LOS PELIGROS DE LA MODA

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En la búsqueda de verse fabulosa, una mujer puede perderse en el torbellino de apariencias. Fabulosa la que nutre también su vida interior.

Breakfast-at-Tiffany's

En los archivos del glamour, subsiste una imagen que en la era digital se multiplica como uno de los máximos símbolos de la elegancia femenina: Audrey Hepburn en Breakfast at Tiffan´s. Es la mujer esbelta y delicada que desciende de un taxi al romper el amanecer en las calles de Manhattan, envuelta en un atuendo que aún veneramos como muestra de fabulosa gracia; vestido negro, guantes que suben hasta más de la mitad de los brazos, joyería de perlas dramáticas, pelo arriba y ornamentado; gafas de sol que cubren la mirada.

En el film, donde Hepburn se convierte en Holly Golightly, las imágenes son de una elegancia moderna; la mujer que vive sola en un pequeño apartamento urbano, la anfitriona de excéntricas criaturas neoyorquinas que fuma de una larga, exagerada cigarrera; la que sorprende con sus sombreros y exquisitas selecciones al vestir. En la red, en los universos visuales de Pinterest y Tumblr, las imágenes de Hepburn como Golightly vienen teñidas de connotaciones que la celebran como icono de clase, buen gusto y feminidad ejemplar. Aparece vestida con el ensamble memorable con que muerde un croissant afuera de Tiffany & Co., la cigarrera exagerada y el gato del film. Con frecuencia, aparece junto a su imagen de glamour algún set de palabras o frases que se refieren a su incuestionable elegancia. La imagen de Hepburn la actriz, y Golightly, el personaje, se disuelven entre sí.

Pero debajo de la fachada de chica-glamour, de la belleza delicada, del gusto estético del personaje, de su idilio con un escritor vecino, de su fabulosa vida de fiestas y joyería, de su vida en Nueva York, una de las ciudades más asociadas con la alta moda, existe una verdad sobre la historia que el film evocó a través de velos muy sutiles. Hecha en 1961, la versión cinematográfica es una adaptación de la novela original de Truman Capote – una historia mucho más triste, ambientada en la Segunda Guerra Mundial, sobre Holly Golightly, una mujer frágil y extraviada, que al escapar de una vida simple, debe prostituirse para subsistir.

El film nos revela que Holly es en realidad Lulla Mae, que sus orígenes son modestos y campestres, que su acento verdadero es del sur americano, que se casó con unos escasos catorce años y que su identidad neoyorquina es una mascarada. Hepburn, sin embargo, en su celoso cuidado de imagen como actriz, exigió que el asunto de la prostitución flotara en la narrativa sin hacerse nunca explícito. Hepburn, cuya belleza de porcelana y delicadeza corporal ostentaban una sexualidad poco evidente, rechazó cualquier posibilidad de ser abiertamente asociada con el tema. Capote, por su lado, había deseado a Marilyn Monroe, con sus curvas salientes y su fragilidad genuina, para el papel estelar.

Hay escenas, sin embargo, que arrojan pistas. Cuando Golightly despierta, bajo el sonido insistente del timbre, con la máscara de dormir turquesa y dorada que roba el aliento al público femenino, emerge de la cama y entra en una camisa masculina tipo tuxedo, el rastro de algún hombre que ha pasado por allí. En las secuencias iniciales, un hombre la persigue hasta la puerta de su casa, exigiendo favores especiales tras haber pagado la cena para sus amigos; en la biblioteca pública de Nueva York, Holly confiesa a Paul que le entregan billetes de cincuenta de dólares para ir al tocador femenino.

Vivimos en la era estética. En un mundo donde imágenes de todo tipo circulan libremente en el universo digital. La imagen de Audrey Hepburn como Holly Golightly pervive en los imaginarios de hoy como símbolo de feminidad ejemplar. Una mujer bella, deliciosamente vestida, a la que todas, de cierta manera, aspiramos encontrar en nosotras mismas. Una figura que podemos interpretar con vestidos negros, joyerías opulentas, y gestos sensibles.

Pero lo cierto es que la imagen que circula no es del todo precisa. Lo cierto es que Holly Golightly llevaba una tristeza honda en su exquisita feminidad. No sólo huyó de su hogar, destiñó los rastros de su acento real y fabricó una identidad de mentira, sino que para obtener aquellas fantasías que veía como Lulla Mae en las revistas lustrosas de moda, debió perderse a sí misma para ganar toda la materialidad de vestidos, sombreros, zapatos, fiestas, vanidad y joyería. ¿Cómo podía una joven mujer, sola, en Nueva York, costear esa fantástica vida de brillos y cosas bonitas?

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El espiral de las apariencias

Las calles de Manhattan, la fisonomía de Audrey Hepburn y los brillos de Tiffany’s tienen, a primera vista, muy poco conexión con Colombia. Pero hay algo sobre Holly Golightly que resuena fuertemente con un fenómeno colombiano que ha circulado en abundancia en los últimos años: el tema de la pre-pago, o de las mujeres que, carentes de los recursos y las oportunidades adecuadas, se insertan en el círculo de la cultura del narcotráfico y de los distintos modelos de prostitución que pueden proporcionales vidas donde la ropa y las cosas bellas sean abundantes.

A lo largo de la gran variedad de mujeres que existen, muchas de nosotras nos sentimos particularmente tocadas por el tema estético. Podemos ser criaturas atraídas y motivadas por la belleza. Cada lugar, cada mujer, cada contexto social, cultural, geográfico, psicológico y económico crea un set de valores y gustos particulares. Lo que es bello y deseable en París no necesariamente lo es en Seúl. Lo que para algunas significa buen gusto en Medellín puede significar algo radicalmente distinto en Lima.

Pero entre todas esas diferencias, la búsqueda por ser fabulosas, el deseo de rodearnos de belleza y el gusto por la ropa, los zapatos y los objetos preciosos nos pueden unir como mujeres. Históricamente, la moda y la apariencia han sido temas determinantes en el acto de ser mujer. La moda siempre ha sido un tema asociado a lo femenino. Como los ritos de belleza. Y los cuidados de la decoración. Y el apetito insaciable por los zapatos. Y la admiración por la forma de vestir de las otras.

Esta norma, que parece obvia, es una construcción. En el siglo dieciocho, con el desarrollo del capitalismo industrial, con el nacimiento de una cultura de consumo, los hombres salieron de las convenciones aristocráticas para tener vidas laborales en la esfera pública. Las mujeres se quedaron en el hogar, para demostrar el poder adquisitivo de los esposos, para consumir y para usar ropas elaboradas. Desde entonces, los hombres se definieron por lo que hacían; mientras que las mujeres se definieron por su apariencia o por cómo se ven.

En nuestra cultura, quedan rastros de esta forma de pensar sobre lo masculino y lo femenino. Los hombres hacen; las mujeres aparentan. Los hombres de verdad no se cultivan estéticamente; las mujeres desprolijas no son mujeres de verdad. Pensamientos simplistas pero comunes. Por eso, cuando afloró el feminismo, muchas mujeres del movimiento se oponían con fuerza a la moda; la veían como una prisión para el ser.

En muchos sentidos, la moda nos genera ansiedades, exacerba nuestro narcisismo, aumenta nuestra vanidad y nos impulsa a un mundo donde la superficie es altamente importante. Pero también nos conecta con nuestro amor por la belleza, con el deleite de ser mujer, con el gozo que obtenemos de los objetos bellos y con la capacidad que tenemos de expresarnos con lo táctil y material.

Hoy, cuando la moda es la gran moda global, las imágenes de Internet nos permiten ver lo que llevan las mujeres más fabulosas del globo. Este acceso democrático a la moda hace que valoremos mucho más la estética. Estar a la moda es importante. Vestirnos bien nos interesa. Participar en el sistema nos motiva. La ropa puede darnos el poder de narrar quiénes somos. De expresar, con un mensaje visual e instantáneo, lo que sentimos o lo que nos define.

El peligro es cuando nos perdemos en el espiral de las apariencias. Como Holly Golightly, en Breakfast at Tiffany´s, que añoraba una vida fabulosa, cosmopolita y llena de lujos estéticos. Como el personaje de Sin tetas no hay paraíso, que buscaba, en el modelo particular de belleza de la Medellín de su época, una forma de ascender, de vivir mejor, de procurar la belleza que su entorno dictaba.

En países como Colombia, el groso de la población femenina no posee los medios ni las oportunidades para acceder a las maravillas de moda que vemos en Internet o en las revistas. Y muchas mujeres, en la búsqueda de ser magníficas, de tener cosas que las afirmen como mujeres bellas, pueden caer en la trampa de sacrificarse a sí mismas.

El tema de la estética que nos ha legado el narcotráfico – que tantas veces he discutido en lo que escribo – no es tanto un asunto de buen gusto o de estilo; es un tema de feminidad, de lo que significa ser mujer en Colombia. En los países latinoamericanos, y en un país como Colombia, donde lo que puede o no ser una mujer sigue siendo bastante estrecho, donde las percepciones de la mujer siguen basadas en visiones cristianas y reductoras, la apariencia sigue siendo el gran don femenino. El gran valor a través del cual se definen las mujeres.

Ser bella y ser deseable son algunas formas que tienen las mujeres de afirmar su identidad. La moda entra en esos dominios. Y el tema de las pre-pago, o de los modelos de prostitución explícitos o sutiles que existen como soluciones para aquellas mujeres que no ven otra posibilidad, no es un tema de mal gusto; es un reflejo de una de las batallas más grandes en la vida femenina.

Lo más difícil en la vida de una mujer es, tal vez, no escuchar la voz de más nadie para ser ella misma. No depender de la aprobación de los hombres o de los otros, para afirmarse en su sentido de ser. Cuando crecemos en un contexto que nos dicta que ser bellas y sexualmente deseables es lo que nos otorga mayor poder, muchas mujeres cultivan su aspecto estético como la gran materia que define sus vidas. Cuando vivimos en un mundo que nos impulsa a participar en la moda, algunas mujeres pueden ceder a la tiranía de la apariencia y perder su sentido de ser.

La moda es un universo fantástico. Lleno de bellezas ensoñadoras. Pero en el gran deseo femenino de ser fabulosa – como la imagen de Audrey Hepburn como Holly Golightly – el gran reto es el balance. No existe apariencia que valga lo suficiente para que una mujer joven caiga en la trampa de intercambiar su cuerpo por objetos que prometen las glorias de la belleza.

Las mujeres que más despiertan mi personal admiración son aquellas que no parecen atrapadas por la jaula de la apariencia. Son mujeres de estilo pero también de sustancia.

Son femeninas y vanidosas, pero también cultivan aquellas áreas o actividades que las hacen sentirse dueñas de sí mismas, que las dotan de una vida propia, aquellas cosas que las hacen individuos, criaturas que se alimentan de ellas mismas para sentir el peso de su valor.

Lo más difícil de ser mujer hoy es alcanzar balance. La búsqueda, a mi parecer, debe ser por tener una vida interior sólida. Esa vida interior fuerte hace que las expresiones con la ropa sean más poderosas. No importa si esa expresión sigue o no los últimos ritmos de la moda. Lo esencial es que la ropa que llevemos nos conecte con quienes somos.

La mujer fabulosa no es la que mejor o más caro se viste. Tampoco la más deseable para la mirada masculina. Ni la que más bello se viste para la mirada de las mujeres. La mujer fabulosa es la que entiende que la apariencia es apenas un componente, entre muchos, en el complejo arte de ser mujer. Chanel dijo: las modas pasan, el estilo nunca desvanece. Así también, la apariencia pasa, nuestro ser nunca nos deja.

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