Historia de una Artesanía ensoñadora

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Una mujer debía cambiarse tres veces en un solo día. Viajar con varios baúles y una ayudante. Exhibir con discreta elegancia sus diamantes. Sus vestidos, enhebrados con finura manual y concebidos en la visión de un maestro, tenían una cualidad particular: eran hechos a la medida de su cuerpo y su temperamento individual. Así eran las reglas de un mundo donde la Alta Costura era la única moda real.

Los que hayan navegado un poco la historia de la moda moderna, sabrán tal vez que, durante décadas, la Alta Costura – en francés haute couture – agotaba la existencia de la moda. Era Alta Costura o nada más. El resto era el vestir de los mortales, los hábitos prosaicos de la multitud mayoritaria. La moda era patrimonio de un manojo de mujeres distinguidas, pudientes y elegantes, que llegaban una tarde o una mañana a un atelier, declaraban sus necesidades o se dejaban direccionar por los dictámenes de los couturiers y lucían piezas hechas para moldear las particularidades de sus cuerpos y personalidades. Prendas hechas para la individualidad de una mujer, hechas con materias de belleza fulgurante y construidas con el detallismo que da una artesanía de horas largas y trabajo de manos.

Era un tiempo en que, además, moda era sinónimo exclusivo de Francia. París era el único gran centro de donde brotaba la moda femenina. La dinámica entonces funcionaba sobre el principio de la copia. De todas partes, comerciantes del vestir buscaban lo que se producía en la Alta Costura parisina, compraban los modelos, los copiaban y los vendían masivamente bajo la garantía de que eran modelos auténticamente sacados de Francia, el único lugar del globo de dónde provenía la moda real.

Que la moda fuese, además, un patrimonio parisino tenía que ver también con el hecho de que para los franceses la moda siempre ha sido mucho más que ropa. La tradición de la Alta Costura es la gran prueba de que para los franceses la moda es un forma exaltada de arte. Una expresión de alta cultura, un oficio que implica tanta intelectualidad y reflexión como cualquier otro quehacer artístico elevado.

Hoy, en un mundo en el que la moda rápida nos ha habituado a ser voraces e inmediatistas – a adquirir ropa barata que nos aproxime a lo que se ve en las pasarelas de las temporadas, resulta interesante recordar algo sobre la Alta Costura que demostró sobre todo uno de sus grandes reyes: Cristóbal Balenciaga.

Al exquisito Balenciaga poco le interesaban las jovencitas cool o vanguardistas de su contexto. Las mujeres jóvenes y solteras no eran las mujeres ideales para sus vestidos llenos de escultura magistral. La mujer de Balenciaga tenía cierta edad, pisaba la madurez, poseía cierta posición social, era exquisita en sus años y estaba casada. Se dice que Balenciaga apreciaba que una mujer tuviera un poco de barriga para así crear siluetas que pudieran ocultarla con gracia. De allí sus siluetas esculturales. Su énfasis en mostrar las muñecas y la parte de atrás de los cuellos femeninos reflejaba su afán por diseñar para una mujer lo suficientemente posicionada para poseer y exhibir su joyería costosa y bien seleccionada.

Por eso sabemos que la Alta Costura hoy no es la regla del estilo hipermoderno. Hoy, adoramos la delgadez y la juventud. La ropa hecha con artesanía manual es cada vez más escasa. Las siluetas dramáticas con cinturas ceñidas – como las de Dior al final de los 40 – hablaban también de vidas femeninas más inactivas y domésticas.

La moda se ha hecho vertiginosamente rápida y accesible y sus seguidores actuales están poco dispuestos a invertir dineros exorbitantes en sus creaciones, y tampoco dispuestos a esperar largos meses para poseer lo que ansían vestir. Así que la Alta Costura se ha reinventado, haciéndose más pequeña y hecha para un manojo cada vez más pequeño de mujeres usualmente en posiciones excepcionalmente altas.

La moda, cazadora insaciable del cambio, tiene un poder extraordinario para reinventarse. La Alta Costura ha seguido ese camino y hoy subsiste, distinta, reflejo del tiempo y de las evoluciones del estilo. Su historia, sus nombres, sus iconos – son espejos de un archivo que expresaba un mundo distinto y su evolución, finalmente, es prueba de que la moda es una fuerza que moldea los tiempos, y una fuerza que se moldea a los tiempos que cambian.

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