SIMB: ESTANCAMIENTO USUAL

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Vanessa Rosales

Terminada la Semana Internacional de la Moda de Bogotá, una sensación familiar queda suspendida en el aire: es poco lo que parece haber cambiado. Mientras que el público de moda en Colombia sigue absorbiendo una estética más refinada –  pasarelas internacionales, moda callejera en otras ciudades, revistas virtuales y blogs -, los diseñadores colombianos parecen basar sus ánimos creativos en todo menos en lo que está sucediendo dentro del vertiginoso ritmo de la moda global.

También es cierto que por mucho que se hayan ensanchado los horizontes de la información, la mayoría de los acudientes – personajes del gremio de la moda incluidos –mantienen una deslavada, involucionada y poco estimulante manera de vestir. Chicas que se uniforman con pantalones pitillo o leggings, camisas fluidas, blazer y botincitos de amarrar. Personajes entusiastas que recargan sus ensambles con elementos excesivos o que llevan particulares elecciones que abren el apetito por una mejor calidad. Después está el entusiasmo adulador, los inexplicables personajes sentados en primera fila y la incomprensible falta de cohesión en nuestro sistema local – con demasiadas semanas de la moda aquí y allá.

La sensación más fuerte que deja la SIMB es que se acude a celebrar algo que no se repara. La ropa parece una fantasmagoría, una excusa para fabricar un evento marcado por el despropósito. La SIMB parece simular un encuentro que se concentra en todo menos en lo realmente significante: ¿qué dice la creación de ropa en Colombia en un contexto de moda tan único como el que presenciamos por estos días? ¿Los diseñadores locales logran transferir nuestros referentes ‘autóctonos’ en conceptos más atemporales? ¿Qué están ofreciendo los modistos nacionales justo cuando llegan al país Armani, multimarcas, Bimba & Lola y BCBG para acompañar a Mango y a Zara?

Se ve, una vez más, cómo los diseñadores parecen blindados frente a esta realidad. Y frente a los ridículos intentos de yuxtaponer lo esencialmente ‘colombiano’ a siluetas más universales, frente a la repetición de lo que ya han ensayado y exhibido incontables veces atrás y frente a la falta de calidad en los textiles, uno no puede menos que preguntarse ¿en qué están pensando los diseñadores colombianos a la hora de crear?

No es la primera vez que formulo esta pregunta ni tampoco será la primera vez que agregue que, a la aparente falta de esmero y consciencia de los modistos, se sume la adulación superflua de los periodistas. Allí se condensa una gruesa tajada de nuestro estancamiento.

El domingo después de la SIMB, El Tiempo publicó un reportaje cuyos elogios bordeaban el cinismo. Se dijo que lo mostrado en el evento estaba a  la altura de competir con las ofertas de ‘moda rápida’ que llenan hoy nuestro mercado. Se dijo que las colecciones reflejaban las tendencias del momento. Mientras tanto, las imágenes escogidas hablaban por sí solas: salvo el azul eléctrico en uno de los ensambles de Renata Lozano – una de las pocas colecciones que brindó una bocanada de potencial – el resto de los looks se veían todo menos actuales, sofisticados y relevantes.  Ni siquiera el mismo look de Lozano lograba reflejar relevancia o refinamiento.

Muy pocas cosas en la SIMB pusieron en contacto al consumidor colombiano con ropa deseable de espíritu global. La zona de confort sigue intacta. Mientras que medios de tan gran alcance como El Tiempo sigan elogiando la insuficiencia en el diseño, es poco probable que los diseñadores pujen fuera de su inercia.

Aplaudo los nuevos e inéditos ánimos críticos que percibí entre editores, blogueros y algunos periodistas. Aplaudo que los susurros que por lo general se quedan en conversaciones íntimas de las primeras filas se hayan filtrado en medios visibles. Aplaudo que existan colegas que deseen acompañarme con una mirada crítica. Sin embargo, despotricar mordazmente puede representar un cambio en las actitudes públicas, pero no necesariamente muestra la construcción de una crítica sólida y coherente.

Lo que permanece es lo de antes: la ropa producida en Colombia sigue viéndose desconectada del mundo y de la estética que encarna cada día más una comunidad local y vanguardista. Los diseñadores parecen aferrarse desesperadamente a unos estándares que no cautivan ni innovan. Comienza a brotar una nueva actitud crítica pero el groso de los periodistas alimentan la inercia con su adulación.

Sobre las pasarelas

En Julia de Rodríguez se ahondó, como de costumbre, en cueros y gamuzas magníficas. La colección transcurrió sin cohesión. Algunas salidas tenían potencial pero resultaron inconexas con lo demás. Unos bonitos pantalones vinotinto de cuero salieron a la pasarela, un look todo en terciopelo negro – con extraños acabados en las extremidades – y un look en gamuza lavanda asomaron potencial, algunos incluso emanaban un ángulo ligeramente duro y rock n rollero. De Rodríguez hizo el intento de pensar en edades diversas, pero esquivó toda posibilidad de imaginación, perdiendo la oportunidad de fabricar básicos que, por su material, sobrevivan   a las tendencias y al tiempo. Uno querría ver unos shorts en ese cuero vinotinto, tal vez un vestido todo de terciopelo o de cuero; una falda pitillo, en cuero, para las mujeres oficinistas. Hoy más que nunca las mujeres desean adquirir prendas duraderas, tanto en calidad como en estilo. El cuero es uno de los materiales que más ofrece esta posibilidad.

Paula Mantilla parecía estar embromando al público al enviar a dos hombres tomados de la mano con ensambles que se perdían en tan insípida afirmación. El chiste parecía acentuarse cuando envió a desfilar a Marcelo Cezán, quien miraba concupiscentemente a la audiencia. Cada look salía más desconectado del otro y las expresiones de mal gusto llegaron a tope cuando salió sobre la pasarela una misteriosa prenda que parecía ser  tanto pantalones como shorts de encaje negro.


Johanna Ortiz
 recurrió a las típicas fórmulas de drapeado, fluidez y asimetría. Es un logro que un diseñador consiga asociar su nombre con un look determinado, pero el caso de Ortiz no es de estampa estética sino de redundancia y  falta de empuje imaginativo. Sus piezas poseen la misma cualidad de las que se ven en Pink Filosofy. Opciones agradables que reducen las posibilidades de las mujeres colombianas a fórmulas repetidas.

Rescato la colección de Leal Daccarett por ser el único desfile que demuestra un apetito más global y de otro nivel. También que hayan enfatizado la presencia del styling, un concepto que en nuestro país se confunde con producción de moda, es decir, con prestar ítems de una tienda y acomodarlos sobre el cuerpo de una modelo o celebridad. El styling –que combina fuerza conceptual con visión estética- estuvo a cargo de Catalina Zuluaga y reflejó una crudeza femenina como la de Givenchy o Alexander Wang. Aún cuando hubiese preferido un manejo más sutil de las transparencias, la estética proponía un concepto de feminidad que choca– y por ende refresca-  los looks de reina de belleza más habituales en el país. Sentí que Leal Daccarett quiso ensanchar sus códigos y explorar unas bases más duras y edgy. Pero debo confesar que en su bondadosa intención sentí que perdieron de vista la magnífica cadencia que desplegaron en los looks cargados de color Caribe, texturas orgánicas, estampados deleitables y contrastes enérgicos. Esos looks demuestran que es posible cargar la ropa de referencias locales sin bordear el cliché y apelando a una estética deseable.

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