El Caribe como adjetivo

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En el ensayo que publiqué hace unas semanas, “Un Caso por lo Caribbean Chic”, que propone el término como un posible imaginario para la moda colombiana, explicaba cómo lo Caribe, entendido en ciertos contextos, no es tanto un lugar geográfico sino una cualidad o adjetivo. La idea, que viene de Benítez Rojo en su apreciación posmoderna del Caribe, es un sentimiento comprensible para él o ella que experimenta, se nutre o se ha criado en el Caribe. Como cualidad, lo Caribe puede evocar ese estado de experiencia inmersa en lo natural y lo poético; una experiencia de la realidad que tiene también una impresionante cantidad de sincretismos, de mezclas, de híbridos. Puede ser una cadena de símbolos que, reinventados en esta expresión caribeña, conectan con lo nativo americano, los sistemas místicos negros, la elegancia flamenca o la arquitectura sevillana. Un tipo de eclecticismo exuberante y complejo; cuyas contradicciones armoniosas no conectan del todo bien con aquel que ve la vida con prisma de blanco y de negro. Caribe, como cualidad, puede ser también esa forma de realidad y también de entender las cosas que tiene como gran modelo el caos armónico. Un orden sin orden lleno de capas y mezclas, y de sabrosura que no tiene salida a través del verbo; que es lúdica y performatica, que se entiende mejor con la voz de Ismael Rivera y la resolana de la tarde o esos detalles que, de repente, atrapa la mirada, observadora o desprevenida.

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