LENTE CRÍTICO: VANGUARD ANALIZA EL ESTILO DE LA MUJER BARRANQUILLERA

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Las mujeres barranquilleras no temen ser ferozmente femeninas a la hora de vestirse. Pero hay mucho en su estilo que refleja el estancamiento generalizado que abunda en Colombia. Crónica visual de Plataforma K.

Vanessa Rosales

Las tres chicas están de pie a la entrada del Jumbo en el Club Country. Me ven pasar junto a ellas mientras echo una mirada a sus ensambles, las tres vestidas con composiciones similares: faldas notoriamente ceñidas, muy por encima de las rodillas, blusas fluidas y zapatos de altura vertiginosa; plataformas en una, stilettos en las otras dos.

No es infrecuente que la mirada se encuentre con este look insigne de las mujeres barranquilleras. Incluso en contextos tan distintos como Bogotá, en – por decir algo – lugares como Kong o Magnolio, donde son habitués, atraparán la vista ataviadas de manera similar. Estas mujeres tienden también a ser poseedoras de una belleza arrolladora. Son impecablemente femeninas. No le tienen miedo a las curvas, a la gestualidad sensual y, ciertamente, no le temen a los tacones. Entre más altos, mejor. Este último es un rasgo que personalmente celebro y aprecio de las mujeres barranquilleras. A diferencia de otras que se escudan, por ejemplo, detrás de uniformes sobre simplificadores, temerosos y que rehúyen la expresividad delicada, las barranquilleras no temen atraer la mirada por su feroz feminidad. Tampoco temen mostrar las piernas ni, como me dijo alguien alguna vez ‘no tienen miedo de hacer voltear cabezas al pasar’.

Pero, abstracciones aparte, también hay más. En diciembre de 2010, una noche en Live, mis sentidos son ligeramente sacudidos por la refrescante diversidad. Chicas con matices vintage en los ensambles, camisa abotonada hasta arriba con pantalones talle alto, falda plisada con un bolso que parece extraído del armario de una abuela chic, absoluto desenfado en una que se carga a sí misma despreocupada en jeans noventeros Levi’s y una t-shirt, otra que aparece con un fabuloso chaleco largo de ornamentaciones estampadas.

En Plataforma K, sin embargo, lo que desfila frente a la mirada es una especie de uniforme que ejemplifican las chicas que me ofrecen su mirada esquiva a la entrada. Y, como sucede en el resto del país, hay una homogeneidad estética que muestra fuerte preferencia por lo corto, lo apretado y que expresa ansiedad por complacer a los hombres en sus propios términos. Es una estética desprovista de dignidad, demasiado dispuesta a mostrar el cuerpo y no a la mujer dentro de él.

Esta homogeneidad también queda bien expresada en otras estampas: los vestidos de corte imperio en telas sintéticas y lustrosas, las túnicas asimétricas, los ensambles todos en denim y los particulares vestidos blancos en versiones campesinas. También común: mujeres que fuerzan sus cuerpos a lucir prendas que no las favorecen. Muchas mujeres –de edades diversas- que pretenden lucir espléndidas con engorrosos ensambles ceñidos que exacerban sus falencias. Muchas colombianas parecen perder de vista que, antes de complacer el gusto masculino y antes incluso de estar sintonizadas con las tendencias, lo primordial debe ser vestirse acorde al cuerpo que se tiene. Hacerlo no sólo garantiza verse refinada y atractiva, sino que ayuda a llevarse a sí misma con gracia y confianza.

Algo más: no sólo las mujeres en Barranquilla, las mujeres colombianas parecen sentir pavor ante la idea de no mostrar el cuerpo. El corto de las faldas en Plataforma K lo corrobora. No obstante, también encuentro en ese mar de piernas y voluptuosidades al aire visos chic: una mujer joven con una falda pitillo, con leves drapeados, en terracota ahumado y estampado negro, una camisa crema y unos zapatos negros tipo kitten heel. También una chica alta y larga con zapatos masculinos tipo Oxford, una camisa manga larga abotonada hasta el cuello y lentes para ver de pasta gruesa. Como en el resto de Colombia, también hay embriones: chicas que asoman un ímpetu más global a la hora de presentarse estéticamente frente al mundo.

Barranquilla posee una fascinante particularidad. A diferencia de Cartagena, por ejemplo, fundada en plena temporada colonial, Barranquilla es una ciudad del siglo XIX. Un puerto fluvial y un punto de convergencia para nacionalidades que no alcanzaron suelo cartagenero: alemanes, judíos de diversas descendencias, árabes, italianos. Esto explica, a mi modo de ver, el modernismo característico de los barranquilleros, sus inclinaciones por la música y la estética global y la aguda sensibilidad que he podido contemplar en amigos personales. Esto explica también, a mi modo de ver, la inclinación de la mujer barranquillera por el glamour, el dramatismo estético y la moda en general. Hay una contracorriente de avanzada en el espíritu de lo barranquillero. La cercanía tanto geográfica como mental con Estados Unidos también explica el flujo permanente de referencias culturales. Por eso no es extraño que la diseñadora más global que haya dado Colombia sea barranquillera. Gustos aparte, Silvia Tcherassi ha construido una estampa estética, reconocible y triunfante en el exterior. Lo suyo es una visión, un estilo de vida, una percepción que funde lo contemporáneo, con lo colombiano y lo atemporal.

Pero como la moda es un reflejo contundente de la cultura, eso explica que hoy por hoy se sienta en el estilo barranquillero un estancamiento. En algún punto, parece, sus mujeres decidieron conformarse con un estilo que, si bien es ultra femenino y temerario, se ha limitado expresamente al uniforme que fue más frecuente en Plataforma K: minifalda, cortísima y apretada, blusa fluida y tacones. Lo que refleja ese look, en particular, es una cultura femenina que ha reducido las posibilidades de su sensualidad a una estrecha manera de revelarse frente al mundo. Usualmente por miedo de no ser ‘sexy’ o atractiva para la mirada masculina. Y esa cultura es bastante colombiana, no solo barranquillera.

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La fijación de las mujeres colombianas por los bolsos tipo Cruise de Louis Vuitton es notoria y, para mí, incomprensible. El estilo poco tiene que ver con monogramas, especialmente cuando se trata de una cartera tan insípida .





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