ADRI: EL ARTE DE LA CONTRARIEDAD

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La directora comercial de Ixel Moda posee un estilo feroz alentado por lo vintage, el rock n roll y la audacia creativa. Estampa estética cuya esencia es la temeraria mezcla de contrarios.

Vanessa Rosales

Dos fotografías en blanco y negro de una mujer joven, en shorts denim y look setentero, un tocadiscos dentro de una caja de madera pulida, el vinilo más reconocible de The Ramones y dos armarios abiertos, saturados hasta reventar de prendas. Múltiples vestidos apretados entre sí, cajones atiborrados de brazaletes, cajas pequeñas rellenas de botones, cantidades de collares exhibidos o guardados en cofres. Es un tema de compulsión, confiesa Adri, cuya tendencia hacia la ropa bordea más en el coleccionismo que en la compra. “No puedo tener una sola pieza de algo, siento el impulso de tener mucho, de acumularlo’. Sucede con los anillos: hay uno en forma de cuchillo, otro en forma de garra, uno que es el pico y cabeza de un águila, uno en forma de corazón, otro que es una calavera, y un cisne, una culebra, un reloj, una hoja.

Sucede también con los zapatos, con los vestidos vintage – comprados o heredados de madre y abuela – con chaquetas, con botas tejanas, con brazaletes y pulseras. Hay más ropa acumulada en otras dos habitaciones y en otras ciudades. Los lemas comienzan a cobrar vigor frente a mí: un gusto particular por la conjugación del negro y el dorado, piezas heredadas con el garbo de la época de la que provienen – con brillos y pedrería, hombreras fuertes y mangas largas – botas vaqueras, piezas sueltas, rayas, animal print, faldas largas, anillos que son usados en grandes cantidades y de manera simultánea.

Adri venera Balmain, mira hacia Anna dello Russo como referencia inspiracional y no es tímida frente a la exageración. Será capaz de usar gafas para ver de pasta negra y gruesa, chaquetas con hombreras poderosas, estampado fucsia de lunares negros o romperá toda convención colombiana a la hora de asistir a un engalanado matrimonio. Hace unos meses osó llevar un vestido que perteneció en plena década del 80 a su madre, de mangas largas y transparentes, con ornamentaciones de pedrería elaboradas, en negro y violeta. Peinó el pelo en una cola alta con ondas y desafió los estigmas típicos y confortables de las mujeres costeñas y colombianas a la hora de ataviarse para bodas. Esto se debe a su temeraria naturaleza frente a la variedad y el performance – para ocasiones laborales escogerá, por ejemplo, ensambles mucho más masculinos, con camisas abotonadas hasta el cuello, y en sus ímpetus animados mezclará estampados disímiles. Incluso a la hora de hacer ejercicio escogerá neón, uñas azules, pantalones deportivos plateados.

Muchos de sus estilismos resultarán difíciles de comprender o digerir, en ocasiones incluso man repelling, y sin embargo Adri no tiene sombra de timidez. En gran parte por su espíritu temerario, su estilo feroz, su temperamento confiado; pero también por el contexto en el que acostumbra a hacer su performance sartorial: Barranquilla. Las chicas visitan su armario para vestirse. En épocas de Carnaval ella puede ser una especie de costume designer, y en general, el modernismo particular de los barranquilleros explica que haya receptividad e incluso expectativa frente a sus expresiones al vestir. Los hombres de aquí incluso celebran su trasgresión constante. ‘Los hombres quieren vestiditos apretados y siempre habrá un hombre que te quiera cambiar lo que tienes puesto. Eventualmente, me pondré el vestidito apretado, siempre y cuando sea impulso de mi propio deseo’.

Como la mayoría de las mujeres que poseen auténtico estilo personal, Adri compra piezas y no conjuntos. Eso se refleja, además, en su manera de empacar a la hora de viajar: llevará un repertorio de prendas separadas que luego mezclará y combinará. De fondo, es un rasgo característico del estilo individual: la capacidad de inventar composiciones inesperadas a partir de una sola pieza. ‘Entre menos combine, mejor’, en el caso de Adri, siempre hay un giro inevitable de excentricidad.

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