Las Mujeres que hemos sido

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La moda es mascarada. –E. Wilson / Fashion is masquerade. – E. Wilson

Vanessa Rosales

Toda mujer que se mire frente al espejo podría repasar, con esfuerzo concentrado, al menos tres versiones de la mujer que ha sido. A menos que una mujer sea tajantemente clásica, se habrá lanzado a la experimentación de la apariencia y habrá tenido en su vida ciertas variaciones estéticas que en su presente pueden darle vergüenza, risa, impacto, o timidez.

Si una mujer se ha lanzando también a ese duro y esplendoroso camino de conocerse a sí misma, verá, con el tiempo, que la ropa se va volviendo como un compendio de códigos; uno de los lenguajes que usa para afirmar la mujer en la que se convierte día a día o en la que se ha transformado. El armario es una especie de autobiografía que, con sus silenciosa visualidad, nos habla de las mujeres que hemos sido y de la mujer que en nuestro presente queremos afirmar.

En Cartagena, en los días de encierro donde ejercito el cuerpo, sostengo reuniones virtuales, tejo una visión editorial y donde, sobre todo, escribo, me visto con simplicidad – sello de mi temperamento sartorial – y cedo al goce libertario del denim roto, las piernas descubiertas y la dulzura de ropas ligeras a la que invita el Caribe.

Los días largos entre mi escritorio y las letras son para las camisetas de rock n roll y el despojo del maquillaje. Las fogosas tardes medias de Cartagena ahuyentan ímpetus mayores de adorno concienzudo. Y las salidas nocturnas cartageneras reclaman abanicos de mano; permiten joyería conspicua y alientan en mí las conexiones que tengo con el bolero, el Caribe antiguo y el flamenco. Nostalgias que, inevitablemente, se funden con mi incansable afán – similar, tal vez, al de Chanel en su momento – por captar – en lo que escribo, hago y me pongo, – el espíritu de mi tiempo.

Y reflexiono qué distinto es el apetito sartorial aquí que en mi experiencia neoyorquina, donde una mujer puede convertirse en flaneuse, esa contraparte de la figura moderna parisina – el flaneur – que se extraviaba en la multitud, surcando la masa anónima, sumergido en esa experiencia moderna que en el siglo diecinueve ofreció París y que hoy ofrece vertiginosamente Nueva York. Ese gran paisaje visual saturado, de vallas y luces, de seres distintos, de energías que colisionan y a la fuerza armonizan.

Debido a que la experiencia moderna y urbana implica el cruce con anónimos cuyo rastro se desvanece a cada instante, la ropa y la forma de vestir cobran una importancia que no existe, por ejemplo, en las ciudades pequeñas o en las zonas rurales. La ropa le habla a los anónimos que encontramos en la calle. Y en urbes titánicas puede simbolizar lo que en otros lugares dicen los automóviles y las casas – es el vehículo para comunicar, en silencio y en instantes, algo de quien la lleva y del ser que habita tras la combinación precisa de las prendas. En una época hablaba del poder adquisitivo, en otras de las alianzas culturales y evolutivamente, hoy tiene más que ver con gustos e individualidades.

Esa característica, de ser un individuo vestido, entre tantos otros, tan atada a la modernidad, se mezcla en Nueva York con los mitos fabricados por décadas de cine y un amplio repertorio de comedias románticas. El o la recién llegada, dispuesta a la noción de éxito que han acuñado en la imaginación los filmes norteamericanos, viene también cazando la estela de una lustrosa fantasía que dicta que Nueva York es glamour y refinamiento exaltado.

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Y ese mito, clavado en el aire neoyorquino, hace que sus habitantes participen, día a día, en una orquesta visual de esfuerzos estilísticos. Todos aquellos medianamente interesados en la estética de la vida quieren estar bien vestidos y mostrarlo al mundo cuando caminan desprevenidos en las aceras o cuando van silenciosos y absortos en los trenes subterráneos.

No todos, claro. En el gran esquema de las cosas, la moda persiste un mito minoritario y la mayoría de los mortales, a lo largo y ancho del globo, aún se visten para evadir la desnudez que implica vivir en sociedad. Para funcionar meramente en actividades que evaden el afán de un ornamento que inmoviliza. Porque todas sabemos que los tacones – y las expresiones más dramáticas de la moda o lo fashionable – pese a sus extraordinarios efectos en nuestra psiquis, no son compatibles con las actitudes y los gestos corporales que exigen la vida urbana – donde se camina, se anda rápido y donde se acoge el uso del transporte público.

Hay días en que la aspereza de Nueva York – con su exceso de criaturas bellas, con su derroche de talentos encumbrados, con sus vientos lacerantes y su frío inmisericorde – hiere al espíritu y una mujer debe recurrir a la ropa que no es ornamento, sino el intento – muchas veces fallido – de rehuir el frío y la aridez. Para rebatir esas corrientes demoledoras, una mujer puede recurrir con frecuencia al negro – esa armadura infalible que, como decían los japoneses, vela la identidad y que, como dice Rick Owens, neutraliza una presencia hasta evadir toda posibilidad de estorbo.

Entonces están los jeans negros y pitillo, las chaquetas de cuero o cazadoras, y ese uniforme de lo cool que otrora fuese el armazón de desadaptados en el Bowery, sumergidos en los trances de la heroína, electrificados como animales por los acordes de guitarras eléctricas, ahogados en los humos del cigarrillo y habituados al hedor de las letrinas pintoreteadas. Un uniforme prototipo, cuyo lenguaje, variable a través de los años y los contextos, ha sido siempre el de la rebeldía y que, hoy, es institución entre los neoyorquinos, tanto en los curtidos como en los recién llegados.

También yo recurrí a ese uniforme y ese armazón, herida por las potencias de Nueva York, haciendo el intento de velarme, de sobrellevar sus intemperies frías, de no extraviarme entre las acusadoras y silenciosas preguntas que desata la vida neoyorquina, con sus multitudes inacabables y sus criaturas bellamente vestidas.

Y fui aquella mujer, con una cazadora de cuero sobre el lomo, velada en la opacidad de ropa negra, aprendiz de la vida en zapatos planos. Fui aprendiendo los códigos de las neoyorquinas en el silencio observador que implica vivir en una ciudad e ir viendo, casi sin quererlo, los hábitos de vestir de sus otras mujeres. Comienza uno a desarrollar hábitos de emulación – porque el vestir es un juego de miradas, donde vemos y absorbemos imágenes de otras mujeres vestidas.

Si acaso un día, la mujer que habita en Nueva York sentirá el ánimo de romper el armazón y querrá – frente a tantos anónimos vestidos – empapar su expresión de vestir de algo más que un acto de adaptación. Querrá no ya velarse sino decir, a través de códigos sutiles, que no es de Nueva York, sino del Caribe, de un país tropicalista, de un lugar húmedo, donde abundan las veraniegas y el sol. Que su eclecticismo no es metropolitano sino la alquimia de un hábitat donde el subdesarrollo y el impulso por el modernismo se combinan en el aire del día a día.

Simmel decía que la moda es contradicción; que seguir sus ritmos es seguir también el impulso simultáneo de querer pertenecer y de querer destacarse de la multitud. La mujer que habita en Nueva York conoce el significado de esta noción. Pero si llegase a conocerse más a sí misma, descubrirá que la moda no es precisamente su camino, que lo suyo es una afiliación con eso que se llama estilo, en cuyo abanico existe pero no se agota en el vestir.

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Holly Brubach, tal vez mi escritora de estilo favorita, tiene entre su exquisita bibliografía, un breve texto sobre lo que sucede cuando una mujer decide limpiar su armario: se encuentra con las mujeres que ya no es y que ha sido. “Entre más años tengo, más me parece que no he sido tanto una persona continua como varias personas, en secuencia. Con algunas de esas personas tengo ahora poco o nada común, incluyendo nuestros gustos por la ropa”. Limpiar el closet, según Brubach, es encontrarnos con la evidencia surtida de los otros yo que hemos sido.

Un sábado por la tarde, una mujer en cualquier latitud puede sentir ese impulso de indagar en su armario y realizar una especie de curaduría – de lo que cuelga en su colección y de lo que dice de sí misma. La socióloga Sophie Woodward escribió todo un libro que explora las relaciones que tienen las mujeres con sus armarios. En las primeras páginas, Woodward ata el proceso de vestirse – aparentemente tan simple – con algunos pedazos de la filosofía de Hegel sobre el ser. El ser, decía Hegel, se puede ver a sí mismo en forma externa a través de la ‘objetificación’. A través de una forma externa puede ver algo de su forma interior. Así, dice Woodward, es el proceso femenino de vestir. Una prenda puede ser justo eso: una extensión del yo femenino.

Por eso, algunas mujeres se aferran a prendas que no usan hace años o décadas. Tal vez les recuerdan a la mujer que fueron en otro capítulo; tal vez les mantiene viva la ilusión de que pueden volver a ser aquella misma mujer.

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De todas las mujeres que he sido, recuerdo a la jovencita recién llegada a la vida universitaria bogotana, de pelo crespo, extensamente largo y negro, intoxicada aún por la estética del surf, aferrada a Héctor Lavoe para sobrevivir la colisión con la atmósfera grisácea de la ciudad. Torpe en su vestir. Puedo evocar una versión casi tan joven que veía en la estética del rock n roll su realización de vestir ideal; la que halló en un entonces popular estilo bohemio burgués el motor para acumular brazaletes numerosos y ensambles comandados por la fluidez.

A la que descubrió en un par de Converse el vehículo ideal para adentrarse en las entrañas de la cultura juvenil urbana de Bogotá, a mediados de los 00, como reportera de una pequeña publicación y con un apetito tremendo por volcar su pluma hacia temas de la estética. Puedo evocar a la mujer que llegó a Buenos Aires y encontró en una tienda llamada ‘Vestite y Andate’ una falda talle alto y negra que los hombres poco parecían comprender; que andaba con botines de cuero rojo y que navegaba entre las porteñas un hilo para descubrir la médula de su propio sentido de vestimenta.

Puedo recordar a la que coqueteó con la urbanidad de los cachacos, pero que se instaló, fiel y cómodamente, en vestidos florales con visos modernos que la revelaban ligeramente bohemia, inclinada a las letras, salsera rotunda y aún en la cacería del sentido de propósito que alumbra la existencia de una mujer. Y también aquella mujer que un día se percató del gusto que genera en ella una chaqueta de cuero negra, aterciopelada en el tacto, poderosa en su dureza, portadora de un sentido de rebelión que estuvo con ella desde la infancia y en su gozo profundo en los aullidos de una guitarra eléctrica. Y la que halló leyendo cientos de páginas sobre Coco Chanel una filosofía de estilo que aparecía en forma de espejo: el uso de ropa simple, como lienzo para acentos y complementos de vistosa característica.

Todas ellas cambiaron de cuerpo, soplándose y deshinchándose, porque la moda y la ropa tienen todo que ver, como recuerda con frecuencia Valerie Steele, con el cuerpo. Y el cuerpo pone en movimiento nuestros ánimos estilísticos.

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Todas ellas fueron variando hasta asentarse finalmente en la mujer que escribe esto; una mujer cuyo reflejo enseña ese punto preciso que marca el comienzo del fin de la juventud y el inicio de la madurez. Una mujer que hoy sufre y goza con el vestir, que busca en la ropa un sentido de belleza que armonice con los esquemas de su mente.

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Las mujeres que fui llegaron a esta, que adora aún las chaquetas de cuero, los tintes de flamenco, los abanicos de mano, las máximas de Chanel, la joyería fabulosa y antigua, los boleros y la influencia caribeña. Una mujer hipermoderna, que dura días de inmersión, escribiendo, y que rompe esa soledad que exige la condición del escritor con apariciones sutilmente coreografiadas para realizar ese performance de aparecer vestida delante de otra gente (y tal vez dejarlo registrado en las fotografías digitales con que presenta un cierto sentido del yo en sus redes).

Estoy segura que todas las mujeres que ustedes también han sido – con sus ropas, capítulos y tiempos – se alegrarán de saludarlas al encontrarlas frente a sus armarios, recordándolas desde su presente.

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1 Response
  • Laura De Valencia
    December 16, 2014

    La añoranza por las brisas decembrinas de mi querida Barranquilla me llevaron esta mañana a sacar de mi cofre una pulsera que compre en una callecita de Cartagena. Sin pensarlo dos veces me la puse encima de la manga de mi chaqueta, al mejor estilo Celine. El suave cashmere y los hilos filosos del fique se entendieron en perfecto eclecticismo, reafirmando asi la mujer del Caribe que se esconde entre el ropaje, evadiendo el frio despiadado de Nueva York, oyendo a Chucho Valdez–bajito para no molestar a las hordas del subway 6.

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