Pieza de Poder: Blazers

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Contenido exclusivo para el blog de NAF NAF, Le Style Naf Naf

Siempre es curioso analizar que las mujeres tenemos la libertad de usar la ropa de los hombres, mientras que a ellos les ha sido vetada toda pieza femenina. Como muchas cosas en la historia – de la vida y del estilo – esto no siempre fue así. Erase una vez cuando era ilegal que una mujer usara todo tipo de vestir masculino. Se le consideraba una trasgresión ilegal e inadmisible.

Colette, una de las primeras mujeres en asumir con osadía la modernidad, osó romper esas reglas en una época en que usar pantalones era para una mujer un imposible. Y una de las leyendas del estilo francés – y de la modernidad femenina – que se atrevió también a prestar prendas de sus acompañantes masculinos fue la gran Coco Chanel a quien la Primera Guerra Mundial concedió la oportunidad para trastocar los ideales del vestir femenino. Las guerras europeas permitieron nuevas libertades femeninas.

En plena década del 40, cuando muchos hombres estaban lejos, luchando en las filas, las mujeres debieron asumir roles considerados usualmente masculinos. Eso, mezclado con una escasez de material textil y un ánimo caído, causaron un efecto en el vestir. Los pantalones, las chaquetas afiladas y las piezas funcionales del mundo masculino entraron en la vida femenina para las actividades que exigían el momento.

La transformación trajo nuevos lenguajes en lo chic. Y aparecieron figuras como Katharine Hepburn, llena de gracia delgada y femenina, que insistía en vestir con blazers angulares y pulidos. Entonces comenzó a volverse natural que lo chic femenino incluyera – como lo había hecho ya Chanel – elementos del guardarropa de los hombres.

Es curioso que el juego entre lo masculino y lo femenino sea precisamente una de las piedras angulares de lo chic parisino. No sorprende demasiado, tal vez, cuando se recuerda que la misma Chanel, emblema de la simplicidad elegante francesa, incluyó ese juego en su alquimia de estilo.

Las parisinas se destacan por su don para hacer de lo simple algo poderosamente chic. Y eso conecta perfectamente con la magia de la mujer moderna: un tipo de mujer para la que el vestir como vivir le permiten ser dueña de sí misma y de su vida. En la comodidad que tiene como característica la ropa masculina, una mujer se libera y se invierte a sí misma en el chic activo de la mujer que trabaja, toma transporte público, camina.

El blazer es un símbolo de todos estos giros en el vestir femenino. También aquella pieza que con furor se impuso al final de los ochenta, cuando surgió aquella línea llamada ‘power dressing’, hecha para las mujeres laboralmente talentosas y competitivas. En ese momento fue una manera de neutralizarse en un mundo de hombres. De disimular las formas femeninas para ser tomadas en serio por aptitudes y no por cualidades físicas.

Y a lo largo del tiempo también ha sido la prueba de que en materia de ropa las mujeres somos ampliamente mucho más libres que los hombres.

Con razón el blazer es entonces estampa de lo chic parisino: sus ángulos masculinos y pulidos hablan sobre urbanidad y modernismo, confort y actividad; y reflejan ese tipo de chic, tan francés, que hace de lo simple algo estéticamente exquisito. Un blazer es, en espíritu, poder y libertad femenina.

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