Símbolo de Feminidad

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Contenido exclusivo para el blog de Naf Naf, Le Style Naf Naf.

Reinvención y reciclaje: dos palabras que atraviesan la Moda como corrientes siempre presentes y cambiantes. ¿Por qué? Porque la historia de la moda está llena de cosas cuyo significado se transforma con brusquedad casi increíble. Lo que una vez fue indeseado, se convierte en objeto de deseo.

La historia del vestir está llena de ejemplos donde triunfa este factor irónico. Donde aquello que en representó rebeldía se convierte en uniforme. (Pensemos en las chaquetas de cuero tipo motociclista que hoy abundan en los contextos más distintos y que durante un tiempo se asociaban estrictamente a forajidos). Donde aquello que fue símbolo de posiciones sociales cuestionables se convierte en sinónimo de elegancia. (Recordemos que el uso de pantalones entre mujeres no era sólo restringido sino ilegal, y que con Yves Saint Laurent, por ejemplo, adquirió un estatus de poderosa gracia chic).

Que un objeto de estilo atraviese un espiral de significados tan distintos es una de las cosas que hace que la moda sea tan magnética, tan aparentemente caprichosa, tan inexplicable y misteriosa. (Como que el negro no siempre haya sido siempre el tono para el luto sino también para hacer juramentos de amor; así como que el blanco haya sido aceptable para el luto y no siempre para el casamiento).

Antes, cuando la moda era más estricta, un objeto podía tener un significado más preciso. Había elementos de vestir que eran terreno exclusivo de las cortesanas, por ejemplo, pero que fueron lentamente absorbidas por mujeres de castas distintas, que veían en el efecto estético de algo que llevaba una cortesana como algo digno de emular.

Así que un objeto de moda puede tener cambios radicales en su significado. Según el tiempo y el lugar. Según la mujer y las circunstancias. Según la época y los ideales.

Si hay un ítem que refleja esas corrientes de la moda, es el encaje. Ese elemento invisible, reservado por lo general para la lencería privada, cargado de artesanía – muy francesa, además – hecho de exquisito material y delicados tejidos. Ese material que sirvió, para la mirada de la mujer que la llevaba y de la persona a quien amaba.

Un escritor de moda de la Belle Epoque, Octave Uzanne, observó en su época que “el encaje permite la indecisión que simultánamente provoca y restringe el deseo”. En otras palabras, el encaje de por sí es ambiguo. Oculta y revela. Esconde y seduce. Llama la atención y vela aquello sobre lo cual atrae la mirada.

En su espiral de significados, el encaje abandonó el tocador, la habitación privada, la exclusividad de la seducción, el amor y la lencería para convertirse en material público que puede vestir a una mujer a través de una blusa, un vestido, una falda.

El encanto del encaje, sin embargo, es que conserva precisamente la cualidad que le asignó Uzane. Restringe y provoca. Y lo hace de una manera que refleja atributos de cierto tipo de feminidad; cierto romance y sensualismo, una elegancia que puede ser oscura – pensemos en el flamenco o lo italiano -, o una estética de dama en tonos claros que está más a tono con el romanticismo.

Fantástico es ver que en sus reinvenciones, se vale el encaje con chaqueta de cuero o chaqueta de jean. Que se pueda combinar con pantalón palazzo o con una camiseta blanca. Que sirve para casarse o para vestirse de negro, una noche urbana. Que tenga toque romántico pero que pueda ser también dramático. Que pueda evocar a esa finura de lo francés y la tradición de la ropa hecha a mano. Fantástico también es confirmar que, pese a todos sus cambios y significados, el encaje sigue siendo – algo así como las faldas – propiedad de uso exclusivamente femenina. Símbolo de mujeres de los más distintos gustos y gamas.

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