Champeta

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Mr. Naufuera – Quien fue, durante mi estadía en Nueva York, y en especial durante los meses fríos, uno de mis consuelos más efectivos para afrontar la dureza a veces inmisericorde de la ciudad. Mi conexión con lo Caribbean Chic surgió precisamente en esa temporada neoyorquina, al experimentar un paisaje que, día a día, te confronta con una multiplicidad abrumadora de individuos, estéticas y energías. En esa confrontación el individuo puede llegar a preguntarse quién es y qué lo distingue en esa masa amplia de gentes y vestires. En qué puede consistir su potencial unicidad. En esa reflexión, la respuesta para mi fue llegando de a poco cuando redescubrí, bajo una nueva perspectiva, mi proveniencia Caribe. Y el sentido de eclecticismo que eso implica en mis gustos y experiencia estética del mundo. Cuando tenía más o menos once años, y mi fervor musical estaba a pique, el sonido de la champeta irrumpió en el televisor de la cocina de mi casa, donde convivía horas con mis “ayas” adoradas. La imagen, inolvidable, de la muralla y la danza agitada en La Turbina, sembró en mi desde entonces un gusto rotundo y apasionado por la champeta urbana. Gusto que me caracteriza y define tanto como la adoración por las baldosas mozárabes y los abanicos flamencos. En eso, en ese particular eclecticismo – contradictorio y mixto – se encuentra también la vibración del Caribe. Nada agita tanto en mi la alegría profunda del alma como escuchar “Los Caballeros del Zodiaco” o los sonidos de Alvaro el Bárbaro, o los clásicos de Elio Boom – para mi el más grande. Pocas cosas borbotean tanta risa en mi como un chiste de El Cuchilla. Porque así como una mujer puede invertir en su estética y cultivar también su intelectualidad sin que eso se contradiga; así también una adherente de la elegancia Caribe bien puede ser, en el fondo, bien champeta en su alma.

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