La Mirada de los Otros

by

10926388_10152723904713867_5717238218274813407_n-2

 

¿Por qué es tan importante la aprobación de los otros en la vida femenina? ¿Cómo logra una mujer afinar la mirada interna de sí misma, la única mirada que realmente la define?

 Vanessa Rosales

 

Cuando una mujer se mira en el espejo, el objeto le devuelve la imagen de una mujer que es, evidentemente, ella misma. Y sin embargo, este acto, aparentemente sencillo y rutinariamente cotidiano en la vida femenina, poco consiste en un hecho simple. Al mirarse en el espejo, una mujer rara vez observa un reflejo literal.

Se ve a ella misma, por supuesto, en ese acto de reconocimiento que es al tiempo indescriptible y acostumbrado; el mismo que describe Lacan en una de sus teorías, cuando el niño o la niña se contemplan por primera vez en el espejo y se descubren separados del mundo que les rodea en su presentimiento sensorial.

Entre la mujer que se mira y el reflejo que el espejo le devuelve parece existir una especie de materia flotante e invisible, un cúmulo de asuntos que interpelan su vista y que inciden en el reflejo que ella puede observar. Mirarse es un acto físico, que se activa con el sentido visual; pero ser mujer y mirarse en el espejo expande la acción a una experiencia que está erosionada por la historia de lo femenino y su vínculo con las imágenes. Porque la mujer siempre ha sido imagen. Y esto es causa de sus deleites y sus martirios.

Mirarse en el espejo es, entonces, un acto físico, un hecho de todos los días, una experiencia visual. Y sin embargo, la forma cómo una mujer se percibe está impregnada de un repertorio de elementos casi siempre intangibles: el estado de ánimo que la compone en ese momento preciso; el esquema mental; las miradas potenciales que podrán verla en caso tal de que vaya a realizar una aparición pública ese día, la ocasión de su vestir.

¿Es domingo, está inmersa en lecturas matutinas y su ropa es holgada y confortable? ¿Es sábado por la tarde y va al encuentro con otras mujeres que celebran también la creatividad en el vestir? ¿Es viernes, al ocaso, y espera al hombre que le es familiar? ¿Va, en cambio, a desplegarse frente a un hombre que es aún desconocido? ¿Está retocando el labial en la quietud de su tocador o fugazmente, en el semáforo, buscando su boca en el retrovisor? El reflejo varía según la razón por la cual se mira para comprobarse a sí misma.

*

Miradas de lo femenino

La tradición visual de Occidente – donde entran los oficios pictóricos al óleo, el dibujo de todo tipo, la fotografía y eventualmente el cine – han hecho de las mujeres lo que en la teoría se llama un objeto especular. Un objeto que está hecho para ser representado, visto, contemplado y poseído (por la mirada masculina).

Durante siglos, las mujeres fueron representadas visualmente siempre por los hombres. Mientras ellos mantenían la posición activa – de poder mirarlas y crear sus imágenes -, las mujeres, se diría, fueron internalizando y aprendiendo a vivir con esa condición de ser un objeto que es moldeado y representado por alguien fuera de ella. De modo que cuando las mujeres se miran, se ven a sí mismas como algo o alguien que será visto por alguien más.

Una de las expresiones más emblemáticas de esto la pronunció John Berger cuando dijo: “Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se ven a sí mismas ser miradas o vistas.” De allí se desprende también otro concepto emblemático, usado, además, por muchas feministas que en los setenta tejieron teorías sobre cine: the male gaze, o la ‘intensa mirada masculina’. Idea que dicta justamente que el hombre es quien mira y que la mujer es creación de esa mirada, masculina y activa.

Si lo pensamos por un instante, la forma cómo funcionaban, por ejemplo, las actrices de cine en la pantalla de Hollywood, era reflejo de un sentido visual masculino. Esos acercamientos sensuales. Esa aparición total de una mujer que atrapa la atención de un hombre. Al absorber esas imágenes, las mujeres comenzaron a querer verse a sí mismas de esa manera – de la manera en que las miran y desean los apetitos masculinos.

Hasta hace relativamente poco las mujeres no participaban activamente en la creación de sus propias imágenes. Algo que ha cambiado, de forma honda e inédita, con las tecnologías digitales, donde las mujeres pueden hacerse fotografías de sí mismas y exhibirlas según los dictámenes de sus deseos, sus sentido visual y sus caprichos. Berger dijo también: “Una mujer debe mirarse a sí misma de manera constante. Ella es casi continuamente acompañada de la propia imagen de sí misma”.

¿Cómo sería entonces la contraparte de esta idea que tanto ha definido a las mujeres, es decir una o la intensa mirada femenina?

Algunas teóricas como Diana Tietjens-Meyers, que exploran la relación entre mujeres y espejos en libros como Gender in the Mirror, describen que las normas femeninas dictan algo contrario a lo que sucede con los hombres. Por lo general, a éstos se les define su identidad según lo que hacen; mientras que las mujeres se valoran según cómo se ven. En ese sentido, las mujeres dependen de los espejos para saber quiénes son.

“Para una mujer, conocerse a sí misma significa conocer su propia apariencia y el valor que tiene esa apariencia para el deseo masculino. ¡Qué adecuado que los franceses le llamen al tocador o boudoir de una mujer su psyche!”.

Muchas pinturas de la tradición europea dan vida a imágenes protagonizadas por una mujer-en-el-espejo. Venus se mira a sí misma en varias pinturas icónicas. Y muchas veces dichas pinturas tenían como fin condenar el narcisismo que históricamente – e irónicamente – se instaló como uno de esos atributos peligrosos, reprochables y castigables de lo femenino. (No importa que Narciso haya sido hombre; en alguna parte del camino los dictámenes masculinos decidieron que la vanidad excesiva sólo podía ser algo de una mujer).

En ese terreno movedizo, la mujer es electrizada por ciertas preguntas que palpitan como ansiedades. “¿Soy realmente perfecta? ¿Cuánto durará? ¿Me ven los otros como deseo que me vean? ¿Siguen fascinados?”

Tietjens-Meyers lo formula así: “Tú y tu valor están registrados en mí”, decretan los espejos de las mujeres. Estas representaciones, por un lado, disocian a las mujeres de sus imágenes reflejadas. “Tu imagen nunca será compatible con lo que buscas en mí”, la tantea el espejo. Los espejos femeninos no son representan alter egos exactos. Lo que instalan es una economía psíquica enajenada donde la mujer busca mirarse a sí misma de la forma en que un hombre la mira. Y la experiencia y la naturaleza visual de hombres y mujeres es bastante distinta. Sin embargo, las mujeres han aprendido a mirarse a sí mismas desde el lente masculino.

Así, el ser femenino colapsa en el espejo. ¿Y somos las mujeres sólo la apariencia que tenemos? ¿Somos lo que nos muestra el espejo de nosotras mismas? Esta tradición visual, esta historia de las imágenes ha hecho que muchas veces las mujeres crean que perecerán si la imagen del espejo se desvanece.

Ahora, ¿por qué es tan importante y satisfactorio despertar el deseo y la aprobación masculina? Las mujeres de moda conocen bien aquella situación distintiva que implica, por ejemplo, vestirse para una ocasión que está destinada a la compañía de otras mujeres que sienten entusiasmo por el vestir, y aquello que surge cuando nos estamos vistiendo para la mirada masculina, para la seducción o para el amor. No en vano Leandra Medine acuñó un término tan poderoso y significativo cuando decidió llamarse a sí misma man repeller – dícese de la mujer que es notoriamente celebrada por la camada de la moda pero que es el homólogo sartorial de un anticonceptivo. Por lo general, la moda, en su espectacular dramatismo, en sus versiones ingeniosas, fabulosas, divertidas, es así: repele a los hombres.

Con frecuencia, observo mujeres en el paisaje visual que reconozco están vestidas para complacencia de los hombres. Es un hábito frecuente en la escena nocturna colombiana o entre las jovencitas que asisten a un alicorado brunch popular, o que, impulsadas por la existencia de Instagram y habitando en ciudades de climas tropicales, moldean su cuerpo sin cansancio para ser fotografiables y poder exhibir, en las pantallas digitales, los efectos de un cuerpo joven y torneado. Es hábito entre las jovencitas cartageneras, cuyo uniforme para la fiesta consiste, casi siempre, en vestiditos cuyo fin es revelarlas como cuerpos deseables. Es el hábito de moldear su apariencia para saciar las fantasías visuales de los hombres que las rodean.

Comprendo sus batallas, admiro la tenacidad que poseen para adaptar sus cuerpos desde temprana edad a esa firmeza que añora toda mujer que conoce los ideales de belleza de su época. Me deslumbra su belleza. Pero también sé que en temas de estética y de estilo, el acto de mirar tiene una gran importancia. Y muchas de ellas se visten como se visten por ese efecto espejo que crean los entornos. Las mujeres replican y emulan lo que observan con mayor frecuencia.

Y también sé que muchas de ellas se visten así más para atraer una mirada aprobadora externa que por reflejar algo que tiene que ver con la forma cómo se ven ellas mismas. Porque todas nosotras – en las edades y situaciones más diversas – libramos esta batalla. Afuera parece estar la aprobación que necesitamos. En los otros – sean los hombres, los novios, los esposos, los compañeros potenciales y a veces simplemente los ojos ajenos – parece estar aquello que nos proporciona la respuesta de lo que somos. La aprobación necesaria para sentir el gozo de nuestro valor.

Llevo años ponderando y cavilando sobre lo que significa la belleza en la vida femenina. ¿Es un poder o una ventaja momentánea? ¿Por qué nos domina? ¿Qué sentimos cuando la tenemos y cuando nos falta? ¿Qué es la belleza femenina? Esa fuerza tan volátil, que muta con los tiempos, sus ideales y mecanismos visuales, eso que tanto ha definido a las mujeres a lo largo de sus existencias y vidas.

Después de años, he llegado a la conclusión personal de que la belleza en la mujer está ligada a uno de los temas más intrínsecos de la feminidad: la maternidad. Belleza, en culturas primitivas, belleza, en un sentido mucho más biológico, tiene que ver con fecundidad. Por eso, en el fondo, la belleza en la vida femenina cumple una función: atraer, fecundar, procrear. Por eso también dura poco, y por eso es peligroso que sea eso lo único que defina a una mujer. Cuando pasa – y sí que pasará – y una mujer se ve deshabitada por su única fuente de identidad – lo pasajero, lo físico – puede extraviarse de manera terrible.

Por eso, en gran parte, la mayor fuente de identidad en la vida femenina es justamente la apariencia o la belleza. Y la belleza es un gozo femenino. Nos hace mujeres. Ese cultivo exquisito de detalles. Esa posibilidad de ser tan distintas. Esos rituales que nos permiten cultivarnos para sacar los atributos que poseemos. Esa relación que desde tan temprano tenemos con lo sensorial.

Pero por eso también es que nos define tanto la mirada de los demás. Frente al espejo nos miramos y vemos siempre cómo, en potencia, nos van a percibir.

*

La mirada de sí misma

¿Por qué es tan importante la mirada de los otros para decidir lo que nos define? ¿Por qué es tan importante la validación o la aprobación de los otros? Y no invoco estas preguntas solamente para el terreno de la belleza y vestir. Aunque el vestir, de cierto modo, es una metáfora de ese componente de la experiencia femenina. Muchas mujeres en nuestro medio se visten para parecerse a aquello que los hombres han ideado como aceptable y deseable. Pero todas, incluyendo a aquellas que no se visten para complacer la mirada masculina se enfrentan también a la fuerza que tiene la mirada de los otros en lo femenino.

La experiencia de ser mujer está colmada de ambigüedades. La ropa es importante para nosotras, pero no sólo por su efecto físico, sino por la marca que hace también en nuestra psicología. Una mujer se mira en el espejo y ve mucho más que el mero reflejo literal de sí misma. Navegar la ambivalencia, potencializar el equilibrio es, tal vez, una de las lecciones que aprenden las mujeres que escogen el camino del autoconocimiento – largo, bello, revelador y difícil.

La psicóloga Pilar Sordo habla sobre los motivos por los cuales las mujeres externalizan su felicidad. Afuera está tu valor, dicta ese ímpetu de externalización, afuera está lo que te define. Algo similar al decreto de los espejos del que habla Tietjens-Meyers. Desde niñas, los cuentos de hadas nos aleccionan que es la llegada del príncipe la que nos concederá una felicidad inacabable. En esos cuentos, los hombres nos reviven o nos dan vida. Y sucede así también, por ejemplo, en el cine norteamericano, en clásicos como Sabrina, cuando Audrey Hepburn se transforma y se convierte en objeto de amor de Humphrey Bogart. O cuando Julia Roberts sufre la metamorfosis necesaria para ser digna del amor de Richard Gere en Pretty Woman.

Nos rodean los ejemplos, palpables y a veces invisibles, de que “la felicidad se logra sólo en la medida en que hay otro que la produce”. Nos inundan casos que se derivan del modelo de estos dos filmes. Desde afuera viene la salvación, la felicidad, la certeza de lo que somos. Si el otro me valida, sé bien que soy.

“El situar fuera de nosotras mismas tanto las causas de plenitud como de las desdichas no nos permite forjar nuestro propio proyecto o pauta de vida, sino que estamos a merced de lo que hagan, digan, sientan o expresen los otros, con las consecuentes malas interpretaciones de nuestra parte”, escribe también Sordo.

Habituadas a la complejidad de lo dual, las mujeres navegamos constantemente la contradicción. La apariencia y la belleza nos importan, nos conectan con esa capacidad sensorial que nos ha concedido la biología y la vida. Pero si la apariencia y la belleza son lo único que nos definen, estaremos perdida en una fantasmagoría. La belleza es y será siempre importante en la vida femenina. No importa cuántos logros maravillosos nos haya legado el feminismo, esa corriente que nos ha regalado la posibilidad de ser mucho más que un objeto ornamental o bonito. Pero la belleza y la apariencia siempre serán importantes por un mero hecho de biología. Y también porque, para muchas, es un gozo y un deleite Porque las mujeres gozan de lo visual, e incluso también de ser imagen. La maravilla está en que no sea eso lo único que nos defina. El sustancioso reto está en trazar un equilibrio entre el ser y el aparentar.

En el amor, en el vestir, en la amistad, en la sexualidad, en el trabajo, en la familia, en la vida, estoy convencida de que la única mirada que define a una mujer es la que tiene ella de sí misma. Y como ser mujer es una navegación constante en la paradoja y la ambigüedad, también estoy convencida de que afianzar esa mirada es uno de los retos más poderosos en la vida femenina.

La moda y la feminidad tienen algo en común: la importancia del mirar. ¿Por qué? Porque la moda, que es sobre todas las cosas un lenguaje visual, implica que miremos a otras mujeres vestidas – o imágenes de otras mujeres vestidas – para emular, imitar y apropiarnos de las prendas, las mezclas, los estilismos e incluso los gestos y movimientos corporales que nos hacen parte de una época en particular. Así que para estar a la moda y para ser mujer, siempre tenemos que estar mirando. Esa es parte de nuestra naturaleza visual femenina.

¿Cómo afianzar esa mirada de nosotras mismas en un mundo que nos impulsa a compararnos incluso más que antes, cuando el arrollador flujo de imágenes digitales se multiplica? ¿Cómo balancear el gozo por nuestra apariencia física con la cultivación de un ser que la sobreviva?

Hay algo sobre ser mujer que me inquieta y me fascina. La forma cómo todo en nosotras parece ser siempre dual. Todo en nosotras parece ser externo e interno a la vez. Una experiencia puede ser meramente física, pero siempre es honda en lo invisible también. Las mujeres navegamos un terreno donde lo visible y lo invisible se cruza de manera indescriptible.

Y esa mirada, ese centro visual que está en nosotras mismas, eso que constituye la gran conquista que podemos lograr, hace parte también de esa extraordinaria capacidad por experimentar la vida con algo que llamo: sustancia. Si bien la mirada es un acto externo, visual, la mirada femenina es la que mira hacia adentro, la que se mira a sí misma. Todo en nosotras parece ser siempre así: interno y externo en simultaneidad. Y todo en la experiencia femenina parece operar así: que de adentro viene aquello que da a lo externo la mayor potencia posible.

Mirarse a sí misma, desde sus estándares, según sus propias expectativas, bajo sus propias condiciones: en eso consiste la intensa mirada femenina. La mayor conquista en la vida femenina.

[line]

No Comments Yet.

What do you think?

Your email address will not be published. Required fields are marked *