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Caribbean Chic en clave turquesa y azucarada, bajo la espesura húmeda y, al tiempo, animada por el viento salado de la tarde cartagenera. Entre las cosas del embrujo que ejerce Cartagena de Indias sobre sus observadores está este encuentro, azaroso o calculado, con extraordinarios tonos y posibilidades cromáticas. Salmones expresivos, lavandas tersos o endulzados, amarillos que evocan el oro, el ocaso o la mostaza; azules prendidos, en matiz cobalto o celestial; rosas tibios o con aire floral. Colores conocidos y a veces en versión inesperada, vibrante, cargados de la experiencia caribeña, que tiene estela de isla y algo de Mediterráneo; que tiene elegancia e informalidad espontánea e imaginativa. De esas paletas cromáticas se desprenden atmósferas pero también ánimos; estados mentales, esquemas sentimentales que se fraguan en los hábitos del vestir. Se busca la frescura y el combate a la humedad, se inclina el que se viste por las sandalias, se permite – la atmósfera lo anima así – el color y la claridad. De eso también, del color a la vista, se nutre y se trata también una idea como lo caribeño chic.

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