AQUAZURRA

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Fotografía: Matthew Pandolfe (http://matthewpandolfe.com/)

Vanessa Rosales, Nueva York

¿Qué es lo que tienen realmente los zapatos para animar tan potentes sentimientos en la psiquis de una mujer? Un paso fugaz por el salón de zapatos de Bergdorf Goodman, en Manhattan, por ejemplo, explica, con imágenes, los afectos que atraviesan el fuero de una mujer cuando advierte el flechazo del zapato perfecto. La perfección puede ser incluso una sorpresa para ella. Es probable que la mujer jamás haya imaginado una composición tan apropiada para sus gustos personales. Puede que el zapato sea materialización nítida de un pequeño sueño que viene acariciando sin saberlo. Puede ser respuesta a un deseo guardado. Esa juguetona gladiadora empinada que va hasta las rodillas, como serpentinas negras en protección procvocativa. O un par de sandalias negras con una serpiente dorada que envolvería el tobillo para hacerme una Cleopatra hipermoderna. Zapatos. Ese incurable afecto e histórico afecto femenino.

En el salón de Bergdorf’s, las mujeres son criaturas incansables. Algunos esposos o novios, adormilados, aburridos, esperan. Sucede que si los mitos sobre el amor femenino por los zapatos son múltiples hasta el cliché, es aún más frecuente que dicho afecto esté por fuera del entendimiento masculino. Zapatos – exclaman con viril indiferencia – ¿para qué? ¿Cuántos se necesitan realmente para llegar de un punto a otro y para cumplir la simple función de cubrir los pies?

Hay mitos sobre el fetichismo. Sobre cómo ciertas áreas del pie son tan táctiles que provocan placeres imprevistos. Hay historias sobre cómo los hombres se fijan extrañamente en los pies de la mujer de sus afectos. Hay teorías psicoanalíticas sobre la semblanza el misterio del arco o los tobillos. Se incluyen historiales de moda teórica – como los de Valerie Steele. También hay teorías personales de escritoras de moda que se han convencido de que si los zapatos pueden al menos aliviar los síntomas perversos de un corazón roto o un mal día, la explicación está en que, como la reflexología, algunos puntos del pie conectan con otras partes del cuerpo. Por consecuencia, el contacto de ciertos puntos precisos tiene sutiles efectos curativos. Hay escenas televisivas donde la analogía entre zapato y amante hace eco en las imaginaciones de la mujer fabulosa que muchas persiguieron ser. Y también flota la idea de que los zapatos tienen un don que tienen pocas prendas en los archivos del vestir. Esa cualidad unificadora, que no tienen los vestidos ni los jeans, consiste en que los zapatos desconocen tamaño, contextura o peso. Los zapatos exquisitos le quedan bien a toda mujer, siempre y cuando la talla corresponda a la de ella.

Y, claro, los dones transformadores de un par de zapatillas rubíes. Y la suerte resguardada para una doncella humilde y maltratada, cuyo delicado pie estaba hecho a la medida de un tacón de cristal preciso. Pero otras corrientes – digamos, por ejemplo, el feminismo de Simone de Beauvoir – han dictado que los zapatos altos, en su evidente impracticalidad, limitan a una mujer a ser prisionera de la apariencia. Incapaz de caminar o moverse confortablemente en su empinado adorno, una mujer sacrifica libertad de movimiento por el don de la belleza. Tiempo hace ya que estas premisas fueron contestadas por feministas de épocas más nuevas, que preguntaron con altivo acierto, ¿quién dijo que la moda o la belleza tienen como fin ser ‘funcional’? ¿Y qué es finalmente lo funcional y para quién?

De la poca libertad de movimiento que permiten los tacones, sin embargo, puedo dar fe personalmente, con dos años de vida en Nueva York a cuestas. Entre mis experiencias se encuentra la certeza de que la vida que exige el movimiento apresurado, certero y agresivo de una ciudad que tiene como estampa la dureza, desvanece los tacones a instantes pasajeros. Veinte cuadras, empujones en el subterráneo, prisa y fuerza para batallar psicológicamente no concuerdan siempre con el adorno en los pies. Eso, en contraste a mi vida colombiana, donde casi a diario he preferido siempre esa dolorosa magia de hacerme consciente del cuerpo, empinada y específicamente empoderada. Sin duda, los zapatos planos son liberadores a su manera y sin duda también, los tacones permiten un afecto femenino que toda mujer que los usa y los disfruta sabe reconocer. Y como tantas otras cosas de la feminidad, confort y belleza, movimiento y adorno se cruzan en una enredadera de contradicciones y ambivalencias.

Hay hombres, sin embargo, que han sabido no sólo comprender sino hacer zapatos que se clavan en el corazón visual de una mujer. Primero, Roger Vivier, maestro de la exquisitez, para quien los zapatos, según escribió la crítica Holly Brubach, generan una especie de reacción en cadena. “Es algo muy misterioso,” dijo Vivier. “Los zapatos son de alguna manera muy terrenales. Son la parte de nosotros que toca el suelo. Y sin embargo, al cambiar el balance en una mujer, la forma cómo se para, pueden cambiar su estado mental, su espíritu, su alma.”

Y luego, hay hombres como Edgardo Osorio quien, como otros talentos arrolladoramente exitosos en la moda son, en el fondo, adoradores de la mujer. Por esto, sus zapatos, los que aparecen aquí y allá en nuestro campo de visión – en las editoras y las imágenes de estilo callejero, en las revistas y en las plataformas de vanguardia digital y también en el salón de Bergdorf’s – tienen una cualidad que pocos zapatos altos logran tener: son cómodos, pero bellos y femeninos, clásicos y sexy. Los zapatos de Aquazurra son gloriosamente relevantes porque materializan el afecto universal entre mujeres y zapatos. Empoderadas con ellos, los zapatos tienen una pizca de feminismo – son cómodos por la ingeniería, una técnica que combina lujo italiano con investigaciones que consiguen que el arco del zapato se ajuste perfecto al pie de una mujer. Los zapatos son un espejo de una de las grandes experiencias de lo femenino: son objetos que nos invitan a ver por su belleza y que en la práctica transforman nuestra psicología secreta.

*Las bellas fotografías fueron hechas en el showroom de Aquazurra en Nueva York.

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