El Culto de Isabel Marant

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Contenido exclusivo para el blog de Naf Naf, Le Style Naf Naf.

La Moda, que es también un hechizo hecho de mitos y símbolos, de historias y de imaginarios, tiene entre sus muchas leyendas una que surge cuando se evoca el nombre de las francesas o de las parisinas. Las seguidoras de la moda intuyen que cuando se habla de ellas, se hace alusión a un don extraordinario para los asuntos de la estética y del estilo. Que son elegantes sin esfuerzo, se dice. Que saben mezclar lo informal y lo formal de una manera que es mágica. Que son chic pero no son artificiosas ni se ven completamente producidas. Que creen en la apariencia, pero que ésta tiene que tener algo adentro de quien la exhibe. Que adoran la belleza y el vestir, pero que saben hacerla compatible con la comodidad más libre.

En aquella leyenda, existen mujeres que han sabido encarnar, a su manera, el ideal de ese estilo legendario llamado parisian chic. Coco Chanel lo hizo a su forma, en su tiempo. Carine Roitfeld le da vida al ideal de forma más audaz y atrevida. Emmanuelle Alt lo lleva con simplicidad sin esfuerzo. Inés de la Fressange lo vive a través de sus contrastes (vestido de noche con sandalias planas, vestido de chiffon con botas tipo motociclista). Porque como todo en la moda y el estilo, lo chic parisino es como una partitura, llena de acordes y matices. Y como todo en la moda y el estilo, el tiempo esculpe nuevas expresiones de un ideal.

Y en los últimos tiempos la leyenda de lo chic parisino eleva sus energías cuando se menciona el nombre de una francesa llamada Isabel Marant. Ella es la que recoge toda esa tradición que la precede, esa que dicta que lo chic parisino es simple, sin esfuerzo, que tiene elegancia y bohemia, que tiene exquisitez y rebeldía, que tiene sofisticación y un toque de desarreglo. Marant incluye en su obra todos esos elementos de los contrastes que tan bien dominan las parisinas en su maestría para el estilo, y los salpica de algo que recuerda a la misma Chanel: todo cuanto diseña es aquello que ella también utilizaría.

En Marant hay aquellos elementos de la chica cool de París, esa que va fluidamente por las aceras, con jeans pitillo y chaqueticas corta de paño; aquella mujer que en su multiplicidad incluye blusas románticas y campesinas, o chaquetas empapadas en ornamentos que tienen aire de rock n roll de antes. La que usa el cuero y los taches; la que combina lo holgado con lo que se fija más a su figura. Y además, Marant tiene el don para que sus creaciones se conviertan en el objeto de deseo de las mujeres del tiempo que está interpretando. Unas sandalias de ella se convierten en fetiche ubicuo. Sus botas brincan de la pasarela a las aceras y a las imágenes digitales. Las blogueras celebran sus piezas individuales o sus siluetas, donde se mezcla lo cool, lo utilitario, lo rebelde y lo femenino.

Tal vez el éxito de Marant consista precisamente en que permite que las mujeres de hoy sean múltiples en sus identidades. Que un día vayan de falditas urbanas y bien construidas; que a veces tengan botas bohemias y otras con tacones de aire más clásico pero siempre urbano. Tal vez su ropa le habla precisamente a esa: a la mujer urbana, la que siempre añora mezclar con finura la practicidad y la belleza. Tal vez también su éxito consiste en esa poderosa fidelidad que guarda a sí misma. Lo que diseña lo modela ella misma, lo vive ella misma.

Y en ese sentido, Marant diseña para mujeres reales. Mujeres que, además, logran desprender ese halo que tiene lo chic parisino: un estilo que tiene alma, que es práctico pero que adora el diseño pensado, que no le tiene miedo al contraste, y que tiene en su corazón mostrar a la mujer, dejarla ser, vestirla de confort y gusto, cubrirla en prendas y ensambles que la reflejen una hija de su tiempo, una mujer múltiple, real.

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