Estilo Feliz

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Contenido exclusivo para el blog de NAF NAF, Le Style Naf Naf.

La moda está basada en un apetito interminable por lo nuevo. Por eso, su lógica está basada en el cambio y la renovación constante. Novedad: eso es lo que busca, sobre todas las cosas, la moda moderna. Y esa cacería apetitosa se expresa en el reemplazo permanente de bienes, objetos y prendas.

Para ser una mujer de moda, hay que sustituir lo viejo por lo nuevo – infinitamente. Por eso, para los filósofos, la moda siempre ha sido un tema difícil de comprender: en teoría, no busca llegar a ningún estado de perfección, sino cambiar e innovar perpetuamente. Buscar el cambio por el mero afán de cambiar.

Pero la renovación perpetua es una ilusión. Y eso explica, en parte, que a partir de la década de los setenta, la moda empezara a tomar su giro cíclico; a escarbar en los archivos de su pasado para reinventar su presente. Lo nuevo dejó de ser una innovación literal. Entonces llegó el fenómeno de los ciclos. Y desde entonces, comenzó a caducar la idea de que algo estaba ‘in’ o ‘out’ de la esfera del estilo ideal.

Al agotarse el ideal de la novedad, la lógica de la moda cambió. En vez de buscar el reemplazo insaciable, comenzó a acumular todos los estilos imaginables. Entonces llegó lo que presenciamos hoy: un eclecticismo arrollador, donde todo es válido y donde todos los estilos tienen legitimidad. La moda, como máquina, cambió su ideal.

Pero aún cuando todo vale en nuestros tiempos, el apetito por sustituir de manera constante lo que usamos sigue vigente. Basta asomarse a los blogs de estilo personal o a las cuentas de Instagram dedicadas a la moda. Ellas también operan y promueven el ideal de que la verdadera moda implica cambio constante. Un reemplazo tan vertiginoso y frecuente que hace sentir a las espectadoras obsoletas de manera rápida.

Porque la moda tiene un terreno mucho más concreto: el día a día en la vida de una mujer, el ‘qué me pongo’ de las mañanas, la expresión estética de la vida femenina de todos los días. Allí la realidad no es como en los editoriales de revisas ni en las imágenes de las pantallas; la vida no es tan lustrosa, y todas las ocasiones no se adaptan a los tacones o a los looks dramáticos. Más aún, la mayoría de las mujeres no pueden reemplazar de manera constante su guardarropa.

Así que el mundo digital ha reactivado aquella lógica que dicta que para ser una criatura a la moda, necesitamos ponernos siempre algo nuevo, cambiar nuestro look de manera constante, tener un poder adquisitivo que nos permita ese cambio constante. Y muchas de nosotras, espectadoras afiladas de la moda actual, observadoras constantes de cómo ésta cambia a través de nuestras pantallas, siempre cambiantes, nos sentimos asediadas por la sensación de que no siempre estamos a la altura.

¿Cómo sentirse plena y anclada en un sentimiento de valor cuando las imágenes digitales nos dictan que debemos cambiar de manera constante para sentirnos relevantes en el mundo del vestir?

Para enfrentar este reto cotidiano, vale la pena recordar una de las filosofías de Coco Chanel. La moda, es cierto, está basada en la naturaleza pasajera del cambio imparable. Pero el estilo, por contraste, tiene como base una interesante postura que trasciende las formas más superficiales.

El estilo de una mujer habla sobre otras cosas, acoge lo efímero y lo duradero, lo contemporáneo y lo atemporal, pero sobre todo, vale decir que la mujer de estilo usa las cosas del mundo para hablar, con imágenes y piezas estéticas, sobre sus verdades internas. Su expresión estética se trata más de comunicar su alma y no de vivir al ritmo de una transformación ilusoria que solo unas pocas pueden alcanzar.

El estilo feliz se basa en gozar de la estética. En usarla como una manera de contar algo sobre la mujer que la emplea. En crear con lo que se tiene. En definirse según lo que somos y no con base a lo que carecemos. El estilo es más sobre la imaginación y la construcción de una identidad que usa la ropa como un lenguaje; la moda es un afán muchas veces superfluo de darle vida a las apariencias que no tienen sustancia. La mujer de estilo reconoce que la ropa es una maravilla que hace parte de su expresión como mujer, pero sabe que el estilo más maravilloso es aquel que, más que apariencia, se alimenta de gozo y de esencia.

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