A RUSH: BREVE CRÓNICA DE VANGUARD EN NEW YORK FASHION WEEK

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El espectáculo es lo que Internet nos alimenta en su inmediatez. Una suerte de anfiteatro, cargado de riqueza estética. Chicas que mixturan estampados y componen pelos en peinados maximalistas; mujeres que osan deambular horas interminables con las extremidades suspendidas en altos centímetros; modelos lánguidas – como Hanne Gabe Odiele – entrando o saliendo de taxis amarillos.

Rostros tan familiares y bronceados como los de Valentino Garavani, sonriendo impávido ante el remolino de gemidos y flashes que suscita su aparición repentina. Carine Roitfeld, flirteando sonriente para una audiencia frenética que chilla cuando emerge junto a su hijo Vladimir – el galerista de arte –  antes de trepar animados a un jeep Mercedes negro y pulido. Bill Cunningham, legendario, con chaqueta azul eléctrica, ligeramente encorvado, zumbando entre los asistentes, evadiendo acercamientos o conversación, haciendo los registros pertinentes sin solicitar consentimiento de nadie. Un séquito de mujeres mayores y explícitamente excéntricas – con pantalones boxy, tocados vistosos y canas – que ha retratado Ari Seth Cohen bajo el lema advanced style.

Pero, ¿cuándo fue  exactamente que la moda perdió su elemento de ‘moda’? O, como diría Ernest Hemingway, décadas atrás: ‘when did fashion become so unfashionable?’. Si bien frente a mi mirada emergen Fern Mallis, Linda Fargo, Hamish Bowles, André Leon Talley, Garance Doré y, para mi propio deslumbramiento, Cathy Horyn – los verdaderos conocedores no necesitan introducción de estos personajes -; y si bien en el backstage de Timo Weiland se sienten las pulsaciones de un mundo de vértigos que hace homenaje permanente a la belleza, también es cierto que en los alrededores de Lincoln Center se observaron destellos de algo que parece más evidente que nunca.

Por más que la moda haya sido invadida por los efectos ‘positivos’ de un ánimo democrático, también es cierto que se siente sacudida como nunca antes por la ordinariez. Las personas que asisten a los predios de los desfiles se visten calculadamente para ser fotografiadas, no son fotografiadas por expresiones espontáneas. En ese orden, la moda parece manoseada, bastardeada, más genérica que nunca. Pero, ese aparente estado de total accesibilidad comprueba, paradójicamente, que su médula verdadera no está entre los fervorosos que la predican de forma genérica.

Todos quieren un pedazo de la moda. Todos son sus adherentes, sus adoradores. El aire de Lincoln Center no sólo se sintió sofocado por los excesos de esfuerzo sino también por las pinceladas de mal gusto que lo saturaban. Las imágenes que circulan por Twitter – y en todo nuestro aparato virtual – dan cuenta del apetito sobreactuado detrás de muchos de los asistentes. Cualquier vestigio flashy es confundido con ‘expresión individual’. Cualquier combinación díscola es tomada por eclecticismo. Cualquiera que sepa camuflar lo imaginativo con lo meramente llamativo atrae las miradas. Pero no todas.

Las auténticas miradas se mantienen dentro del circuito de los insiders. Una cúspide que, aún conviviendo con el ‘democrático’ escenario del presente, se mantiene autónoma y aislada. La moda es ‘ironía modernista’ como han dicho, a través de las décadas, sus grandes teóricos. Y así sucede hoy, en un escenario en el que la moda está de moda.

Las imágenes en Instagram, ciertas publicaciones en redes y la lente de fotógrafos como Tommy Ton – uno de los únicos verdaderos fotógrafos de estilo callejero – siguen evocando la ubicación de la auténtica fuente. En los predios de Milk Studios o Pier 41 se observan a la epónima y humorística Leandra Medine o a la caprichosa y fantástica Miroslava Duma; a la enérgica e imaginativa Giovanna Battaglia, a las encumbradas Suzy Menkes y Cathy Horyn. No porque la moda pertenezca a una élite, sino porque la verdadera moda está tras bambalinas, a puertas cerradas. Esta sociedad secreta – a la ‘vista’ de todos gracias a la magia digital – no escapa las críticas y sus propios matices. El tema es otro sin embargo.

La verdadera moda, además, no está inscrita necesariamente en la cúspide de fashionettes o entre el círculo de blogueros institucionalizados. La verdadera nos sorprende en colecciones como la de Proenza Schouler. No apta para todos los gustos, la muestra retrató con precisión las características de nuestra estética contemporánea. Severidad en las siluetas, oscilaciones entre la dureza y la feminidad, el uso del cuero alrededor de todo el año, estampados tecnológicos, piezas sueltas, pulidas e individuales. Allí está la médula esencial de la moda.

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