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En mi mirada, Rusia, como muchos lugares donde pasó el comunismo, tiene el alma fusilada. Moscú tiene un aire de rigor árido, sus temperaturas y luces cromáticas contrastan con mi origen de Caribe y la pasión que experimenta mi fundación de esteta en París. Pero hay en Rusia también vestigios de una opulencia incomparable, de una capacidad estética que deslumbra con sus cruces de antiguëdad turca y bizantina; donde se sincretiza la fe religiosa con la concupiscencia material. Es la Rusia hecha de perlas, como hilos, incrustadas en piezas de halo irreal, de rojo, oro, azul y violeta tibio, de fulgores coloridos, mixtos en los brocados y dorados, en los hilos de plata y la finura de la madreperla que estalla ínfima y extraordinaria ante la mirada del que siente la palpitación vital frente a la facultad humana de crear belleza material, que pervive el tiempo, su inclemente paso; una belleza ambigua que resistió y se ahogó también con las sofocaciones del comunismo – que asesinó dioses religiosos para erigir nuevas deidades de ideologías y fanatismos. Belleza indescriptible en algunas apariciones del Museo de Artes Decorativas.

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