CARIBBEAN CHIC: UN ESTILO, VARIOS ICONOS

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El año pasado, Valerie Steele habló con elocuencia frente a un podio en Cartagena. El tema era la moda latinoamericana; sus alquimias y matices. Con frases afiladas, la gran dama de la moda intelectual norteamericana lanzó pistas sobre cómo se crea una cultura de moda local. Habló, por ejemplo, sobre la importancia de crear iconos.

Porque somos un país que puede considerarse parte de la periferia de la moda tradicional, Colombia mira con frecuencia hacia afuera para conectarse con los pulsos de la moda global. Pero como ese sistema ha ido perdiendo sus límites acostumbrados, y porque hoy la moda es más democrática y descentralizada, en el presente, Colombia es uno de los muchos países que ha entrado en la búsqueda de crear su propio panorama de moda.

En ese paisaje, siembro con este pequeño ensayo una provocadora idea llamada caribbean chic. Trazo algunos de sus posibles iconos. Y evoco con esta idea el eclecticismo que caracteriza a las criaturas que nacimos y nos criamos en la costa colombiana – así como en otras zonas del país. Pero un lector riguroso cuestionará, casi de inmediato, lo que se quiere decir con ‘caribe’. Y existen, claro está, problemas importantes a la hora de definir la palabra.

Caribe puede referirse a La Habana pre-revolucionaria, con pisos de ajedrez y brillos del Tropicana; a la Sonora Matancera y su sabrosura de big band; a las imágenes setenteras de La Fania que estallan coloridas con vestimentas excéntricas en los personajes que tenían acentos del barrio latino neoyorquino. Caribe puede ser la imagen de María Félix, gloriosa, colmada de joyería dorada o enigmática y pelioscura en imágenes de cine viejo mexicano. Puede ser Celia Cruz, con su piel de ébano magnífica, afro azabache, vestida de naranja y marfil. O pueden ser los accesorios frutales y los collares maximalistas de Carmen Miranda. O la piel clara y curva de Rita Moreno y su estampa en el Hollywood clásico. O La Lupe, con su naturaleza mulata, escandalosa y afiebrada.

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Caribe pueden ser los sobres llamados ‘Callecitas’, de Silvia Tcherassi, en cuyos brillos y colores se leen imágenes digitales de Cartagena o de Barranquilla. O puede ser Bianca Jagger, con un traje de tintes masculinos, todo blanco, en la era del rock n roll y del disco. Caribe puede ser Cartagena de Indias, con sus flores magenta que caen como cascadas de balcones coloniales que coronan casas color lavanda, rosa coral, amarillo pastel o turquesa vivo. O puede ser el pálpito profundo de la champeta, que hunde sus raíces en la oscuridad vivaz del África y se recrea, día a día, en el ingenio tropical de los suburbios pobres y urbanos. O la exquisitez de la mujer venezolana que es ama de la delicadeza femenina. También las lentejuelas en los días carnavaleros de Barranquilla. Caribe también puede ser Estrella Morente, con su belleza mozárabe, cuyos cantos de flamenco van adornados de encajes, abanicos y motivos florales.

Silvia Tcherassi

Caribe puede ser un punto geográfico, un adjetivo, un estado del alma, un esquema de colores o un remolino de imágenes – baldosas árabes, columnas coloniales, frutas y flores, abanicos de mano, vestidos blancos, los dorados de la tarde. Caribbean chic es un estilo que combina elegancia, que es una forma de belleza simple y pausada, con el colorido, el eclecticismo, la sabrosura, la magia y el humor de lo caribe.

Para navegar la propuesta de un estilo llamado caribbean chic, el lector deberá ser indulgente con quien escribe. Escribir de moda implica muchas veces nombrar las cosas a través de abstracciones juguetonas, usando palabas que abarcan realidades parciales. Roland Barthes explicó esto mucho mejor de lo que  podré hacerlo aquí. Pero la idea de este estilo, que nace de mi propia biografía, tiene también tinte de invitación. A que en Colombia creemos conceptos o estilos que nos identifiquen como lo que somos – que caribbean chic, u otras ideas similares, inicien una conversación, cuyo último fin es darle forma y nombre a nuestra propia alquimia estética. El paisaje colombiano de hoy requiere que inventemos nuevos índices para nuestra moda y su identidad.

Nueva York es una ciudad que exige crear una armazón. Compartes espacio con millares de extraños en las situaciones más ínfimas. Los fluidos energéticos de la mar de anónimos que encuentran tu mente y tu mirada, día a día, drenan, agitan el espíritu. Por eso, quien vive aquí sabe bien por qué a veces el negro es la mejor opción. Para los japoneses, el negro es una forma de velar la identidad, de ocultarla en una neutralidad sutil. En el corazón de la moda palpita siempre una contradicción: el deseo de querer resaltar y también de pertenecer a la tribu de los bien vestidos. Así que el negro te permite navegar las aceras con la sensación de que podrás sobrevivir a Nueva York.

Pero un maestro en diseño de moda me dijo alguna vez que el estilo personal tiene que ver con la capacidad para conectarse con lo que nos hace únicos. Cuando comencé a excavar, y me vi, perdidamente mortal entre tantos adoradores de moda, entre tantos rostros neoyorquinos, descubrí que tal vez lo que me hacía ligeramente única aquí es que vengo del Caribe, un lugar que es tan sofisticado como informal, donde en mi caso particular, se pueden juntar la Argentina, Italia y el Líbano; donde lo criollo y lo negro se juntan con lo español y lo flamenco. Expresar esto en mis mensajes estilísticos implicó ser más fiel a mí misma y reconocer, que en esta urbe que palpita sin medida, mi estampa no es ser una criatura urbana y minimalista, sino una mujer del caribe.

Con frecuencia, he reprochado que la mujer del trópico colombiano ceda a las vestimentas del cliché para adornarse ante las condiciones que implica un clima caliente. Con el tiempo, he comprendido el por qué de estas selecciones. Silvia Tcherassi me dijo una vez, sentada en su atelier, que el Caribe, con sus colores y sus ánimos, inspira en la mujer el uso de ciertos textiles y ciertas tonalidades. A veces, en materia de moda, olvidamos lo fundamental que es el clima y el cuerpo en la forma cómo se construyen las prácticas del vestir.

El lino y su ligereza necesaria para enfrentar más de treinta grados centrífugos a mediodía. Los colores vibrantes y encendidos en los textiles que sobrevuelan la piel sin ceñirse a ella. Las plataformas de espadril para gozar los efectos de los tacones en la fiebre húmeda de la tarde. El uso frecuente del blanco, la ausencia de joyas durante el día, la necesidad de desplazarse en sandalias. Con el tiempo he comprendido que el clima del caribe tiene efectos en la psiquis de quien se viste para su humedad soleada. Hoy comprendo más por qué las mujeres allí, – que antes se me antojaban sin gusto o ingenio para vestir,- repiten ciertas formas, colores, siluetas y soluciones para vestirse. También es cierto que la forma de vestir de un lugar se da con base a lo que ofrece el mercado local y a las imágenes que sirven de referencia mental para el momento cotidiano de escoger cómo lucimos.

Aún así, este pequeño ensayo tiene como fin avanzar esas opciones acostumbradas para el hábitat tropical. Propone sacudir lo que ya es convencional. Propone que las mujeres, con un poquito de rebeldía y buscando reflejarse a sí mismas, se animen a inventar su caribbean chic – una alquimia donde pueden entrar flecos y perlas, flores y abanicos de mano, estampados y motivos gráficos, piezas pasteles y modernas, vestidos con acabados más modernistas, inspiraciones del son, la salsa, el flamenco, el tejido indígena.

Los iconos del caribbean chic no son siempre individuos – podemos pensar en Celia Cruz y Rita Moreno, en Carmen Miranda y María Félix, en Bianca Jagger y Silvia Tcherassi, en Carolina Herrera y La Fania, pero también podemos imaginar lo que sucedería si un diseñador pensativo y sensible creara del festín sensorial que es Cartagena de Indias un repertorio de vestidos; podemos ver en las frutas características – piña, mango, patilla-, en la funcionalidad de la guayabera, en los colores de las casas y la comida, en las casas antiguas, en las veraniegas, o en las formas de Obregón iconos para animar la idea del caribbean chic.

 Hoy, por ejemplo, el son, la salsa y el bolero – por citar breves referencias – han sido sustituidos por los pulsos del reggeatón. ¿Y qué celebra la cultura estética de este género? Una mirada mediada por la lujuria masculina y una complacencia en la voluntad femenina para igualar esa imagen de una mujer redonda, siliconada, y dispuesta a menearse según los dictámenes del hombre que inventa ese prototipo.

No puedo ni deseo hablar por todas las mujeres en Colombia. Como cualquier escritor, es probable que lo que escribo resuene con las mujeres que pueden identificarse conmigo. Como cualquier académico, traigo mis propios prejuicios e inquietudes a mi trabajo. Iris Marion Young, una teórica de moda feminista, escribió algo similar alguna vez; la experiencia de quien escribe es limitada y particular, y es posible que haga más eco en las personas – o mujeres – que tengan similitudes con el escritor. El fin verdadero del feminismo no es separarnos de los hombres, ni buscar ser como ellos, ni expresar una autonomía absoluta, ni caer en un radicalismo; el fin de feminismo es reflexionar sobre lo que significa ser mujer en el tiempo en que vivimos. En este caso, la creación de un estilo llamado caribbean chic, que sea elegante y colorido, ecléctico y mixto, tiene también como fin crear una estética femenina que no sólo responda a los criterios del deseo masculino.

Muchas escritoras feministas expresan experiencias que resuenan en lectoras que tienen experiencias parecidas. Lo que ofrece este ensayo es eso: la idea de un estilo llamado caribbean chic, que algunas mujeres encontrarán como un espejo o, al menos, como un lugar donde crear una identidad estética y de auto-adorno que combine las cosas que vemos afuera y las cosas que nos hacen colombianas, tropicales o caribeñas.

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