Tacones: Antología de lo femenino

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Fecha de publicación: 04 de Julio de 2014

Contenido exclusivo para el blog de NAF NAF, Le Style Naf Naf.

Existe una mujer que ha estudiado la historia de la moda con delicada profundidad. Se ha sumergido, por ejemplo, en los fascinantes dominios de los zapatos y el corset. Es rubia, vive en Nueva York y usa gafas. Su nombre es Valerie Steele. Y su apariencia desmiente el mito anticuado de que las escritoras e intelectuales no cultivan su estética.

La doctora Steele ha analizado y escrito sobre temas que encienden nuestra pasión femenina: Chanel, la moda como un tema moralmente cuestionable, el vestidito negro, los tacones y el estilo de vestir victoriano. Ha logrado, pese a advertencias de colegas y mentores académicos, que la moda ocupe un lugar en la academia y que se valore cada vez más como un tema digno de examen intelectual. Sus libros de historia, sus artículos y conferencias académicas y las exhibiciones que arma como directora para el museo de moda del Fashion Institute of Technology demuestran cómo la inteligencia y la estética pueden ser combinadas en el arte de ser mujer.

Hace poco más de un año, la doctora Steele curó una exhibición sobre una de las piezas que más se asocia a lo femenino. Esa que la mayoría tenemos en el armario; que muchas nos animamos a probar desde la adolescencia; que tiene grandes efectos en nuestra psiquis y que despierta siempre interesantes debates: los tacones.

Los que hayan estudiado un poco de historia sabrán, tal vez, que la única constante de su paso es el cambio, y que aquello que hoy significa una cosa en otra época pudo haber significado otra. En otros tiempos, digamos en el siglo XVII, tanto hombres como mujeres usaban tacones. Antes, en Europa, durante el Renacimiento, las mujeres adineradas utilizaban unos excéntricos zapatos llamados chopines, con plataformas de madera tan altas que las que podían usarlas necesitaban asistencia para desplazarse. Los chopines fueron adaptados después por cortesanas con el propósito de hacerse notar.

Desde entonces, el uso de zapatos altos tiene esa connotación: de hacerse ver, de mostrarse más deseable. Para eso los adaptó Catherine de Medici en el siglo XVI en Francia. Para eso también los declaró suyos el vanidoso Luís XIV un tiempo después.

En el siglo XX, los tacones han subido y bajado. En los años 50, con Dior y su zapatero magnífico, Roger Vivier, se volvieron pequeñas piezas fantásticas, dotadas de una belleza robadora de aliento. El Nuevo Look de Dior complementaba sus faldas midis y voluminosas con zapatos de tacón alto. La llegada de la minifalda, en los sesenta, animó tacones para la demostración de las piernas. Pero las feministas más radicales rechazaron los tacones como piezas limitantes para las mujeres; hechas para satisfacer el deseo masculino, diseñadas para inmovilizar la agilidad del cuerpo de la mujer.

Unas décadas después, nuevas feministas y escritoras rehabilitaron el poder de los tacones desde una mirada similar a la que tiene la doctora Steele de ellos: si bien es cierto que no permiten caminar tan cómodamente como un par de bailarinas o tenis, también es cierto que tienen un efecto instantáneo de poder. Cambian la posición del cuerpo y por ende, el estado emocional de una mujer.

Los tacones tienen algo que además, la ropa no tiene: permiten que cualquier mujer, con cualquier tipo de cuerpo, los use y disfrute de sus efectos. Pueden transformar el look más simple. Pueden cambiar la forma cómo una muer se siente. Pero, sobre todo, los tacones muestran cómo en el mundo femenino adornarse puede ser más un acto de belleza que de funcionalidad y que para nosotras las cosas materiales tienen efecto tanto en nuestras almas como en nuestro cuerpo.

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