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La mujer que me mira desde el espejo está bien familiarizada con el significado de la contradicción. La observo recurrentemente, reconociendo las modificaciones en sus (mis) formas mundanas, observando un lema invisible que aparece también en el espejo: la batalla entre ser y aparentar. He llevado una vida hecha de esta precisa contradicción. Oscilando furiosamente entre la imagen y el ser. Como un péndulo, como una ola. Vengo del mar. Del Caribe, donde hay pisos en blanco y negro de ajedrez, donde flores magenta viven a lo largo de todo el año, cayendo como cascadas de balcones coloniales que adornan casas lavanda, turquesa, rosa, coral. Donde mujeres gloriosas y elegantes exudan una divinidad – ya sea concedida por la naturaleza o por artificio aprendido. Donde a las mujeres se les define predominantemente por cómo se ven. Tal vez por esto las metáforas marítimas son adecuadas para mi. Mi naturaleza puede asemejarse a la de una perla oculta en una concha hermética. He experimentado temor, de todo, de la vida, de sus cosas pequeñas, de los asuntos minoritarios del mundo nuestro. El temor cierra a la perla, incrustándola en aislamiento. Pero el temor desvanece, ya que el auto control también me capitanea, y la concha fulgura en su apertura, y me convierto en la criatura luminosa, atemporal, marfil y redonda que puedo ser. Estar oculta o mostrarme luminosamente, oscilar entre ambas es otra de mis contradicciones primarias. Porque si he sido temerosa en las cavernas de mi mente, he tenido también el coraje de vivir como una mujer no convencional. –

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