ESCENAS DE LA MODA COLOMBIANA

by

251

Fotos: Juan Diego Ahogado, contenido exclusivo para Leonisa

Ensayo sobre el estado del sistema de la moda nacional. 

Vanessa Rosales

Entre sus muchas funciones, la moda tiene la capacidad de ser espejo. Una inspección cercana a su sistema nos revela los pulsos de un lugar, los latidos de una cultura, los códigos estéticos de un momento y los valores morales de una época. En Plaza Mayor, por ejemplo, durante los días de Colombiamoda, la ropa de los acudientes, las pasarelas a puertas cerradas y la vibrante atmósfera anuncia grandes verdades sobre nuestro propio sistema de moda actual.

La expresión estética del público es variada. Pero las criaturas que se reúnen en el zumbido del precinto vienen unidas por una actitud inconfundible: el ánimo de estar a la moda, el impulso de demostrar, a través de la ropa, su sentido de sintonía con uno de los fenómenos más populares en la Colombia de estos días.

Detrás de esa aparente variedad, sin embargo, se palpa una realidad: que una gran porción de las mujeres expresan un sentido de moda que parece reñir con las imágenes digitales que, en nuestras pantallas, evocan el paisaje de la moda global. La mayoría de las mujeres colombianas se adhieren al credo del maximalismo y la voluptuosidad.

Una secuencia cinematográfica. En Plaza Mayor, pasado el gremio de blogueros; más allá de la aparición de mujeres cuya finura estética está más conectada con París y Nueva York, y pasada la multitud que ha transformado su apariencia gracias a lo digital y las nuevas ofertas del mercado, las mujeres colombianas en promedio guardan mucha más semejanza con las publicidades de Studio F que con las imágenes veneradas de Tommy Ton.

La nuestra sigue siendo una moda mucho más alentada por lo comercial que por lo cultural; un espectáculo de entretenimiento más que un fenómeno de la cultura. La moda colombiana es, además, un vehículo para mostrar el cuerpo femenino. El reino de Studio F no es gratuito. Se trata de un símbolo – de los gustos y de los códigos estéticos que se han creado en la particularidad de nuestro contexto, en un país de muchos desniveles en materia de educación y poder adquisitivo. Si las mujeres colombianas adoran Studio F es porque Studio F ofrece para ellas lo que pueden costear y porque la marca refleja, además, los ideales femeninos que se tejen en sus circunstancias.

Que la moda esté de moda en el país, que muchas más personas quieran vestirse como lo que ven en sus pantallas; que docenas de inexpertos opinen y divulguen con el narcisismo de nuestro tiempo su opinión, y que el mercado colombiano reciba, como nunca antes, marcas y firmas foráneas, sólo refuerza la idea de que la moda colombiana es, sobre todas las cosas, un reflejo de nuestra cultura. Una cultura con su propio régimen de significados.

Que Alessandra Ambrossio propicie tan sonoro entusiasmo en su aparición para Arkitect por Pink Filosofy; que en el Caliexposhow las apariciones de Carolina Cruz sobre la pasarela animen aplausos; y que en los pabellones de Colombiamoda se observen tanto carteras Céline como chicas jóvenes de pelos muy largos, con sus voluptuosidades siliconadas cubiertas por el mero apretón de fajas moldeadoras, son todas ilustraciones de la cultura de moda colombiana.

Que Haider Ackermann abriera la versión más entusiasta del evento es una de las señales más contundentes del estado de la moda nacional. Significa que Colombia tiene como nunca antes un momento de moda vívido, histórico, sin precedentes, animado, con aspiraciones de globalidad. Significa también que la mirada de afuera nos percibe como un destino potencial donde sembrar nuevos mercados y desde donde reportar asuntos de moda. Pero que celebremos la presentación de un remix de looks que ya han pasado por las pasarelas internacionales también nos ratifica como un país que celebra la moda como un espectáculo. Como el mismo país que auspicia desfiles con alfombras rojas y que relega el tema a las secciones ligeras de farándula. Y como un país que se conforma con el entretenimiento a gran escala, con poca disposición de crítica.

La presencia de Ackermann, con toda su ferocidad sensualista, con su exquisita androginia y con esa fabulosa escenificación de luces y brumas, refleja los avances de la moda colombiana, sin duda. Pero también despierta preguntas sobre cómo dichas presencias impulsan genuinamente la industria nacional.

En un país como Colombia, la palabra moda merece una definición cauta. ¿Qué significa realmente moda en un país como el nuestro? En Colombiamoda, por ejemplo, confluyen stands de empresas chocolateras que reparten helados gratuitos, terrazas donde algún muchacho con gafas de sol mezcla sonidos sintéticos frente a una máquina para alguna marca de licores, y chicas en bikinis que reparten flyers. Marcas de pasta dentífrica y empresas de construcción auspician desfiles principales.

¿Qué añoramos realmente los colombianos de nuestra moda? ¿Apuntamos a un diseño realista para nuestras calles? ¿Dónde están los límites entre lo global y lo local? ¿Qué significa calidad y gusto en nuestro país? ¿Por qué cuando un diseñador combina las siluetas de su tiempo con el prisma sensible y poético de su mirada se le acusa de plagiador y no de intérprete?

Sentada en el desfile del sello que reina en el país, siento, de repente, que en Colombia, la moda tiene mucho más que ver con la figura femenina que con la expresión de la identidad. La ropa de Studio F revela que las mujeres colombianas añoran, con frecuencia, vestirse con ropa que las muestre deseables. Y eso tiene todo que ver con las opciones existenciales que tenemos las mujeres en este país.

****

La moda como un fenómeno de mujeres hunde sus raíces en Francia. En su literatura más antigua y en sus escuelas académicas, los franceses siempre han mostrado un interés explícito por lo femenino. Eso, a su manera, propició un mundo de moda dedicado a la belleza y a todo ese dominio de sutilezas de mujeres. En el siglo XVIII, la prensa francesa, bajo los influjos de un nuevo mercado capitalista, motivaba a las mujeres a permanecer en sus casas mientras sus maridos salían a la esfera pública a trabajar. En esa comodidad íntima, las mujeres podían andar bien vestidas, dispuestas a complacer a sus hombres con las cosas bellas, finas y atractivas con que se ornamentaban. París era la reina única de ese dominio de estilo. Y sus reyes eran los hacedores de alta costura. Moda, en aquel entonces, era única y exclusivamente alta costura. No existía nada más.

El couturier era, sobre todas las cosas, una autoridad. Su función era guiar a una élite que añoraba ser guiada. La calle, los caprichos populares, las personas del común nada le concernían. Moda y democracia era una combinación impensable.

Cristóbal Balenciaga, por ejemplo, legendario maestro de la alta costura del siglo XX, diseñaba para las mujeres para quienes estaba destinado el haute couture: mujeres adultas, generalmente casadas, con una posición en el mundo, dueñas de distinción. La juventud en nada interesaba a Balenciaga. Los sentimientos de la calle poco concernían sus maniobras estilísticas. Las contradicciones y deseos de la multitud eran insignificantes para la moda real. La cohorte de Balenciaga era París. Sus mujeres eran maduras. Así que sus siluetas esculturales no estaban hechas para mostrar cuerpos que ya tenían el efecto de los años, sino para resaltar distinción a través de zonas espléndidas a cualquier edad: el cuello, las muñecas. Zonas que permitían el uso frontal de la joyería costosa que sólo podía tener una mujer de cierta edad y posición.

Esa es la moda en su definición y evolución original. Moda, en Colombia, existe y evoluciona dentro de un contexto radicalmente distinto. No es mejor, ni peor. Es simple y llanamente distinto. Para entender la moda colombiana, debemos echar una mirada a nuestra propia historia y a los códigos estéticos que venera nuestra cultura.

Ese pedazo de historia nos ayuda a preguntar ¿para quién y cómo diseñan los creadores en Colombia?

Silvia Tcherassi, por ejemplo, diseña para la mujer caribeña que es profundamente global. Su estilo es una respuesta a los requisitos de un calor inclemente, a los cielos azules de Barranquilla y Cartagena, a la feminidad de las mujeres del Caribe colombiano. Su estilo es un compendio de visos para mujeres de vanidades suaves, mujeres que con los ojos y los corazones puestos en sus puertos marítimos se fijan desde niñas en el refinamiento universal, interpretándolo a través de las telas, los gestos y los colores que se ajustan a la tierra donde viven, aman, trabajan y se hacen. Las mujeres del Caribe tienden a cultivar su belleza desde temprano. Y desarrollan una feminidad que es toda una arte – de finuras y gestos que van de la mesa al armario.

El don de Tcherassi ha sido sincretizar, – con las pinceladas de su cultura y con los matices globales del espíritu de la moda actual,-  un estilo hecho para la mujer de estas latitudes. La mujer que vive en un país sin estaciones. Que siente ganas de arreglarse a más de treinta grados centígrados. Que cultiva las sutilezas de su feminidad.

Barranquilla es una ciudad joven y republicana. Un puerto que acogió en sus vísceras un flujo migratorio particular y variado. En Barranquilla la disposición a ser moderno tiñe la atmósfera vital y cotidiana. Tcherassi, que comprende y vivifica esa feminidad ella misma, entiende bien lo que es ser caribeña pero también universal. Cree en el color tanto como en la elegancia atemporal del blanco. Es sofisticada pero también poseedora de las sabrosura que sólo puede existir al nacer y vivir en una tierra donde el color de las frutas vibra bajo el sol ardiente, y donde los atardeceres son violetas y dorados.

La colección cápsula de carteras Callecitas, por ejemplo, refleja bien su capacidad para fundir lo local con lo global. En las carteras aparecen, por ejemplo, las imágenes de Barranquilla y Cartagena – dos ciudades donde gravita con fuerza su trabajo – a través de estampados netamente digitales. Cualquier entendedor de moda actual sabe bien que lo digital es un tema ubicuo en nuestros días, tanto en la forma de informarnos sobre moda como en las formas que escogemos para vestir.

En ese sentido, Tcherassi es dueña de un estilo que podría llamarse juguetonamente caribbean chic. Y su muestra en Colombiamoda, que selló el final del evento, demostró la finura de su artesanía, su destreza para la elegancia sin esfuerzo, y la fabulosa feminidad de las mujeres que viven sus vidas como heroínas.

Carlos Polite, por su parte, es un maestro de la poesía sartorial. Su estilo es muestra de una hibridez: el encuentro de un hombre de origen provinciano con la vitalidad del arte atemporal. Polite entregó una muestra que robó el aliento a quienes tuvieron la capacidad de experimentarlo con sus ritmos musicales pausados y su sistema botánico de estampados que evocaban el Edén. A Polite lo ha tocado hondamente Balenciaga, con sus formas arquitectónicas de diseñar; las búsquedas por la individualidad del diseño japonés; los movimientos que levantan las telas y los pulsos del pensamiento humano.

Quien conozca su historia sabe que uno de los materiales insignes de Polite es el spazer y que la condición intrínseca de dicho material permite que las siluetas levanten en esas visiones estructurales características del sello. El uso de ese material existe, además, porque Polite es la evolución de un pequeño atelier de confecciones deportivas que inauguró su madre en los años 90, en Ibagué.

Quien conozca su historia sabe también que el director creativo de Polite tiene antecedentes en el mundo del arte y que se crió rodeado de mujeres. De allí que sus colecciones vengan cargadas de narrativas coherentes, hilvanadas con finura poética y cuyo fin es, finalmente, dotar a la mujer de hoy de una fuerza que les permita ser realistamente sofisticada. Material deportivo, arte y mujeres son todos lemas en sus colecciones.

Quien sepa de historia de la moda, además, sabe bien que la novedad hace décadas que dejó de ser el principio de la moda. Y que el diseño de hoy es un arte de reinvenciones, que algunos de los diseñadores más brillante de nuestra época relucen porque son intérpretes – escriben, en sus colecciones y bajo el prisma de su mirada, un capítulo, donde se encuentran las siluetas contemporáneas con una narrativa sensible y una ejecución técnica coherente.

El creador de Polite, además, vive hace años en España y los rastros de su creatividad tienden a llevar una marca que refleja una estética que no es ni puede ser estrictamente colombiana. Lo magnífico de su lenguaje es que combina las formas de su tiempo con sus influencias personales, los rastros de su herencia y su profunda sensibilidad individual.

Renata Lozano, por ejemplo, no reluce por su innovación o por una deslumbrante creatividad, pero por su magnífica capacidad para construir prendas y looks completos que se adapten al realismo de la mujer colombiana. Femenina, sensualista, urbana.

El sistema actual de la moda colombiana exige que comiencen a trazarse diferencias entre los actores que la animan. Entre conocedores y opinadores; entre editores y blogueros; periodistas y asesores de imagen; entusiastas y conocedores verdaderos. Existe, a estas alturas, un esquema que nos permite ya trazar diferencias importantes.

La opinión más banal puede levantar vuelo en el sistema viral de las redes sociales, y la orquesta de opiniones sólo refleja el contexto estimulante que vive la moda en el país. Muchos hablan del tema. El entusiasmo es realmente extraordinario. Luego de que nadie emitiera juicios críticos acerca de la moda nacional, muchos – sino todos los que mantienen bitácoras digitales – han prestado un tono crítico cuyo fundamento tiene poco que ver con el conocimiento.

El sistema de la moda colombiana demuestra, en últimas, que estamos en una búsqueda por una identidad que balancee las fuerzas de lo global con los rastros de nuestro contexto. La misma definición de identidad es necesaria en los que participan animosamente en la moda colombiana. Necesitamos más confianza en lo que somos y menos en lo que podemos ser.

No Comments Yet.

What do you think?

Your email address will not be published. Required fields are marked *