GLORIA: LA ELEGANTE CUALIDAD

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Gloria Saldarriaga es para VANGUARD el máximo icono de estilo en Colombia. En su expresión sartorial se funden gustos eclécticos, sensibilidad artística y una extraordinaria agudeza estética. Su extraordinario don: ser capaz de materializar belleza en cada ínfimo rastro de su presencia.

Vanessa Rosales

Estaba de pie, cerca al patio central, le caía un vestido blanco, la falda una gran A flotando, el pelo en ondas de oro, largo, y en la mano un abanico enorme, fucsia, de seda, que de lejos tentaba la mirada a creer que contemplaba plumas de un rosa escandaloso. Esa fue la primera vez que vi a Gloria Saldarriaga. En Cartagena, en el Hotel Santa Clara, en una exhibición in situ de Óscar Muñoz que habían escenificado ella y su esposo. En la exhibición, los videos eran proyectados sobre un suelo fantasmagórico colmado de grifos desde los cuales aparecían y desaparecían las imágenes.

Desde entonces he visto a Gloria con un pantalón camuflado, de estampado militar, conjugado con una chaqueta de cuero dorada y un saco fucsia. Con un maxivestido gris, de algodón ligero, una bufanda de calaveras de Alexander McQueen y un sombrero tipo Panamá. La he visto llevar un vestido largo, estampado, multicolor, con botas de lluvia y una chaqueta de cuero tipo biker de Esteban Cortázar. Una sola vez en minifalda – algo que raramente le es visto – en un vestido ensoñador, de fondo amarillo, forrado de encajes negros e intrincados, de BCBG, con tacones de leopardo, dos círculos redondos como lentes de sol y un abanico de mano.

También con un vestido negro, de flecos, tipo flapper, una chaqueta de denim y los labios rojos de Chanel. La he notado en vestidos ensoñadores, suavemente construidos, con composiciones de textil oníricas; usando zapatos de Silvia Tcherassi para Payless y sandalias Yves Saint Laurent. Con botas de Marc Jacobs y de Zara. La he visto comprar una falda de lentejuelas con efecto de escama, azul eléctrico, en conjunto de un saco mostaza para combinar. También botines de pitón, un sobre aterciopelado de leopardo y alguna vez presencié su interés por comprar una chaqueta en paño, de equitación.

Gloria, además, es la única persona que conozco que sabe cómo llevar – y escoger –  ropa de diseñadores colombianos. Es alentador presenciar su proceso de observación. En su mirada el significado aparente de un objeto puede transformarse. Y existe en su sensibilidad una magia de apropiación que hace que lo escogido por su mirada posea una belleza que sólo ella vio. Puesto en ella, o dispuesto en los confines de su casa, el objeto revela el atributo que la hizo fijarse en él.

En la pasada Plataforma K, fijó su capricho sobre un vestido de la pasarela de Francesca Miranda, blanco, con bloques dorados tipo art deco. En su casa, me mostró un vestido de La Casa de Greta, con influencias de años los 20, mangas de mariposa y la espalda descubierta. Al regresar de Buenos Aires, me compartió un vestido vintage, de terciopelo negro, el material pesado, las mangas largas y sobre el cuello un collar de brillos. “Muy Chanel”, me dijo. Los tipos de prenda que, reflexioné, pasarían inadvertidos a mi propia mirada.

La cualidad de Gloria, difícil de atrapar con las palabras, pero tremendamente fácil de ver, no es calculada ni tampoco demasiado consciente. Hay algo acerca de ella, una gracia, una suavidad; una orquestación de ritmos femeninos y pausados que se materializa en los actos más mundanos. Como en Balzac, es la cadencia al andar, las ocurrencias al vestir, como en Chanel es la finura para cargarse a sí misma. En Colombia, es una rareza y una preciosidad. Se llama elegancia.

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