MANIFIESTO DE UN ÁRBITRO DE ESTILO

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El mal gusto parece ser la característica más notoria en la moda colombiana. ¿Qué es mal gusto? Se preguntan algunos con insistente frecuencia. Mal gusto es comulgar con las expectativas estéticas que ha depositado el narcotráfico en las mujeres colombianas. Mal gusto es vestirse únicamente para recibir la aprobación de los hombres.

En Colombia, es costumbre que las mujeres se perciban a sí mismas según como las perciben los hombres. De ellos depende sentir que somos deseables y bellas. Por eso, es frecuente que las mujeres se ajusten y acorten la falda, que asomen explícitamente el escote, que ciñan las siluetas a la figura y que, por sobre todas las cosas, complazcan los fetiches visuales de los hombres. De hecho, las mujeres prefieren marchar al ritmo de lo que ellos consideran atractivo y parecen olvidarse de que nuestra relación con lo estético es muy distinta a la de los hombres. Las mujeres nos emocionamos cuando algo apela a nuestro gusto visual y estético; los hombres se excitan con cualquier imagen asociable al cuerpo de la mujer.

Aún así, la mayoría – o al menos muchas- prefieren  vestirse para ser un cuerpo apetecible. Pierden de vista que, si la moda es uno de los pasatiempos femeninos más antiguos, también es porque la ropa es una manera de hacer afirmaciones de identidad. Mal gusto es usar la ropa para hacer una invitación sexual y no una afirmación sobre quién eres.

Mal gusto también son los estándares de calidad y creatividad que tienen para ofrecer la mayoría de diseñadores colombianos. Textiles paupérrimos, materia prima de baja calidad, inercia creativa y la costumbre de reciclar, una y otra vez, lo que ya han hecho. En una época en la que Internet y las revistas de moda internacionales se han vuelto más accesibles al público colombiano interesado en moda, uno no puede menos que preguntarse: ¿en qué están pensando los diseñadores colombianos cuando se animan al boceto y al taller? De a momentos parecen burlar al público local con colecciones desconectadas de lo que sucede en la moda global. Así, el mal gusto es común en las pasarelas de las ferias nacionales que celebran disparatadas muestras de lo mismo o pasarelas que, al final, relucen por ausencia de cohesión y tendencias.

Pero mal gusto también son las mujeres que prefieren verse planas y simplonas por un extraño temor a la vanidad. Hace 20 o 30 años, cuando el narcotráfico inventaba el estereotipo de la muñeca siliconada, era comprensible que muchas mujeres se volcaran a un uniforme que aún  hoy domina las calles bogotanas: jeans, Converse, mochila. Lo usan muchas mujeres que parecen temerosas de su propia feminidad e incluso algunas que complacen a los hombres de otra manera: extra simplificándose para no incomodarlos. Ser simplona o vestirse para complacer al ojo masculino, de fondo, ambas cosas reflejan cómo la moda colombiana está definida por el afán de las mujeres de recibir consentimiento externo. Algo que también define cómo ser mujer en este país.

Mal gusto también es la estética del subdesarrollo que se nos ha impuesto gracias a la oferta que tienen a la mano las mujeres colombianas. Las tiendas promedio insisten en manejar un estilo retrógrado y tropical, con tintes vaqueros, acabados sin finura o looks que las alientan  a permanecer uniformadas en el infaltable conjunto de jeans apretados, botas y chaqueticas cortas. Algo similar sucede en los ambientes laborales. Las oficinas son pequeños laboratorios de tendencias que contienen el espíritu de vestir de la mujer colombiana: si es formal entonces debe ser aburrido; si no te vistes de sastre y si gozas de la posibilidad de jugar con tu estética, no te tomarán en serio.

La mayoría de las mujeres, además, prefieren evitar cualquier mirada intranquila y optan por el conformismo estético; al vestirse como las demás, sin ingenio, sin osadía, se suman a la masa gris y mal vestida que las rodea. En ese sentido, Bogotá puede ser una de las ciudades menos invitantes a vestirse sobre el planeta. Preferimos rehuir las miradas juzgadoras que disfrutar de una de las condiciones más deleitables de la feminidad: la posibilidad de jugar con la apariencia y reinventarse, día a día, a través de ella.

No es fácil aprender a vestirse bien en un país que mira con sospecho o recelo a quien lo hace bien. (Uno de los Iconos Vanguard lo ha dicho bien: “en Bogotá, si te vistes bien, te miran mal”). También es un país donde, claramente, las oportunidades no están dadas para una población mayoritaria. Pero además, Colombia es lugar donde se sigue viendo a la moda como un temita secundario, banal y fácil de relegar. Aquí, quien ostente interés por la moda queda inmediatamente descartado de poseer intereses intelectuales.

Lo que muchos pierden de vista es que la moda es importante porque siempre ha sido espejo de la época; a través de ella podemos entender mucho sobre los comportamientos sociales del presente y del pasado. Y también – como quiere Vanguard  recordarle a Colombia  – la moda y la ropa son vehículos para que una mujer le diga al mundo: “esto soy, esto quiero y esto puedo ser”. La ropa puede ser una forma de reflejar lo que somos en el performance que es ser mujer.

En Colombia, la revista Soho comprueba cómo las mujeres más despampanantes necesitan el consentimiento de la lujuria masculina para afirmar su belleza y sentirse deseables. Esta necesidad de complacer al hombre no sólo nos ha hecho vulnerables y dependientes del consentimiento externo, sino que también nos ha hecho envidiosas y competitivas entre nosotras mismas. En la calle, en los restaurantes, en las fiestas, en los ascensores, la mujer colombiana no mira a la otra: la escruta, como diciéndole “te miro para ver si eres mejor que yo físicamente, te miro para comprobar quién atraerá más el apetito masculino”. No es una mirada de curiosidad o contemplación, una mirada motivada por el descubrimiento o la inspiración. Más allá de nuestras patologías o condiciones biológicas, la necesidad por complacer al hombre también enrarece nuestra manera de mirarnos y retroalimentarnos las unas a las otras.

¿Por qué a las mujeres colombianas nos cuesta tanto inspirarnos las unas a las otras? La clave para encontrar el mayor atributo femenino – la seguridad – está en sentirse cómoda con la variedad y la diferencia.

Vanguard nace para la celebrar la ropa como una forma de expresar quiénes somos. Para mostrar una estética opuesta al mal gusto que nos rige. ¿Qué es buen gusto?  Celebrar genuinamente nuestra identidad, conocer nuestros cuerpos y vestirnos para ellos, jugar a la performer sintiéndonos cómodas con la posibilidad de jugar distintos roles y de ser distintas a las otras; descubrir expresiones de sensualidad que no se sigan por la opinión masculina; emanar un estilo cargado de gracia y posesión de sí misma.

Se espera que las mujeres estén al servicio de los deseos del hombre, incluso cuando de ropa se trata. Vanguard nació para que la mujer colombiana aprenda el camino del buen gusto y se deje inspirar, no amenazar por las otras. Nació para que las mujeres puedan sencillamente ser y para que lo muestren a través del arrebato que muchas – si no casi todas – tenemos en común: la moda y el estilo.

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