, no habríamos considerado compatibles con el tema. Eso, junto con el hecho de que la calle – como lienzo abstracto – fuese recuperado por la imaginería digital como el gran escenario donde sucede la moda contemporánea, disolvió las restricciones espacio-temporales de la moda y sus lugares de proveniencia, antes tan estrictos (y durante largo tiempo emparentados a París).

La democratización de la moda, por otro lado, es algo que mencionaré aquí brevemente y que ubicaré en torno a un hecho específico, más que en torno a todo el proceso cultural e histórico que le precede – desde que la Alta Costura fuera complementada por el Ready-to-Wear y desde que, a partir de los setenta, la noción de que la moda era un credo inquebrantable cambiara de manera rotunda. Como argumenté en mis propias teorías en Estudios de Moda, en The Digital Fashion Gaze, si la moda es democrática en nuestra era es, sobre todo, porque es accesible en forma de imagen digital. Porque le accedemos visualmente de manera veloz, constante y cada vez más portátil. Esto ha generado una experiencia de la moda que la ofrece tangible y cercana, aún cuando siga siendo, en muchas instancias, un mundo de pocos y un circuito cerrado.

Si los blogs de estilo callejero ampliaron el espectro de lugares y significados de donde podía provenir la moda; si los blogs de estilo personal demostraron que las directrices jerárquicas de la moda ya no eran suficientes para determinar ideales estéticos; y si las tecnologías permitieron acceso a ese mundo que solía ser místico, exclusivo y cerrado, el surgimiento de Instagram tuvo la capacidad de encapsular todo lo anterior en un solo lugar, más compacto, más fluctuante y más accesible por su naturaleza y dinámica portátil.

La historiadora Anne Hollander decía que son las imágenes – o las representaciones pictóricas que dominan una época – las que se encargan de determinar lo que es moda y estilo en ella. La moda y el acto de vestirse tienen mucho que ver con el acto de mirar. Y en un mundo en el que muchas personas, en los lugares más opuestos – digamos en Cracovia, Madrid y Barranquilla, por citar algunos ejemplos – están mirando las mismas referencias estilísticas, observando imágenes digitales de moda muy similares y si a eso se suma la posibilidad de comprar en, digamos, Zara ¿cuál es el resultado? Una estética urbana más homogénea, una sensibilidad estética similar que se propaga en los lugares más distintos y remotos entre sí.

Todo lo anterior ha tenido, por supuesto, sus efectos en el paisaje de la moda colombiana. Las generaciones más jóvenes, con subjetividades entrenadas por los efectos de Internet, rodeadas de una atmósfera que antes era radicalmente distinta en el país – donde los Zara, los Forever 21 y los Stradivarius han afectado los gustos y los hábitos del vestir -, ostentan una sensibilidad estética que simboliza todos esos cambios. Las personas de otras generaciones saben bien que, antes, cuando Colombia era un país cerrado comunicacional y comercialmente, el acceso a la moda foránea era escaso, el Concurso Nacional de Belleza era tal vez la única gran plataforma que estrechaba al público colombiano con la experiencia de algo estético y escénico y que la moda no era un tema tan ubicuo ni popular. Estas anotaciones intentan reflejar brevemente algo fundamental en el propósito de estas páginas: ubicar la moda colombiana en ese paisaje más amplio y global que la rodea.

Los diseñadores colombianos también han sentido los efectos que los sacudones de la moda rápida y global han implicado en la escena local. Se han enfrentado a aquello que logran titanes como Zara: ofrecer de manera veloz y constante versiones más o menos similares no sólo de las pasarelas sino de lo que usan editoras, influenciadoras y blogueras. Sin embargo, en este escenario, donde la competitividad es mucho más que exigente que nunca antes, algunos diseñadores se han perfilado por ser poseedores de voces propias que logran en sus obras un diálogo entre lo local y lo global.

Algunos creativos, como Johanna Ortiz, acaban de aterrizar en Moda Operandi, uno de los vendedores en línea más notorios y vanguardistas de la actualidad. Carlos Polite, quien reside en Madrid hace veinte años, pero cuya familia, originaria de Ibagué, ha tenido siempre un atelier de ropa deportiva, es el capitán de una visión estética bajo la firma Polite, que trasciende lo meramente comercial y en cuyos diseños aparecen, sí, referencias de su colombianidad, pero de maneras cuya sutileza desvanece cualquier rastro de evidencia o literalidad. Polite es un visionario cuya obra apenas despunta, pero cuya capacidad alquimista de fundir referencias e interpretar la época que habita se perfila ya como extraordinaria.

Silvia Tcherassi, quien tiene un estilo insigne donde se funde el tropicalismo con la elegancia, ha estampado en clutches y bellos abanicos de mano, imágenes de la ciudad de Cartagena de Indias – hoy tan apetecida precisamente por la camada de la moda global -, y también imágenes de fachadas y veraneras de su original Barranquilla. Hernán Zajar ha emulado la línea de esta idea, en cojines y trajes de baño, usando no a Cartagena ni a Barranquilla sino a Mompox; y a pesar de que la ejecución sigue las pautas de lo que ha hecho ya Tcherassi, la muestra es un reflejo de cómo la creatividad local puede capitalizar sus referencias a la hora de fabricar visiones estéticas y sartoriales.

El boom en Colombia va más allá. Se traduce en múltiples maneras. Desde el estallido de blogs – siendo ésta última una de las palabras más manoseadas en el espectro de la moda y entre relacionistas públicos de marcas – hasta el hecho de que la moda aparezca cada vez más en el imaginario colectivo colombiano, en las redes, en los canales de entretenimiento, en las revistas no especializadas, en los segmentos televisivos. Y vale la pena agregar otro elemento que aplica para muchas otras áreas, pero que se palpa también en los contornos de la moda colombiana; y es que, dentro de la generación actual, abundan los casos de individuos educados en el extranjero que han regresado al país con conocimientos, oficios y posiciones que no habían existido nunca antes en Colombia.

En Cartagena, por ejemplo, los propietarios de la tradicional marca Azulu (conocida por otras generaciones como Salomón) abrieron hace unos meses un espacio amplio e iluminado, donde el extranjero desprevenido puede encontrarse con una curaduría de unas 70 líneas de moda y diseño colombiano. St Dom – como se llama esta tienda tipo concepto – parece comprimir, en su escala, lo que está sucediendo con la moda colombiana a grandes rasgos. Entre sus paredes hay accesorios que representan el lujo genuinamente colombiano, ropa masculina, accesorios ya emblemáticos entre la audiencia de la moda local y la mayoría de los nombres que marcan la pauta de la vanguardia actual. En Bogotá, otros espacios como The Backroom contienen una curaduría de talentos también locales y a veces más emergentes que consolidados. Y otro de los más recientes, Gris, es el tipo de lugar que demuestra que en Colombia también hay un segmento de gustos estéticos inclinado por lo filoso, lo urbano y lo minimalista.

Existe, además, un tema ineludible cuando se entra en el terreno de la estética colombiana; una especie de fantasma de fondo que, a pesar de verse deslavado por todos estas transformaciones, conserva una cierta estampa: la influencia del narcotráfico. Lo que está sucediendo con la industria de la moda colombiana en formación demuestra que los imaginarios colectivos del país persisten en desvanecer los vestigios de un fenómeno que además de sacudir al país política y socialmente, tiñó también sus gustos, estéticas e ideales de feminidad. El tema, por ejemplo, que asoma en ferias como Moda para el Mundo, donde predomina una estética vistosa, conspicua, colmada de brillos y denim, es un terreno que necesita examinación en Colombia. Y si bien aquí el tema tiene como centro la propuesta, tentativa, de un imaginario llamado inicialmente Caribbean Chic, la coyuntura de estas páginas sirve también para reafirmar la necesidad que existe en el país de que la cultura colombiana se lea, discierna y analice también en términos de su moda y estética.

Es fundamental señalar que Colombia, a diferencia de, por ejemplo, México o Argentina no tiene una figura icónica resonante como Frida Kahlo o Evita Perón; que tampoco tiene referentes iconográficos como el atuendo mexicano conocido como china poblana o el poncho – asociado a la cultura gaucha – argentina. Colombia es un país fragmentado, compuesto por lo que parecen micro-esferas tanto geográficas como climáticas, tanto culturales como estéticas. No es un país donde haya estaciones cíclicas, pero sus tierras diversas incluyen los climas más variopintos. No es un país que pueda confluir fácilmente en torno al género musical o el atuendo de folclor que mejor lo simbolice o que mejor represente su identidad nacional. (El Carnaval de Barranquilla ciertamente es icónico pero no agota las identidades colombianas; la figura estética que encarna Juan Valdez habla también de las latitudes cafeteras, resuena más con la cultura paisa, pero tampoco tiene esa capacidad de evocar, en una figura singular, tanto de la identidad colombiana; en Colombia hay cumbia, sin duda, pero ésta no ocupa el lugar en el campo identatario que tiene, por ejemplo, el tango; y el vallenato no representa a toda la población colombiana, quien puede, además, y en algunos casos, caracterizarse como afiebradamente salsera).

Esto, en Colombia, es motivo de una interesante ambigüedad. Es causa de sus bellezas y de sus limitaciones. Y es algo que, aventuro muy osadamente a decir, parece reflejarse en la misma naturaleza polarizada de su historial político. Colombia es tan fragmentada, tan distinta a lo largo de ella misma, que parece que la cohesión la esquivara en sus más distintos aspectos como país. Para iniciar una conversación sobre la identidad de su moda, es inevitable enfrentarse a este carácter.

Sobre lo Caribeño Chic

 

Que Colombia sea tan variada y tan fragmentada es uno de los primeros motivos por los cuales, sé, el término Caribbean Chic repelerá a muchos que lo escuchen; sobre todo porque se trata de un concepto cuyo fin es iniciar la conversación sobre los matices de la identidad de la moda colombiana. Porque, exclamarán muchos con ahínco y fervor, no toda Colombia es caribeña. Y en eso tienen absolutamente toda la razón. Colombia puede ser clasificada más como un punto tropical – aún cuando en sus comarcas del sur predominen aquellas temperaturas más secas y templadas, donde brota, no obstante, un verdor y una exuberancia floral que incluye la palma y la guadua, los yarumos y el café. El tropicalismo colombiano bien puede ser atribuido a un hecho más fundamentalmente fáctico y geográfico.

Pero para admitir el concepto de Caribbean Chic hay que tener cierta indulgencia con la forma cómo se usan las palabras. Ser indulgente con el hecho de que, a veces, y particularmente aquí, las palabras cobran más significado por contexto de uso que por significado literal. Es decir, Caribbean Chic no es una literalidad, y – como se escribe anteriormente – hay que leer lo caribeño más como una cualidad o una metáfora que como un punto geográfico. Es en ese sentido que lo Caribe puede ser aplicado a la identidad estética colombiana.

La idea de que lo Caribe es más una cualidad que un punto geográfico particular, tiene eco en las ideas que hilvana el escritor cubano Antonio Benítez Rojo en su libro La Isla que se repite. Allí, Benítez Rojo realiza lo que él denomina una relectura posmoderna del Caribe; y si bien lo suyo sí se enfoca en discernir aquella zona del mundo que para él constituye un abigarrado archipiélago – tanto terrenal como simbólico –algunas de sus ideas, se propone aquí, pueden servir para ahondar en la noción de lo caribeño más como una cualidad que como un espacio de la geografía.

En ese sentido, considero, hay una empatía entre los términos Caribbean Chic y Realismo Mágico, puesto que son términos que implican admitir, en el intento de conceptualizar un tema como la moda colombiana, que en Colombia – como en el Caribe – se encuentra uno inmerso tanto en lo natural como en lo poético. Y esa experiencia implica un contacto con el caos y la contradicción. Nuevamente, ideas como éstas bien pueden apelar poco al pensador dogmático o radical, ya que requieren un poco de tolerancia con la hibridez, el borramiento de límites y la literalidad conceptual.

En mi lectura de Benítez Rojo, particularmente, encuentro relevante la posibilidad de intercambiar los términos lo colombiano y lo caribeño. Es decir, en algunas descripciones de lo que es caribeño, la aplicación bien puede transferirse a lo colombiano también. Por ejemplo: el hecho de que el espectro de códigos que caracteriza a lo caribeño, como escribe el autor, resulte de tal abigarramiento y densidad que termina por informar a la región como una “espesa sopa de signos”, fuera del alcance de cualquier disciplina y de cualquier investigador particular. Lo colombiano (o lo caribeño), como explica Benítez Rojo, es un campo de observación muy a tono con los objetivos del Caos. Entendiendo al Caos como una perspectiva científica o como una disciplina cognitiva; “caos en el sentido de que dentro del desorden que bulle junto a lo que ya sabemos de la naturaleza es posible observar estados y regularidades dinámicas que se repiten globalmente.”

Ese caos implica también una característica que aplica bastante bien a lo colombiano: la existencia de lo sincrético en su naturaleza estética y cultural. En el sincretismo, por ejemplo, las dicotomías no son completamente aplicables. Resulta interesante, por ejemplo, imaginar una posible analogía entre la siguiente frase y la posible naturaleza de la moda colombiana: “Las opciones de crimen y castigo, todo o nada, de patria o muerte, de favor o en contra, de querer es poder, de honor o sangre, tienen poco que ver con la cultura del Caribe; se trata de proposiciones ideológicas articuladas en Europa que el Caribe sólo comparte en términos declamatorios, mejor, en términos de primera lectura. En Chicago un alma desgarrada dice ‘I can’t take it anymore’, y se da a las drogas o a la violencia más desesperada. En La Habana se diría: lo que hay que hacer es no morirse’, o bien, ‘aquí estoy, jodido, pero contento.’

 

De una manera similar, ciertas tendencias o estéticas, articuladas en Europa o Norteamérica, bien pueden arribar al campo visual y de vestir colombiano, pero puede suceder que penetren apenas ese rango de ‘primera lectura’ que declara Benítez Rojo. Son, por llamarlo de alguna manera, “ideologías estéticas” – o tendencias, dicho de forma más prosaica – que no necesariamente reflejan o materializan la estética colombiana. En el paisaje actual, las tendencias pueden permear con más facilidad y velocidad a la audiencia colombiana, pero no por ello reflejan o funcionan adecuadamente; no por ello logran reflejar algo sobre la compleja identidad colombiana.

Colombia, que es un país originariamente desraizado – como muchos otros en Latinoamérica, hijo de una colonización foránea, terreno cultural y geográfico donde se dio la alquimia o la convulsionada sinergia entre lo indígena y lo africano – tiene siempre en su sello lo sincrético. Eventualmente, por ejemplo, la cercanía geográfica con Estados unidos y más particularmente con Miami, generó sincretizaciones en lo estético colombiano que vale la pena también repensar y examinar. Porque como bien dice Benítez Rojo, un artefacto sincrético no es una síntesis, un mero resumen o un simple collage; sino un significante hecho de diferencias. Estas palabras resuenan bien con la naturaleza fragmentada de lo colombiano.

Otro aparte de La Isla que se repite funciona también para iluminar las complejidades al entrar en el terreno de la moda colombiana.

“En el caso del Caribe”, escribe Benítez Rojo, “es fácil ver que lo que llamamos cultural tradicional se refiere a un interplay de significantes supersincréticos cuyos ‘centros’ principales se localizan en la Europa preindustrial, en el subsuelo aborigen, en las regiones subsaharianas de África y en ciertas zonas insulares y costeras del Asia meridional. ¿Qué ocurre al llegar o al imponerse comercialmente un significante ‘extranjero’, digamos, la música big band de los años 40 o el rock de las últimas décadas? Pues, entre otras cosas, aparece el mambo, el chachachá, el bossa nova, el bolero de feeling, la salsa y el reggae; es decir, la música del Caribe no se hizo anglosajona sino que ésta se hizo caribeña dentro de un juego de diferencias. (…) En realidad podría decirse que, en el Caribe, lo ‘extranjero’ interactúa con lo ‘tradicional’ como un rayo de luz con un prisma; esto es, se producen fenómenos de reflexión, refracción y descomposición, pero la luz sigue siendo luz; además, la cámara del ojo sale ganando, puesto que se desencadenan performances ópticos espectaculares que casi siempre inducen placer, cuanto menos curiosidad”. Es interesante pensar en el término “significante foráneo” para conceptualizar la relación que tiene, por ejemplo, la moda colombiana con la moda global.

En conclusión: nada que sea ostensiblemente sincrético, como escribe el cubano, puede constituir un punto estable. Y esa dificultad que tiene Colombia de asumir una identidad estable es precisamente lo que puede conectarla al Caribe – entendiendo de nuevo al Caribe más como una cualidad que como la especificidad de un lugar. Ahora bien, el uso de estas ideas o conceptos de Benítez Rojo hacen parte de un hecho significativo que se mencionó al comienzo de estas páginas: y es que el objetivo aquí es iniciar preguntas y formular los inicios de un diálogo. Las ideas aquí registradas no contienen respuestas finales. Las analogías establecidas aquí con esa espesa y exquisita lectura de Benítez Rojo son como puertos conceptuales; quieren trazar puntos de arranque más que ideas ya establecidas.

Finalmente, ¿cómo luce o qué apariencia puede tener esta idea de Chic Caribeño en la moda colombiana? En términos de concepto, la invitación es para que la moda colombiana utilice sus propias referencias, iconografías, elementos estilísticos y la riqueza de su paisaje visual para crear una alquimia creativa que logre escapar lo literal, que esté informada por los códigos de la moda global. Una alquimia que nutra el sentido de identidad de un lugar que es mixto, contradictorio, cargado de híbridos, que oscila entre el atraso y el apetito por el modernismo. Una alquimia que capitalice el uso de su paisaje visual y cultural.

¿Cómo sería por ejemplo, una colección, un vestido, un ensamble, un look o una visión de vestir motivada por los colores magníficos, los contrastes cromáticos, la atmósfera húmeda y exuberante de, digamos, Cartagena de Indias? ¿Cómo se podría transferir, sin caer en la evidente literalidad, esos poderosos elementos visuales que pueden encontrarse en el paisaje arquitectónico colombiano? (Brotan en la mente las casonas coloniales del Caribe colombiano, las fachadas de Barichara, las construcciones en Salento o Jericó, las casas del Viejo Prado en Barranquilla). ¿Cómo convertir nuestras referencias locales en códigos para la creación ingeniosa de una estética nacional? ¿Cómo hacer uso, por ejemplo, del carriel paisa, de los tejidos de Usiacurí, del vigor cromático de la palenquera, de los visos del catolicismo español, de la blusa que se usa para danzar la cumbia, para construir visiones de moda sin recurrir meramente al folclor?

¿Cómo explorar, por ejemplo, esas magníficas contrariedades que existen en tierras colombianas, donde la sabrosura, informal, palpitante, enérgica, a veces africana, se encuentra con las elegancias importadas, los boleros de Beny Moré o Daniel Santos, las influencias del big band en los 50, en Cartagena, en el Hotel Caribe, en Barranquilla en el Hotel del Prado? ¿Cómo utilizar esos significantes diversos de lo local para incentivar una moda más colombiana?

En la última edición de Colombiatex, en Medellín, Olga Piedrahíta y Danielle Laufaurie – cuya línea creativa tiene más que ver con una plataforma donde se cruza la moda con el arte – realizaron una colaboración con textiles Lafayette. Los textiles – que incluían imágenes de baldosines caribeños, fachadas en descomposición de casas en Barranquilla, visualizaciones del páramo colombiano, mosaicos con loritos verdes, polillas y mariposas azuladas, paneles de casas costeñas y flores vivaces pintadas al óleo por Pedro Ruíz – resonaron de manera visual y material con las ideas que quien esto escribe había estado fabricando – teórica, digital y visualmente – en torno a lo Caribbean Chic. Para ellas, sin embargo, el punto de partida era el concepto de realismo mágico – quel imaginario, que brota de la literatura colombiana, de ciertos atributos del puro paisaje visual de la cotidianidad vital, se transforma en un punto de partida para ahondar en la creación de una identidad colombiana. El ejemplo, fortuitamente encontrado, es eco de las posibilidades que existen en ese camino de exploración aquí planteado.

Finalmente, en medio del proceso espeso de escritura de estas páginas, en medio de las cavilaciones que se van cristalizando en el proceso de inmersión que es escribir, descendió sobre mi la idea de que, tal vez, al ahondar conceptualmente en los significados de lo Caribbean Chic, al conducir el ejercicio de verbalizar sus posibles intenciones y significados, el término que podría ser más acertado para todo lo anteriormente descrito puede ser, más bien, Colombian Chic. Siempre supe que lo chic caribeño era un punto de partida.

Bibliografía

 

Benítez Rojo, Antonio. La Isla que se repite: el Caribe y la perspectiva posmoderna. Madrid: Editorial Plaza Mayor, 2010.

Lipovetsky, Giles. Hypermodern Times. Nueva York: Polity, 2005.

Root, Regina, Ed. The Latin American Fashion Reader. Nueva York: Berg, 2005.

Rosales, Vanessa. The Digital Fashion Gaze. Parsons The New School for Design. Nueva York, 2014.

Svendsen, Lars. Fashion: A Philosophy. Londres: Reaktion Books, 2006.

 

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